Durante los últimos 60 años, el hecho maldito no fue el peronismo en Argentina, ni el comunismo o el anarquismo en el mundo. Tampoco el hipismo, el punk, el heavy metal o cualquier expresión urbana del descontento social. La verdadera tragedia la constituye el abandono de la idea de que realizarse en la vida era algo más que acumular capital, propiedades o espejitos de colores. 

El consumo entró en crisis por dos motivos. En primer lugar, porque el poder concentrado mundial está dispuesto a avanzar sobre el resto de la humanidad quitándoles los derechos cívicos y sociales que fueron garantía para la creación del Estado moderno, y los derechos laborales que fueron conquistas del movimiento obrero en luchas que costaron vidas, cárcel y exilios en todas las latitudes a lo largo del siglo XX. Su objetivo es una transferencia brutal de capital desde las sociedades hacia las corporaciones. 

En segundo lugar, porque grandes sectores de la sociedad empiezan a asociar ideas que dentro de la cultura meritocrática eran fragmentarias. Comienza a surgir un pensamiento holístico respecto de lo político, lo social, lo cultural. El hastío generado y planificado desde las altas esferas de las corporaciones dejó en evidencia la estrategia de frustración permanente. El mensaje que exhala es una carrera infinita por ser alguien, y el modo correcto de serlo es la acumulación de bienes y servicios que nos hagan ver como personas solventes, económica, emocional y espiritualmente.

En sociedades digitales como las que tenemos, el verse es más importante que el ser, o que el estar siendo, incorporando la visión descolonial de Kush (en la que el Ser es propio de Europa, trascendental, colonial y patriarcal, y el estar siendo es sudamericano, sin tantas pretensiones, más inmanente y cercano a la naturaleza).

Poder construir una imagen propia, sin historia, contradicciones ni fracasos, produce una subjetividad maleable, sin verdades ni tiempos. Construye un sujeto que se cree inmortal, que no tiene urgencia, acomodaticio, cuyo fin es el confort. Cualquier actividad conflictiva debe ser evitada. Un ahorro inmenso de energía psíquica disponible para ser comprado como bloque de tiempo laborable sin cargas sociales ni derechos asociados. 

La era del desencanto

¿Quién es el sujeto al que se dirigen los medios? Siempre está bueno analizar los personajes de las publicidades para entender las intenciones (si bien no son lineales los procesos de modelización del imaginario social, en algún momento de debilidad el bombardeo produce efecto).

El sujeto al que se dirigen las publicidades en nuestro país es un salame, un tipo que toma pastillas para no dejar de ir a trabajar, que cuando sale de joda o se va de vacaciones, su diversión es el consumo. Un individuo que piensa desde sí y para sí, en el que los demás son accidentales, meras contingencias que debe sortear como si se tratara de un videojuego. Se casa y construye una familia de publi de prepaga en la que lo más importante es la previsibilidad y la administración.

Las contradicciones propias de la vida en algún momento aparecen, y la ficción sobre la que se aceptaba el sacrificio entra en crisis. Porque los laburantes no somos así. Lentamente perdimos identidad. Mutamos de trabajadores a consumidores, sin escalas, sin otro ritual que lo armado, lo previsible, lo planificable. Todo organizado para perder el miedo a lo desconocido, la vida sin magia, sin sorpresa, sin sobresalto, el confort como leitmotiv.

El mundo se desencantó, nada nos sorprende, hasta las sorpresas tienen un algo de previsibles. Sin embargo, permanentemente suceden cosas que ponen al modelo en jaque desde lo social, desde lo cultural, desde lo político. Lo que hay que explicar para que no quede la sensación de cabo suelto será explicado desde la economía. La rentabilidad, la productividad, la eficiencia, son conceptos que esconden la tristeza, la frustración y, sobre todo, cualquier expresión de rebeldía que pueda surgir.

En función de estos conceptos aceptamos medicalizarnos, capacitarnos, ser el alcahuete de los jefes y sobre todo competir contra todos los que están en las mismas condiciones que uno. La realización como ciudadanos, como personas, como seres humanos, como militantes, como afectos, sólo adquiere valor si se inscribe en el circuito de producción y consumo, quizás por eso mucha gente pone más energía en su trabajo que en su ocio, o que en la construcción de afectos.

Otro futuro es posible

El mundo está en llamas, Europa se llena de gente en las calles reclamando el fin del genocidio en Gaza, las autoridades de los países europeos votan a favor del reconocimiento del Estado Palestino. Se van en barco desde Europa organizaciones y militantes de la causa que son atacados por drones.

Vivimos en un clima de apocalipsis digno de las películas de los años 80. En Nepal, un estallido social al que buscan atribuirle causas parciales como el bloqueo de redes sociales. Sin embargo, es un sistema de impunidad y corrupción y un clima de agotamiento de las expectativas las que llevan a la juventud a la calle a desatar el caos. No es una revolución, es un estallido. No hay proyectos revolucionarios, hay gente que se junta a revolucionar. No hay una perspectiva de toma del poder, simplemente un mostrarle al poder que está en jaque. No es político, es filosófico, es la necesidad de volver a tener un horizonte que nada tenga que ver con la economía, es volver a tener una idea integral de la vida.

Lula en su discurso en la ONU, así como también Petro, lo plantean claramente. El único proyecto global que existe hoy es el de las corporaciones, el de la especulación financiera, y el del control geopolítico por la fuerza de las armas, por la manipulación de las deudas estatales, y por el control social a través de diferentes dispositivos, como el hambre, el narcotráfico, la mafia, en connivencia con algunos gobiernos y con los poderes judiciales a los que acceden solamente cómplices o empleados del poder.

Los únicos capaces de transformar esta realidad son los pueblos organizados en movimientos emancipatorios que, a través de mecanismos democráticos, logren ganar elecciones para transformar los Estados en organizaciones al servicio de los pueblos.

El lobby que ejercen las corporaciones sobre los sistemas políticos condiciona a los países centrales y más aún a los países en vías de desarrollo que tienen que lidiar, además, con las oligarquías locales. Aun así, se están dando procesos como el de México, el de Colombia, el de Brasil, que demuestran que no todos los proyectos humanistas con visión ambiental, con políticas de distribución de la tierra y la riqueza y con una perspectiva de dignidad de la vida son derrotados, sino que gozan de buena salud.

El poder de pocos construyó una parodia (como suelen hacer) de un mundo distópico, para dejar de ver la propia distopía de pueblos muy diversos frente a los que pierden el poder, la exclusividad y el encanto en el que dejan de ser la belleza de la sofisticación. Para muchos, salir del consumo individual e ir a encontrarse con la comunidad como unidad de construcción, puede volver a llenar de magia este mundo gris y desencantado.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/09/25

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