Sobya mira fijo a la nada pero espera algo. Con sus 198 kilos, la melena asfaltada y el culo más apretado de Quinha, pequeña localidad al sur de la China profunda y salvaje, Sobya se destaca entre la multitud.
Viene de una mala noche y no pudo conciliar el sueño por los ruidos provenientes de la alcoba de su hermano y su cuñada, grandes y fogosos amantes practicantes del kamasutra antiguo. Las paredes realmente temblaron y los gritos debían de oírse en toda la aldea. Pensó en ir a decirles algo, en pedirles por favor que bajaran la intensidad pero su hermano tiene muy mal genio y una derecha criminal. Su quijada lo había comprobado un par de veces y su mordida ya no era la misma.
Optó entonces por meditar, intentó la técnica del faisán de plumas doradas que le había transmitido con infinita paciencia su abuela Icka pero no hubo caso, no logró sumergirse en las profundidades del sopor y la relajación antes de que el sol iluminara la mitad de su habitación.
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Sobya mira fijo a la nada pero espera algo. Está parado en el centro neurálgico de Xinguan, el barrio que lo vio nacer, y sabe que Tao, el jefe de Los tigres de los mares, la banda rival, descubrió que una de sus esposas se escapaba por las siestas para vivir aventuras con Sobya y le juró a los dioses y a sus laderos que le cortaría la yugular lentamente.
Harto de estarse escondiendo en lo de su hermano, Sobya comprendió, en una de esas tantas noches de lujuria para unos y de insomnio para otros, que a la suerte y a la muerte no hay que esperarlas: hay que irlas a buscar.
Por eso está parado ahí, en la esquina más concurrida de toda la comarca, seguro de que en minutos se correrá la bola y vendrán por él. Se imaginó la escena una y mil veces: primero aparecerán un par de saltimbanquis soldaditos y Tao asomará por detrás, con su trajecito negro y sus zapatos de 1000 yens. Sobya, entonces, gritará que el honor se disputa mano a mano y sin milicos y pondrá en práctica todo lo aprendido en sus años de luchador Kongh, un arte marcial no reconocida como tal por los tradicionalistas en la que vale todo y nada vale; y en la que el árbitro, el único juez, es el público que brama por sangre y cabezas aplastadas en el suelo o contra las rejas perimetrales.
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Sobya mira fijo a la nada pero ve todo. Aguarda un silencio repentino, movimientos bruscos, corridas o que la horda de jóvenes alrededor del tacho con fuego deje de beber y de rapear. Un balazo al aire, fuegos de artificio, algo que preanuncie la llegada de Tao y su séquito. Pero lo que escucha Sobya es el rugido de su voluminoso estómago, el crepitar de sus intestinos, el estruendo de un gas que le alerta que la evacuación, tamaño océano, es inminente e inevitable. Y sale rajando a la casa de su hermano.
Publicado en el semanario El Eslabón del 11/10/25
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