Especialidad muchas veces ninguneada, las y los periodistas deportivos celebran su día este 7 de noviembre. Grandes maestros que resisten contra gritones y opinólogos. Información e historias bien contadas vs. chimentos.

Quizá el periodista deportivo más reconocido, Dante Panzeri, renegaba de la especialidad. Se consideraba periodista a secas, y el anexo de “deportivo” era –dice Sebastián Kohan Esquenazi, autor del documental y libro Buscando a Panzeri– para tener el “monopolio de la estupidez”. El periodista debe saber de todo, recomiendan algunas escuelas. Lo que, en definitiva, es saber de nada. Visto así, una especialidad no viene para nada mal. Dante también decía que “al periodista le cabe la obligación de pensar” y de “enseñar a pensar”.

El periodismo deportivo, ultrafutbolizado, es un blanco fácil a la hora de apuntar a las malas prácticas de la profesión. Prevalencia de chimentos, operaciones y de «me dicen que…» por sobre la información fiable. Buena parodia la de Fútbol o Muerte, del programa de radio-streaming Vuelta y media (Urbana Play) o los Cuatro gordos hablando de fútbol, de Peter Capusotto.

¿Pero acaso esas no son, también, características del periodismo a secas? ¿No fallan, inventan u operan comunicadores de supuesto prestigio, líderes de opinión? Y una información errónea u opereta por un refuerzo en el verano, además, no hace el daño de un mal pronóstico económico.

Desde otras secciones de un medio local, me cuentan unos colegas de Deportes, los llamaban despectivamente “fulbipibes”. Ponerle cabeza a la pelota no es lo mismo que tener la cabeza hecha pelota. También desde el periodismo deportivo se puede pensar lo económico, lo social, lo político, lo cultural. Lo hizo muy bien –entre otros– Osvaldo Soriano, un defensor de la profesión.

Mucho ruido

Sobre todo en medios hegemónicos, el periodismo deportivo se ejerce a los gritos. Sin renegar de las discusiones en tonos elevados, las que prevalecen son las que aturden. Gritar no tanto para hacerse oír, sino más bien para silenciar al otro. No escucho y sigo, como dice la canción.

Los panelistas y gritones de la tele y del streaming cuentan sus seguidores de a miles. La calidad del producto, medida con rating y likes. Su agenda, justifican, es lo que pide “la gente”. En su gran libro Periodistas depordivos, Walter Vargas sostiene que esa excusa esconde “lo que le interesa al periodista perezoso”, a ese tirador de frases hechas, otra oda a la vagancia. Si los protagonistas del campo de juego dan respuestas de casete, ¿no será porque justamente las preguntas son de casete?

Minuto de silencio en vivo como burla a la Selección, promesas cumplidas en calzoncillos, puteadas entre colegas y hasta desafíos a batirse a duelo de puños. Una falta de sentido del ridículo, como diría Cherquis Bialo.

Las verdades y los razonamientos interesantes, en cambio, generalmente se dicen en voz baja. Y aunque no se viralicen tanto, siempre hay del otro lado algún mendigo de las buenas palabras. Truman Capote decía que las latas vacías hacen más ruido que las llenas, y que eso mismo ocurre con los cerebros. Volvamos a Panzeri: “Entre el cliente y la verdad seguimos optando por la verdad”. Eso, sostenía, es la mejor manera de defender al cliente.

Foto: Archivo RR

¿IAhora?

Hay detalles (pueden ser sensaciones, imágenes, una frase) más fuertes que los mejores datos. Que logran que un texto esquive el “destino terrible del periodismo, que es el olvido”, al decir del escritor y periodista Roberto Herrscher. Los números sin contexto son matemáticas.

Para escribir La guerra del fútbol (sobre el conflicto Honduras-El Salvador de 1969), el reconocido cronista polaco Ryszard Kapuscinski no eligió conferencias de prensa de ambos bandos, ni informaciones oficiales. Contó a un joven soldado hondureño recorriendo campos de batalla y quitándole las botas a soldados muertos para llevarlas a sus hijos descalzos. Una escena que se le escaparía a la más avanzada Inteligencia Artificial. 

