Yo no sé, no. Manuel y Beto discutían que en un lateral de la canchita de Cilindro, que recién estaba hecha, quedaban raíces de radicheta que siempre aparecían. Ese lateral no se usaba mucho, pero de la última radicheta de la quinta quedaban raíces y parecía que inauguraban los campeonatos. Había pocos wines: el Tamba y el Hormiga, que eran livianitos y pasaban volando por sobre esas raíces que se negaban a abandonar ese pedacito de terreno que ahora era cancha.
La Graciela, por otro lado, guardaba unas raíces de un estaño limonero que había encontrado cerca de la vía que se estaba volviendo de color naranja, medio amargo. Un día vio que se estaba muriendo, agarró las raíces y las guardó. “En algún momento va a crecer y van a ver qué flor de limones raros tengo”, decía la Graciela.
Mónica estaba encantada con el aromito que estaba cerca del tambo y que a pesar de que recibía ciertos hachazos de algunos vecinos que lo querían sacar, las raíces siempre sobrevivían y siempre aparecía un brote nuevo del aromito.
José estaba encantado porque por Biedma y casi Lagos, sobre un riel de lo que había sido el tranvía 15 que había llegado hasta ahí, había unas raíces que lo atrapaban. No sé sabía si el riel atrapaba a las raíces o las raíces lo atrapaban a él. Era una rara plantita que duraba un ratito todas las primaveras y después se moría. “Esas raíces deben tener memoria como esos rieles que están cerca del saloncito cocotero. Esas raíces deben tener ritmo a tranvía y a cumbia. A cumbia de barrio”, decía José.
Tamba decía que el último álamo cerca del monte Bertolotto tenía unas raíces hermosas y que por más que hicieran un edificio ahí, las raíces algún día iban a volver a aparecer. Tamba había visto los mejores y los más altos nidos en ese álamo cerca de lo que hoy es Jefatura y alguna vez fue la Fábrica de Armas.
La Eva estaba encantada con las raíces de un pino de la plaza y con una higuera que estaba cerca de la fábrica Acindar, y decía: “Estos higos difícilmente abandonen el barrio, seguro que sus raíces van a estar para siempre acá”.
Tiguín decía que unos quebrachos que habían sido durmientes, en algún momento se hicieron raíces. “Vinieron frescos, se hicieron los dormidos y echaron raíces”, decía, aunque nadie le creía. Pichicua estaba enloquecido y decía que cada vez que pasaba un tren carguero con granos aparecía trigo. Pero lo que siempre aparecía era hinojo. El hinojo era infaltable en la Vía Honda.
María decía que las plantas que estaban al lado de su casa, en Iriondo y Quintana, iban a prestar testimonio de la gran verdulería que atendía la madre. La pequeña Susi estaba encantada porque ese sábado había ido a Emilio Silver y no sólo se había teñido el pelo gratarola sino que le habían hecho el peinado y el flequillo como a ella le gustaba. “Capaz que cuando me salgan las raíces esta tintura las va a respetar y van a ver mi color de pelo natural que va a combinar con con mi flequillo”, decía contenta.
Pedro y Carlos estaban cerca del primer puente cuando vieron que un viejo sauce llorón ya casi perdía la vida pero una gran raíz suya estaba por cruzar lo que sería un tiempo después Avellaneda como diciendo cruzo por debajo del bulevar y dejo atrás todo el llanto del barrio. Y si tengo que llorar, que sólo sea para llorar de alegría. O de nostalgia, que tampoco está mal. Para eso sirven las raíces, las raíces del barrio.
Publicado en el semanario El Eslabón del 04/10/25
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