Organizado por Gramscismos Rosario, se realizará en la Vigil –el viernes 19– un encuentro con Miguel Mazzeo y Nadia Fink. La idea es generar un momento de reflexión e intercambio entre clubes de barrio, bibliotecas populares, comunicadores y demás sectores del campo popular.

La Biblioteca Popular Constancio C. Vigil es una historia de organización popular. Empezó como vecinal, para luego ser un edificio gigantesco en una parte de la ciudad que era el reverso de su centro: la ausencia de todos los servicios básicos y la profunda desigualdad que expresaba la Tablada –como otros barrios periféricos de la ciudad– tenía, sin embargo, en su seno lo que la autoorganización de una vecinal devenida biblioteca popular logró construir: una rifa que llegaba hasta pueblos vecinos y no tan vecinos, un jardín de infantes, la editorial, el Museo de Ciencias Naturales, el Observatorio Astronómico, el Instituto secundario y la escuela primaria, ambos de carácter gratuito.

Sólo la brutalidad de una intervención estatal en 1977, en plena dictadura militar, pudo detener –por un tiempo– la monstruosidad de ese proyecto colectivo, que tuvo a su edificio pasando por diversas funciones estatales. Hasta que en marzo de 2004 un grupo de socios realizaron una asamblea y fueron construyendo –jurídica y políticamente, como dos procesos imbricados– la posibilidad de la recuperación. La intervención terminó en 2012, luego de 35 años, y en 2013 esa comisión de socios recuperó parte de los bienes muebles e inmuebles que estaban en posesión de la Provincia.

No es intención de esta nota hacer una historia de la Vigil, solamente situar el peso del lugar donde el viernes 19 de septiembre –de 18 a 19, en Alem 3078– se realizará un encuentro, un espacio colectivo que intente plantar alguna semilla más de organización desde abajo. La actividad lleva por título “Funciones intelectuales y cultura popular. Pistas para la batalla cultural”, y allí charlarán Miguel Mazzeo, profesor de Historia y doctor en Ciencias Sociales; y Nadia Fink, autora de la colección Antiprincesas y Antihéroes de la Editorial Chirimbote. Ambos fueron militantes del Frente Popular Darío Santillán. La entrada es un alimento no perecedero para las ollas populares, y el formulario de inscripción está en el Instagram de Gramscismos Rosario.

“Intentará ser un momento de reflexión e intercambio, con organizaciones de la sociedad civil popular, sobre la idea de la «batalla cultural», esto es la permanente disputa por el sentido entre las clases dominantes y las clases populares. Sabemos que la ideología dominante en una sociedad es la ideología de la clase dominante, pero también sabemos que las clases subalternas, a veces de manera espontánea, resisten esa ideología, desarrollan otra visión del mundo, que intenta ser propia y alternativa”, le contó Miguel Mazzeo a este semanario.

Nadia Fink, por su parte, empezó a delinear un principio de esta discusión: “La pensamos como batalla cultural usando un término gramsciano, pero también usando un término que se está queriendo apropiar la derecha. Como esto de que el color amarillo pasó a ser del PRO, ¿y vamos a dejar de usar el amarillo? No hay que dejar librado a las neoderechas nuestros términos, que acuñaron nuestros propios intelectuales, ¿no?”. 

Dar batalla

Mazzeo es autor de diversos libros que reflexionan desde distintos ámbitos en pos de un proyecto político de las clases subalternas, y en Latinoamérica. Señala la virtud del pensamiento de Gramsci y su necesidad de retomarlo. “Las categorías gramscianas son generosas, flexibles, abundantes. Constituyen un insumo valioso para analizar la realidad en sentido crítico. Una teoría política popular no podría prescindir de Gramsci”, remarcó el ensayista, y aclaró: “Hay un Gramsci para la academia, bastante inofensivo. Hay un Gramsci socialdemócrata, típico de los 80, igualmente inofensivo. Pero también hay un Gramsci militante, un Gramsci radical que aporta insumos para comprender y transformar la realidad. Un Gramsci que sutura la brecha entre teoría y práctica. Con ese último me identifico”. 

Intelectuales y batalla cultural son dos términos centrales de entender para empezar a darle vueltas a este problema. “La batalla cultural implica una disputa por el sentido común, no es una discusión entre sistemas filosóficos. Se trata de que las clases subalternas dejen de identificarse con los valores de las clases dominantes y asuman sus propios valores. En esa disputa por el sentido, los intelectuales juegan un rol clave. No los intelectuales según la definición iluminista, sino los definidos como esa capa de la sociedad que juega alguna función de dirección moral e intelectual, una maestra o un maestro, un militante barrial, un comunicador, un referente sindical, político o religioso, un escritor”, define Mazzeo, sin dejar de señalar una operación central: que el lenguaje gramsciano “ha permeado las narrativas militantes, de derecha a izquierda”. 

Esto significa, sencillamente, que no estamos solos en esta disputa por el sentido. “Las clases dominantes imponen una visión del mundo basada en la competencia, el individualismo, la realización personal a través del consumo, la propiedad privada, la meritocracia. Esa visión no es compatible con los intereses de las clases populares. Por el contrario, una visión del mundo de las clases subalternas, afín a sus intereses, debe sostenerse en la solidaridad, la cooperación y la deliberación colectiva”, señala. 

