Yo no sé, no. Alfredo (el Pichi) decía: “Aquí va a haber una esquina y se verá lo lindo que es el barrio”. Lo decía desde un descampado (hoy Ameghino y Vera Mujica). El lugar estaba bueno, alguien desmalezó unos metros y ahí, al toque, los más grandes se mandaron una cancha de bochas y nosotros nos quedamos con un pedazo de tierra para las bolis. También desde ahí se podían ver los ciruelos y los duraznos que por estar siempre bien custodiados quedó en nuestra imaginación la idea que nos hacíamos de esas delicias.
Raúl decía que la esquina que más de uno iba a recordar se encontraba en Seguí y Crespo, ahí había una canchita de 7 en la que Raúl se había mandado dos goles olímpicos, el segundo con mucha ayuda del viento y para algunos en contra del arquero que por livianito fue a parar adentro del arco con pelota y todo. Lo lindo de esa esquina era que a veces, cuando el viento venía del oeste, se sentía un olorcito a pan recién hecho. Ese perfume venía de la panadería que estaba por Iriondo, la que hacía todo con horno a leña. Mónica, desde un sendero (hoy Riva y Avellaneda), decía: “Aquí va a haber una esquina donde se verán siempre esos verdes de los eucaliptos que cuando hay viento parecen pinceles acariciando el cielo”.
Para muchos, a la Moni le pasaba como a la mayoría que ahí, a metros del primer puente de la Vía Honda, tuvimos nuestra primera cita secreta. Eva decía que a la esquina de Francia y Fragata Sarmiento, con el tiempo la íbamos a recordar como la esquina de los bailongos. Por ese tiempo la tía de Eva nos habilitaba la casa para los asaltos y cuando teníamos viento a favor (en cuestión monetaria) por Fragata sonaban lindo y fuerte la Joven guardia y los flequilludos de Liverpool. Laura decía qué la de Lagos y Centeno era la esquina que siempre siempre iba a recordar, primero porque el 203 siempre pasaba a horario y segundo porque la metalúrgica pintaba la vereda con un marrón que no era de barro sino de hierro oxidado. Y tenía la sensación de que aún en los días más lluviosos no se le embarraba los zapatos. Isabel le decía a la Carolina que algún día iba a recordar al barrio como un gran rectángulo y en su interior un montón de cuadros con esquinas calientes, un gran rectángulo como una mamushka a cielo abierto. La Caro, a la que le gustaba toda expresión pictórica, le contestó: “En ese gran cuadro, en el marco estaremos nosotros siempre a punto de entrar a vivir, a volver a vivir en esas esquinas”.
Una tarde, volviendo de barrio Acindar, vimos pegado a la vía un pequeño santuario con varios cuadritos: uno con la Difunta Correa, otro con el Gauchito Gil y uno con San Cayetano. Cuando llegamos a Iriondo y Garibaldi, la pequeña Susi, que por ese entonces tenía 11 años, estaba haciendo puchero en una esquina. En el medio, las chicas habían hecho un cuadro de las novias y posaban para que el Huguito las retrate. La pequeña Susi nos dijo: “Me dejaron afuera porque soy soltera”. “Y bueno, armate un cuadro de solteras”, le respondió Pedro.
Publicado en el semanario El Eslabón del 09/08/25
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