La prostitución, negocio millonario sostenido en pobreza e impunidad, se disfraza de empoderamiento. Nombrarla como violencia extrema y no como trabajo es una responsabilidad urgente para la comunicación en clave de derechos humanos.
Un negocio que mueve 99 mil millones de dólares anuales manipula a las personas más vulnerables, las arroja a la dependencia y todavía se presenta como “elección” en el debate público. En Argentina y América Latina, la explotación sexual se sostiene en la impunidad política y policial, y la manipulación emocional que borra el derecho al deseo y la libertad. Hoy la misoginia se disfraza de empoderamiento para perpetuar esta violencia, y en respuesta nombrar la prostitución como lo que es –violencia extrema y no trabajo– se vuelve una responsabilidad urgente para la comunicación en clave de derechos humanos. Pensar en libertad nos ayuda a liberarnos de la apatía que impone la cosificación de los cuerpos.
Cuando la manipulación trae impunidad
El asesinato planificado de tres mujeres en situación de prostitución –una de apenas 15 años– vuelve a encender un debate que, lejos de esclarecer, reincide en banalizar una violencia extrema: la prostitución no es un trabajo, es una forma de esclavitud. Nombrar a una adolescente como “trabajadora sexual” refleja cómo la sociedad y los medios contribuyen a invisibilizar la explotación y a otorgar legitimidad a redes de trata que siguen creciendo. Lo que se presenta como “elección” muchas veces es manipulación económica y psicológica: la mayoría de las personas en situación de prostitución están atrapadas por la necesidad, la presión social y la dependencia emocional de quienes las capturan.
No hay distintos tipos de feministas debatiendo, hay un sistema que nos usa para sostener la esclavitud. Quieren esconder la trata como empoderamiento ante la discriminación permanente de las víctimas, en este falso binarismo del discurso.
Como el “telar de la abundancia”, los sistemas prostituyentes funcionan mediando manipulación afectiva: se reproduce la explotación y se legitima la idea de libertad mientras se mantiene el control sobre la víctima. Una dinámica de estafa piramidal en la que quienes ejercen prostitución terminan captando a otras para aliviar su propio cuerpo del “trabajo sexual”. Además, el escalofriante blindaje de la pedofilia en estas estructuras es otro capítulo que merece profundidad.
La libertad sexual es el verdadero empoderamiento, siempre que comprenda la noción de deseo recíproco. Consumir prostitución es aprovecharse de la necesidad económica de otra persona. Es un delito invisibilizado que reproduce las peores formas del patriarcado.
Desde la perspectiva psicológica, ejercer la prostitución altera profundamente la subjetividad. Quien pasa años sometida al levante constante para sobrevivir aprende a asociar el deseo con aceptación externa y control ajeno; esto dificulta luego vincularse de otra manera, comprender sus propios deseos y reconstruir una vida autónoma.
Por eso, aunque lo oculten en todas partes, el deseo sexual es un derecho regulado por la legislación argentina: debe ser libre, consentido, recíproco y con responsabilidad afectiva. Cuando se prostituye un cuerpo por necesidad, ese derecho se viola; el placer y la libertad se subordinan a la supervivencia. La explotación sexual no sólo daña físicamente, también fragmenta la mente, erosiona la capacidad de amar y destruye la esperanza.
Abolicionismo, explotación y pobreza
No hay tal dicotomía. El reglamentarismo propone derechos laborales para las personas en situación de prostitución, pero falla en la práctica: no puede prevenir que un prostituyente incumpla normas, que haya violencia, ni que se perpetúe la manipulación emocional. El abolicionismo, en cambio, apunta a sancionar a quienes consumen prostitución, desalentar la demanda, y ofrecer a víctimas que desean salir un subsidio, vivienda, asistencia psicológica y acceso a educación y salud. Sólo así se puede acompañar la recuperación de la autonomía y de la subjetividad.
