Yo no sé, no. Manuel vino contento porque ya sabía el abecedario por completo, y donde más se le trababa, que era entre la H y hasta la Ñ, que ahí se embatataba, le había dicho la maestra que “la verdad que es un milagro” que empezara a decir bien el abecedario.

Graciela estaba re contenta porque había conseguido unos hilos rojos con unos hilos azules, que le dejaban perfecto el bordado que estaba haciendo. Era un bordado que parecía un lujo: dos pájaros que levantaban vuelo y dos pájaros que anidaban. La costurera del barrio le dijo: “Es un milagro lo que hiciste en esa tela”.

Tiguín estaba soñando con poner otro piñón en la bici. Soñaba con hacer una bici con varios cambios. Cuando funcionó el segundo piñón, se puso recontento. “Estoy a días, horas de hacer un milagro con la bici”, decía.

La Isabel, por ese entonces, estaba re contenta porque haciendo aeromodelismo en 7°, en la Natalia Escudero, salió premiada junto a otro compañero para hacer el mejor avión, y lo iban a remontar en un aeropuerto cercano. Eran aviones con madera balsa que nos enseñaban a los de 7°. “Si remonta y sobrevuela más de media hora, va a ser un milagro eso”, la cargaban a la Isa.

Carlos, por ese entonces, estaba entusiasmado en hacer unas persianas. Ya trabajaba en una metalúrgica, donde hacían aberturas, y había una persiana que a él se le ocurrió que se podía hacer parecida a la de aluminio. Siempre le decía al Flaco Ciso: “Le metemos mano a esto y, si sale la persiana, va a ser un milagro para todos, un milagro económico”. Y la verdad que era capaz en ese asunto de las persianas.

La Laura había hecho un pastel con unas manzanas que, había dicho, eran manzanas verdes. Y a la hora de llegar a la casa dice que la mitad de las manzanas eran rojas, deliciosas. “Ocurrió un milagro por el camino”, decía. Las había comprado en barrio Acindar y se lo atribuía a un caminito donde siempre había unos santitos. “Para mí ahí ocurrió el milagro”, repetía. Y después se dio cuenta de que la receta para ese postre llevaba un par de manzanas deliciosas y ella no lo sabía.

Tamba vio cómo el cardenal que tenía había levantado vuelo y durante dos semanas no había aparecido. De pronto, aparece con compañía. Había conseguido novia el cardenal, y se agrandaba la familia. Lo dejó con la jaula abierta: “Es un milagro. La primera vez que tengo un pájaro como la gente y no le tengo que cerrar la jaula. Se consiguió una novia y lo tengo en el patio de casa”.

La Evita estaba re contenta con un flaquito más grande que ella, que la vio pasar un par de días. Con el tiempo se puso de novia con ese flaco, que era el 5 de los de Biedma, que era el mejor que vimos nosotros en el barrio. Una vez le dice el pibe: “Sabés que cuando estoy embatatado pienso en vos, Evita. Zafo como si fuera un milagro con la pelota. Te nombro a vos y es algo milagroso”.

Juancalito había cambiado las dos botellas de vino Chamaquito tinto, que llevaba siempre para patear, por una pequeña damajuana que escondía entre los yuyos para que tome el padre y el tío, y después picoteábamos nosotros. Y había comprado dos botellas de Seven y le sacaba un tanto. “Va a ser un milagro que mi viejo y mi tío no se den cuenta”, decía. Iba constantemente a tirar córner para ese lado porque estaba la damajuana de cinco litros escondida entre los yuyos, para afanarle vino tinto al tío.

Mónica vino re contenta porque, en una cancha de un club de Acindar, se había anotado al básquet. Hizo tres triples que no lo podía creer. Después pasó una semana y no la embocaba, hasta que la tía le regaló unos aritos, unos aros bien redonditos, y le dijo: “Tocalos cuando vayas a jugar, tocá el aro en tu oreja y vas a ver que el aro en la cancha de básquet lo vas a tener muy próximo y la vas a embocar”. Y nos dijo Mónica que fue casi un milagro cada vez que tocaba los aritos antes de los partidos.

Pedro, esa semana o quince días atrás, en un partido le habían pegado un codazo en la costilla y, en una pelota medio perdida, se cae, se golpea el codo y parte la muñeca. Lo que más le fastidiaba era la muñeca, que iba y venía con ese dolor. Un sábado se va a un bailongo que habían organizado todos, y había una flaca que había traído la Carolina, y salió a bailar. No quería bailar medio apretado porque le dolía la costilla, y la flaca en un momento le agarró la muñeca, y después de un par de lentos, la muñeca empezó a mermar el dolor.

Pasaron un par de días y Antonio Tímpano, que la junaba a la piba, le dice: “Pedro, ¿sabés cómo se llama la piba con la que bailaste?”. No me acuerdo, le dice Pedro. “Se llama Milagro”. Pero no era de acá, era de otro barrio, no pudieron sacarle la dirección. Pedro se tocó la muñeca y dice: “La verdad que se llama Milagro… y es más que un milagro”.

La pequeña Susi, ese viernes, vino corriendo con una sonrisa de oreja a oreja porque había hecho un bizcochuelo de naranja, que hacía meses que le habían enseñado a hacer y no le salía. Y dice: “Es un milagro que por fin me haya salido ese bizcochuelo”. Nos quedamos hasta la una de la mañana comiendo bizcochuelo con una Coca, y al rato sentimos el pito del tren, la sirena de la fábrica y los pibes que iban a la escuela. Y vimos que esos delantales eran todo un milagro: que más pibes iban a la Anastasio, seguirían nuestro rumbo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 23/08/25

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