Alicia Fernández, primera periodista deportiva mujer de Rosario, inició su carrera en la década del 60 en el extinto diario La Tribuna, cubriendo golf. Proveniente del mundo analógico, destaca los avances de la tecnología aplicada a la profesión. “Pero sin cultura, no hay periodismo”, aclara. Al periodismo deportivo lo ve como “vehículo de cultura”. De lo contrario –agrega– “nos convertimos en meros transmisores de fútbol o de deporte”. Suele insistir, en sus programas radiales o desde su rol de docente, que “el conocimiento es lo que nos diferencia”.

Los currículos (CV), sin embargo, premian a quienes escriben rápido. Las empresas de comunicación, salvo excepciones, exigen habilidades para redactar tantas notas por hora. La cantidad por sobre la calidad. 

El prólogo de El campeón ha vuelto, de J.R. Moehringer, es una buena clase de periodismo. El autor cuenta su disconformidad con el medio en el que trabajaba porque priorizaban las noticias de último momento. “Se esperaba que lo redactáramos todo de la misma manera: muy deprisa. Sin la menor profundidad, sin el más mínimo contexto. La rapidez reinaba y contar una historia era algo que quedaba para más tarde”.

Ezequiel Fernández Moores, columnista histórico del diario La Nación, revela que la mejor crónica que escribió fue sobre el misterioso ajedrecista Bobby Fischer. Una primicia mundial en 25 mil caracteres escritos a lápiz y en papel. “Las nuevas herramientas abren posibilidades pero siempre, primero, está la historia”.

En una ponencia en el Congreso de Colpin, Bogotá, en octubre de 2012, Fernández Moores ya alertaba sobre precarizaciones laborales habilitadas por las nuevas tecnologías: “Algunas empresas –decía– aprovechan para sacarse de encima a los que escriben noticias, no chimentos; a los que suelen leer más libros que Facebook; a los que proponen dudas en lugar de vender certezas”.

Pienso, luego escribo

Ariel Scher, periodista deportivo y escritor, recordó al relator Walter Saavedra –que murió el pasado 18 de septiembre– como un tipo “con la boca plena y el castellano entero para que el pueblo ejerza su derecho a que le cuenten buenas historias”. Agrega que con “la lengua encendida, siempre con los párpados enfocados en la humanidad, se ocupó de darles dignidad a las palabras”.

Para Walter Vargas el lenguaje “es algo más fecundo que una simple herramienta necesaria para comunicar”. Es –dice– “una indispensable condición del pensamiento”. Y “quien habla mal, raro sería que no pensara mal”. También alerta sobre la autorreferencia exagerada. “Pasamos a ser nosotros, los periodistas, un hecho periodístico”. 

Maestro de la crónica deportiva, Rodolfo Braceli contradijo los manuales: se metía como personaje en las entrevistas. Anduvo en auto con Fangio, peleó con Bonavena y Locche, “ayudó” a Borges a reescribir un poema, jugó un picado con el Beto Alonso, y más. “El personaje que yo supuestamente encarnaba en esos casos era el lector puesto en mi lugar”. Los genios hacen eso.

Alguna vez, el estadounidense Richard Ford confesó que es escritor porque no lo contrataron como cronista de deportes. Resultado de eso, escribió la novela El periodista deportivo.

Cierro con una escena de ese libro: Frank Bascombe, el protagonista, escucha al locutor de la radio hacer preguntas sobre deportes. Pese a ser especialista, falla en las respuestas. “En cierto modo, me alegra no saber todos esos datos”, se dice. “Pienso que el periodismo deportivo no es tanto una profesión real como un agradable estado de ánimo, es más una forma de enfocar las cosas que de hacer o saber exactamente”. Concluye que “una suposición razonable es una fuente de placer que me hace sentir como uno entre la multitud”, y no una computadora humana “que escupe estadísticas y reduce los deportes a un insípido sumario de datos”.

Publicado en el semanario El Eslabón del 01/11/25

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