A lo largo de la historia, el pensamiento científico hizo del mundo, de la sociedad, del ser humano, del ciudadano, una buena cantidad de fetas para su estudio e investigación. Las rebanadas, cada vez más finitas, de conocimiento buscaban explicar con mayor especificidad el funcionamiento de esa feta. Hemos llegado a un punto en el cual lo microscópico se presenta ante nosotros como verdad absoluta. Cada investigador se arroga un criterio de verdad por el sólo hecho de ser tan puntilloso en lo que estudió. Los minuciosos análisis que se realizan no nos permiten, muchas veces, visibilizar los contextos en que se encuentran inmersas las cuestiones que son objeto de análisis.
Lo holístico hoy pareciera ser sinónimo de vaguedad e inconsistencia, de poco detallado. Cuando planteamos integralidades nos responden con algún segmento que explicaría el todo. Nos cuesta pensar diferentes aspectos en alguna problemática. Las ciencias sociales, el modo académico no generan herramientas para la vida real, no están puestas al servicio de quienes financian la educación pública que son los trabajadores sino al servicio del mercado que es quien saca provecho del conocimiento generado en nuestras universidades. Es muy difícil cambiar la realidad, pensar otro modo de existencia de los seres humanos si no somos capaces de comprender las relaciones sociales en la que estamos inmersos, y el modo de transformarlas.
Hace ya mucho que se produjo un proceso de adecuación en las currículas universitarias. El sentido de dicha transformación es sencillo: preparar profesionales para el mercado laboral. Son muy pocos los que plantean una crítica seria a esta precarización laboral encubierta. El neoliberalismo ha ido degradando el concepto de profesional gradual y planificadamente desde diversos aspectos. En primer lugar, el desprestigio de la docencia en general fomentada desde los medios de comunicación y digitales, tanto desde el punto de vista sindical como desde el punto de vista de su utilidad social. En segundo lugar, desde la precarización laboral de la actividad profesional en todos los ámbitos, producto de la voracidad empresarial que exige permanentemente mayor cantidad de tareas y responsabilidades por menos salario. La individualización que sufre culturalmente nuestra sociedad exacerba la competencia desleal en los ámbitos de trabajo, y se potencian en la academia.
La producción de conocimiento también sufre las consecuencias. Una gran cantidad de investigaciones producidas son intrascendentes o destinadas a generar nichos de rentabilidad para la actividad privada. Si bien la mayoría de los pibes y pibas que pasan por la universidad tienen, en algún momento, alguna experiencia política progresista, cuando tienen que ponerse a redactar un trabajo final o cuando desarrollan una actividad laboral no tienen en cuenta lo social sino lo económico. La ausencia de concursos, la incapacidad de planificar que el perfil profesional no sea el de un empleado precarizado, la falta de compromiso social, el escarnio mediático que sufren los docentes en todos los niveles y, más aún, quienes se animan a luchar por condiciones dignas de trabajo, son sólo algunos de los aspectos que hacen de la educación universitaria un blanco de las políticas neoliberales, y si estas cosas no funcionan también habremos sido responsables de su destrucción.
Volviendo a la cuestión del conocimiento, es increíble que en pleno siglo XXI no hayamos logrado trabajar interdisciplinariamente, salvo honrosas excepciones. Es intolerable la libertad de cátedra cuando atenta contra la construcción integral de un conocimiento para desarrollar una labor profesional seria y comprometida con nuestros valores constitucionales. Es estúpido seguir reproduciendo teorías que no son aplicables a nuestra realidad consagrando el objetivo de la colonialidad y de la dependencia epistemológica, que es aceptar que somos dominados. Es imperdonable la falta de aplicación práctica de las teorías estudiadas.
Es así que construimos una universidad que se mira el ombligo, donde las y los estudiantes son sólo consumidores que absorben un saber tecnocrático y lo reproducen luego en los lugares de trabajo, sin identidad ni consciencia de que pertenecen a la clase trabajadora. Que a lo único que habilite el título universitario sea a un ejercicio de poder que vulnera aún más los derechos de los más débiles de nuestra sociedad, lo dice todo. Basta ver trabajadores sociales, comunicadores, psicólogos, sociólogos y otros profesionales que estudiaron teorías emancipatorias, que se excitaron leyendo a Marx, a Freire y al Che, que sistemáticamente le contestan mal a la gente, no cumplen con la atención con humanidad, culpabilizan a los demás, no solucionan los problemas y que si no los controlan no vayan a trabajar. Vale rescatar también a todos aquellos, profesionales o no, que se multiplican en responsabilidades y sostienen al Estado garantizándoles los derechos a los demás.
Si la Universidad no se transforma, si no empieza a ser más coherente con sus discursos, si no se llena de contenidos y compromisos hacia la sociedad en la que se encuentra inmersa, va a seguir produciendo profesionales liberales funcionales a la destrucción del Estado y de la educación pública. Si los docentes universitarios no se forman, tanto desde el punto de vista de la investigación y la producción teórica como desde el punto de vista de los valores, si no construimos conocimiento situado para liberarnos de las estructuras de poder, si no valoramos la gratuidad de la enseñanza creando nuevas condiciones para la producción de conocimiento emancipador, no sólo vamos a darles herramientas a los privatizadores de todo sino que, además, vamos a seguir formando ovejas adaptadas a un sistema que se va a encargar de que los profesionales pobres se multipliquen al infinito.
Publicado en el semanario El Eslabón del 26/07/25
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