La mayoría de las víctimas son mujeres, trans y niñas pobres. Las pocas que acceden a la categoría de “prostitutas VIP” sostienen, con un falso empoderamiento, un relato funcional al mercado, teniendo como parte de su trabajo la propagación de ideas, mientras que el 80 por ciento de quienes sufren explotación sexual lo hacen bajo manipulación y dependencia.
Como el trabajo infantil, aunque las víctimas no siempre lo perciban, constituye una injusticia estructural.
La prostitución no puede entenderse como una elección libre mientras esté atravesada por la pobreza, la falta de oportunidades y la manipulación emocional.
Datos clave sobre prostitución y trata:
Negocio global: la OIT estima que la explotación sexual genera 99.000 millones de dólares anuales, convirtiéndose en el tercer negocio ilícito más lucrativo del mundo, después del tráfico de armas y drogas.
ONU Mujeres / UNODC: más del 70 por ciento de las víctimas de trata en el mundo son mujeres y niñas; en América Latina, ese porcentaje asciende al 84.
América Latina: el 80 por ciento de los casos de trata están vinculados a la explotación sexual (UNODC, 2022). México y Brasil concentran las mayores rutas de captación y tránsito, mientras que Argentina y Paraguay son países de destino y captación de víctimas (OIM/ONU). En Paraguay, el 60 por ciento de las víctimas rescatadas son menores de 18 años.
Argentina (PROTEX): entre 2008 y 2024 se rescataron más de 17.000 víctimas en operativos; el 90 por ciento eran mujeres y personas trans en situación de prostitución.
El dato es contundente: la esperanza de vida de una persona en situación de prostitución no supera los 35 años. Enfermedades de transmisión sexual, adicciones inducidas y violencia extrema son parte del destino impuesto por un negocio que es, a escala global y regional, una maquinaria de muerte y explotación.
El Estado no genera alternativas reales; la sociedad naturaliza la prostitución, y nuevas jóvenes ingresan inocentemente a un sistema de explotación que parece normal y deseable.
Trata, connivencia y responsabilidad social
La trata de personas es otro rostro de esta violencia, complejizable en su morbosidad pero muy naturalizada. No siempre requiere secuestro físico: la manipulación psíquica y económica basta para someter a niñas, mujeres y personas trans, cuyos cuerpos se vuelven mercancía.
La feminización de la pobreza y la connivencia de fuerzas de seguridad y de actores políticos facilitan que estas redes operen impunemente.
Difundir la explotación sexual en el ámbito de la militancia también es un peligro: al igual que en la dictadura, la misoginia se presenta como explotación emocional. Entonces, como sucedía con los militares que elegían a las militantes encarceladas para usarlas como prostitutas, hoy se reproduce la misma lógica perversa de dominación sobre los cuerpos, disfrazada de libertad o empoderamiento. La historia reciente demuestra que esa manipulación no es resistencia, es violencia.
La sociedad debe comprender que la prostitución no es excusa para la estigmatización, ni es libertad: es violencia, explotación y control.
Si consumir prostitución es aprovecharse de la necesidad ajena, reconocerlo como tal exige un cambio cultural y político profundo: comunicar mejor, acompañar a quienes desean salir de esa situación, garantizar derechos sexuales, y romper la estructura de manipulación que reproduce generaciones atrapadas en la explotación. Sólo desde la libertad y la autonomía, no desde la naturalización del daño, podremos poner fin a esta forma extrema de violencia.
El triple femicidio de estas jóvenes no es un hecho aislado, es el extremo de un sistema que considera cuerpos desechables.
Nombrarlo como violencia extrema y no como trabajo es una responsabilidad urgente del Estado, de los medios de comunicación y de la sociedad.
Porque ninguna nena sueña con ser puta.
Porque la prostitución es una renuncia a la libertad, porque todas las personas merecemos relaciones afectivas sanas: paremos la esclavitud moderna.
*Periodista y productora audiovisual de la Defensoría del Público.
Publicado en el semanario El Eslabón del 04/10/25
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