Yo no sé, no. Graciela venía contenta porque había subido al 15 y el chófer le dijo: “Mirá, al lado de la foto de Gardel hay un pimpollo y con vos el 15 tiene una flor”. Mónica estaba contenta porque había visto que en la casa, unos pimpollitos que ya eran casi flor, estaban a tope y anunciaban que se adelantaba la primavera. Chichicua venía contento porque tenía una novia pasando barrio Acindar y cada vez que venía, venía con ese olor a jazmín que había cerca de la calle Acevedo, como para decirnos que tenía testimonio de esas florcitas y ese aroma a noviazgo.
Carlos estaba empecinado porque le habían encargado una abertura para un balcón que representara un naranjo y no veía por ningún lado un naranjo, una flor que le sirviera de modelo, pero ya se las iba a arreglar. Isabel estaba contenta porque le habían regalado unos gladiolos y pintaba lindo ahí en la casa que le iban a regalar unas plantitas también. Laura andaba cerca de la Vía Honda y decía que una planta de níspero ya tenía una florcita y que iba a haber nísperos pronto, antes de llegar el verano.
José decía que cerca de la desembocadura del arroyo, en el Paraná, había unos camalotes que venían con flores y que eso era un buen augurio que indicaba que la primavera iba a ser rica en peces. Tiguín estaba empecinado en que las calas que estaban en Quintana y la cortada que daba al club Las Palmeras, estuvieran siempre. “Cuando vengo a toda velocidad, sé que después de esas calas, a unos 200 metros, tengo que doblar a la izquierda. Me sirven de faro”, decía Tiguín.
La pequeña Susy apareció con algo parecido a una minifalda, con unas margaritas bordadas, y estaba re contenta porque le habían permitido una pollerita un poco más allá de la rodilla y decía que era tiempo de empezar a deshojar la margarita. Pedro, cerca del primer puente, se acordaba de la glicina tan perfumada que había siempre por Lagos y pensaba si seguirían pimpollos o estarían hechas flores.
A la tarde, Manuel vino cantando como si fuera Sandro, apareció por Doctor Riva con una camisa que tenía bordadas un par de rosas y cantaba: “Rosa, Rosa, tan maravillosa”. Mientras tanto pasaba doña María vendiendo unas tortas asadas que eran flor de tortas. Hacía tortas fritas también, pero las asadas eran espectaculares. “¿A cuánto, a cuánto?, le preguntamos. “Y, para ustedes se las dejo a flor de precio porque son clientes privilegiados”, contestó doña María. Esa primavera asomaba con pimpollos y con unas flores que anunciaban otra cosa, otra cosa linda.
Publicado en el semanario El Eslabón del 13/09/25
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