Yo no sé, no. Manuel estaba re contento por dos cosas: primero porque se hacía la juntada del picnic allá cerca del monte, a la altura de lo que era la Fábrica de Armas. Y también porque don Mauricio le había perdonado parte de la deuda y le habilitó casi medio kilo de bizcochitos Campeón y seis latas de picadillo.

Graciela, por otro lado, estaba entusiasmada porque piropo va, piropo viene, el de la fiambrería de Francia y Biedma le estaba por fiar una paleta exquisita y un queso especial para hacer sándwiches. Mónica estaba entusiasmada en hacerse unos primavera pero estaba la cuestión de conseguir lechuga fresca, así que le había encomendado a alguno de los nuestros que fuera a alguna de las quintas más cercanas.

Carlos decía que con que tuvieran mortadela los sandwiches él ya estaba hecho y discutía con Tiguín cuál de las dos marcas de mortadela que copaban la parada era la mejor. José había conseguido una changa por un tipo que trabajaba en el frigorífico y trajo unas latas que no sabía si eran paté o corneví (Corned beef). “Así que a la hora del morfi, en la juntada del 21, recién vamos a saber la verdad”, dijo José.

Isabel estaba empecinada en hacerse unos panchos y discutía con la Eva si llevaba mostaza u otro menjunje. Para la Isabel el pancho iba únicamente mostaza era el pancho así que decía: “Hay que llevar una ollita para que estén calentitos los panchos y la pasamos bomba”.

Por otro lado, la Laura decía: “Con que consigamos un buen felipe, le sacamos la cáscara y después adentro puede ir cualquier cualquier cosa. No importa lo que usted le ponga, el secreto es que el felipe sea de buena calidad”.

El 21, ahí en el monte, estaba re bueno el día, había un poco de viento y entre la sombra de los grandes eucaliptos y el sol, parecía que se dibujaba un gran sándwich en la tierra y en el cielo. Alguien preguntó por la pequeña Susi hasta que apareció sonriente. Se había escondido un día antes para hacer la mayonesa casera porque decía que no la tenía que ver nadie para que no se le corte. “Pasaste a la clandestinidad para hacer la mayonesa”, la cargaba Pedro. “Sí, pero vos no sabés cómo me salió”, decía la pequeña Susi.

En el aire se sentía el aroma a todos los sándwiches hasta que alguien dijo: “Qué olor a alpargata”. Todos se miraban los pies. “No, no digo olor a pata, olor a sándwich de milanesa digo”. Ese año le decían alpargata y era cierto: en un canasto, entre Pedro y Juancarlito, habían llevado sándwiches de milanesa. Ahí comenzaba el picnic, con ese aroma a alpargata, a sándwiches de milanesa y con los huevos bien batidos de una mayonesa casera.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/09/25

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