Se levantó a las 4.15 como cada día. Se puso el conjunto azul oscuro que la marca “Arena”, sponsor de la Selección Nacional de Natación, les daba a los entrenadores. Se colgó el silbato y el cronómetro. Frente al espejo, repasó: mandíbula firme, dientes limpios, frente lisa. Estaba listo para empezar la jornada. 

Antes de abrir la puerta, se sonó los dedos y se dio un par de golpecitos en el pecho. Había que tomar coraje para salir a esa hora en invierno. Pero estaba convencido: hacía lo correcto. 

“Ya lo van a entender”, se decía a sí mismo, mientras caminaba hacia el club y soplaba el aire helado. Todavía era de noche y el río se veía oscuro.

Entrenar a las 5 de la mañana era como “el pan nuestro de cada día”. Y “¡Todos al agua!”, el rito de iniciación. La mesa estaba servida. 

Los nadadores se tiraban a la pileta uno por uno. El chapoteo inicial rompía el silencio de la madrugada. Todos obedecían. Todos, menos una.

Lara todavía estaba vestida, cruzada de brazos, con la gorra en la mano y el pie derecho sacudiéndose como un metrónomo. Tic, tic, tic. Lo miraba fijo.

—¿Qué te pasa, Lara? 

—Ya lo vas a entender –contestó ella.

Él, acostumbrado a sus costumbres, tuvo ganas de empujarla al agua. O gritarle que si no se tiraba ya, iba a tener que nadar en el río, a esa misma hora de la madrugada y con ese mismo frío. Pero no podía. Lara era la mejor nadadora de su categoría. Con 16 años, integraba la Selección Nacional y tenía chances de competir en los próximos Juegos Olímpicos. 

Desde que empezó el año, sus marcas eran cada vez mejores. Lara lo sabía. Y lo usaba. Había aprendido a nadar con fuerza, con técnica y también con astucia. Cada semana traía un pedido nuevo, una excusa, un capricho. Que el agua estaba fría. Que le dolía el hombro. Que estaba por menstruar. Que no quería compartir andarivel con Sabrina, su compañera y contrincante. Que tenía ganas de comer chocolate. 

Entrenaba como le daba la gana. Podía amanecer entusiasmada o encerrarse en el vestuario y tardar veinte minutos en salir. Y lo que más lo sacaba al entrenador era no poder decirle nada. Porque al final, igual, rendía.

Como todas las nadadoras adolescentes, Lara tenía que seguir una rigurosa dieta que combinaba proteínas, grasas e hidratos de carbono para potenciar el rendimiento. Cada semana, una nutricionista la pesaba, le medía los pliegues cutáneos para estimar el porcentaje de grasa corporal y comparaba los datos con una tabla de referencia. Lara aumentaba el volumen cada día. Un informe mensual era dado a su entrenador. Los cambios de peso eran cada vez más marcados. Lara crecía. Y no sólo en tamaño.

—¿Qué querés, ahora?

—Un alfajor Rasta. Uno por semana.

—¡Lara, no puede ser! La semana pasada fueron sánguches de miga, triples, con jamón, queso y ananá. La anterior, un kilo de helado de dulce de leche. Y la anterior, un paquete de lengüitas de cebolla. ¿Qué te pasa, son antojos de embarazada? ¿Qué hay, espermatozoides en el agua de la pileta?

—Capaz, profe. Si me agarra uno, ya sabe por qué fue.

Y se tiró al agua, impecable.  En unos minutos ya estaba haciendo pasadas de crol.

Él se quedó unos segundos en silencio. El tic del cronómetro seguía su marcha. Miró al resto del equipo. Todos entrenaban. Todos sabían.

“Con tantos permitidos, se va a volver una ballena”, pensó, mientras abría la puerta del club con un portazo.

Afuera llovía y el kiosco todavía no había abierto. Pero igual fue a esperar.

Publicado en el semanario El Eslabón del 09/08/25

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