Una de las preguntas centrales de Gramsci es: ¿cómo domina la clase dominante? Evidentemente, no se trata de pura coerción, sino de una dirección moral, intelectual; una hegemonía que no se manifiesta solamente en el plano de la violencia física –aunque las cárceles y las fuerzas policiales son los factores a los que se recurre de manera constante, y en este momento de la Argentina, cada vez más–, sino en el consenso construido de diversas maneras: articulando intereses de distintos sectores para incorporarlos a un proyecto, y disputando los márgenes del sentido a través de instituciones como la escuela, pero también por fuera de la órbita estatal como la Iglesia –hoy día, las iglesias– y los medios de comunicación –y no deberíamos perder de vista, hoy, las redes–.

En la actualidad, pensar desde Gramsci implica revisar sobre qué está sostenida la dominación. “En relación a la disputa hegemónica en Argentina –dice Mazzeo– eso habría que pensarlo mucho y colectivamente, yo no tengo una respuesta muy certera. Sí entiendo que desde las clases populares no hay una propuesta contrahegemónica, para decirlo de una manera sólida, en este momento. Creo que es un momento de mucha debilidad en las clases populares, no están planteándose la posibilidad de construir un proyecto hegemónico alternativo”.

“Lo que hay son respuestas puntuales, resistencias puntuales, totalmente desarticuladas, que en todo caso portan el germen de una alternativa, pero no está el planteo de conformar, si se quiere, un bloque histórico nuevo, plantear una disputa del poder, estamos muy lejos de todo eso. Es más, en algún punto creo que la dominación que ejercen las clases dominantes en la actualidad tiene que ver con la debilidad de las clases subalternas”, agrega.

Consultado sobre la constitución de las clases dominantes, señala: “No creo que sean un todo homogéneo y tampoco creo que, en este momento, tengan claridad respecto de cuál debería ser un proyecto de poder. Creo que hay una disputa entre dos matrices económicas posibles en la Argentina, ambas extractivistas, pero una más vinculada al polo petrolero y la Patagonia, y la otra más clásica, más vinculada a la burguesía terrateniente tradicional. Y otros sectores que intentan articularse con uno y otro bloque”.

En ese sentido, plantea que “el primer bloque tiene más chances de sumar a otros bloques (de las clases dominantes, sectores del empresariado nacional), el segundo lo veo más articulado y articulable al capital financiero internacional. En todo caso el primer bloque podría dar sustento a un proyecto neodesarrollista, y el segundo suele estar más vinculado a los proyectos liberales, neoliberales. Entonces no hay homogeneidad en las clases dominantes pero tampoco ninguno de estos dos sectores está planteando un proyecto hegemónico, no está planteando integrar a sectores de las clases subalternas, que es lo que sería un signo de un proyecto hegemónico. La clase que quiera consolidarse como hegemónica tiene que tener porosidad, capacidad de incorporar otros sectores, y eso no lo veo de parte de las clases dominantes”.

Desde chiquito

Nadia Fink es autora de las series Antiprincesas y Antihéroes, una colección de biografías infantiles ilustradas por Pitu Saá y publicadas por la editorial Chirimbote. Por allí hay un puntapié de esa “batalla cultural”, dice. “Desde Chirimbote estamos pensando siempre en las niñeces, justamente para empezar desde un principio. Iniciar este camino con las y los pequeños porque creemos que esta lucha hay que darla todo el tiempo y permanentemente”, relata Fink.

Libros, contenido en redes, contenido educativo, cursos, constituyen uno de los aportes para disputar el sentido desde los pequeños lugares donde se organizan comunitariamente. “El gobierno nacional, el Estado actual, se plantea una batalla cultural dando vuelta los términos. Plantea una alternativa, pero su alternativa viene por el lado del recorte de lo cultural, los derechos humanos, la salud pública, la educación. Por eso me parece que más que nunca hay que estar dando esta batalla”, señaló Nadia a El Eslabón

“Gramsci es absolutamente un antihéroe, mi vínculo con él tiene que ver con lecturas de hace muchos años, lo relaciono mucho con Rosa Luxemburgo, que es una antiprincesa publicada. Son dos que tienen muchas cosas en común: una discapacidad desde pequeños a partir de una enfermedad, un desarrollo intelectual brillante, esta búsqueda emancipatoria de crear también teoría, de luchar contra los poderes establecidos, incluso dentro de los mismos partidos a los que pertenecieron”, remarca.

Al respecto, Fink agrega que además “los dos estuvieron presos y escribieron desde la cárcel cartas completamente memorables y llenas de un montón de contenido. Y los dos tienen una cosa muy lúdica, me parece que son muchos puntos en común, es un antihéroe absoluto desde muchos aspectos, y también me parece que este pensamiento vuelve ahí todo el tiempo porque está muy vigente también, las cosas que él planteó tienen una vigencia muy llamativa”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/09/25

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