Yo no sé, no. Manuel apenas vio el camión que a lo lejos parecía de mudanza, agarró las monedas y se fue corriendo a jugar al 72: la sorpresa. Se acordó de doña María que le decía: “Cada vez que hay una mudanza es una sorpresa. Y hay que jugar al 72”.

A Graciela, cuando se enteró, le preguntamos dónde se mudaría. Y ella dijo: “Cerca de los clubes, que hay baile para carnaval”. Ya estaba pensando en los bailes de carnaval. “Cerca de Provincial, cerca de Gimnasia, por ahí. O de Servando Bayo, que siempre tiene milongas”.

Mónica saltó y dijo: “Yo, si me tengo que mudar, me voy a Cañada de Gómez. Porque el tren pasa varias veces al día”. Es que Mónica había tenido un noviecito ese último verano y el vago se había mudado a Cañada de Gómez. Y seguía afilando, aparentemente.

José era de seguir la ruta del Dorado. “Yo, si me tengo que mudar, me voy a Corrientes. Me voy al Paraná hacia arriba y me voy a pescar tranquilo”. Tiguín, en cambio, elegía el sur.  Las grandes rutas del sur para desarrollar velocidades: con la bici, con la moto, con cualquier cachivache. Lo majestuoso del sur y las rutas lo apasionaban.

Laura estaba encantada con Echesortu. “Es lindo –decía–, tiene un cine, tiene pizzería, tiene un centro comercial, está cerca del barrio. Yo voy y vengo caminando si extraño el barrio. Me gusta mucho”.

Isabel quería San Martín al fondo. Ese San Martín empedrado, ancho. Alguien le había dicho que esa parte de Rosario se parecía a Montevideo. Y ella quería conocer Montevideo. “Es como conocer parte de la Banda Oriental del Uruguay”, decía. Y tenía razón, era hermoso.

Carlos soñaba con irse a Europa. No a vivir, sino a mudarse temporalmente, ir y venir, conocer, viajar. Huguito, el hermano, con una camiseta de Boca, decía: “Yo, si me mudo, me mudo a la cancha de Boca”. Alguien le dijo: “A la cancha de Boca no te podés mudar. Te podés mudar al barrio de La Boca”. “No, a la cancha de Boca”. Él decía que iba a hacer todo lo posible para ser dirigente y vivir en la cancha. Lo decía moqueando y con la camiseta puesta.

La Evita decía que, si se tenía que mudar, iría a la ciudad de La Plata. Porque ella entraba y salía de Carlos Casado y nunca se perdió de chiquita. “Si estoy en la ciudad de las diagonales, la voy a pasar bomba. Si nunca me perdí en Carlos Casado, menos me pierdo allá”.

Pedro, por otro lado, decía: “Yo me iría a mudar al pasaje Moss, cerca de donde vivía mi abuela, Moss y Rioja, Pascual Rosas y Rioja, por ahí. Y terminar unas carreras navales que tuve de chico, de cuando esa cortada se inundaba. Pero después volver, nunca mudarme definitivamente”.

Manuel decía: “Yo, si me tengo que mudar, me mudo enfrente, donde nací. Cruzo Iriondo, porque ahí está el paredón donde jugaba a las figuritas y gané todas las figuritas posibles. Si me tengo que mudar, compro la casa de enfrente, que está por Dr. Riva, y me muero ahí”.

Pasaron unos gitanos que no se sabía si venían con camiones de mudanza o si se iban del barrio. Unos cacharros anunciaban que en la Santa Isabel había un casamiento, una especie de mudanza del estado civil de una parejita.

Después pasó un cortejo fúnebre. Alguien partió y se mudó definitivamente del barrio, pensamos. Nos quedamos medio angustiados hasta que apareció el Ruben, que vendía churros –buen churrero–, y dijo: “Muchachos, me mudé más cerca y desde mañana voy a pasar más temprano y todos los días. Van a tener el churro calentito”. Y nos dejó una docena fiada y nos volvió el alma al cuerpo.

Nadie se había mudado del barrio, o todos nos habíamos mudado por un ratito. Estábamos ahí, con una mudanza pendiente: irnos y volver, o no irnos nunca, a pesar de que algún día nos íbamos a mudar.

Apareció la pequeña Susi y dijo: “Yo me voy a California, yo me voy a California”. Lo decía mientras comía el último churro que quedaba. “Pero voy a volver siempre al barrio”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 20/09/25

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