Nos quedamos bien dormidos y tomados de la mano. Al despertar, me llené de ira y lloré sin consuelo, sin saber cómo continuar, aquella mañana de otoño. 

Nos conocimos en la biblioteca municipal. Carmen tenía veinte años y yo veintidós. Nos vimos y no pudimos dejar de mirarnos. Me senté en su mesa, hablamos unos minutos y nos fuimos a un bar. Nunca más nos separamos. Terminó su profesorado de matemáticas, yo el de historia, y nos casamos. Viajamos por el país todo lo que pudimos, hasta que llegó el primer hijo. Entre los dos, conseguimos llevar adelante la casa y nuestras vidas. Vino el segundo y, al final, sin tanto preámbulo, el tercero y, dijimos, suficiente. Cuando crecieron y se fueron, disfrutamos muchísimo nuestra soledad. Retomamos la lectura y el cine, y otra vez nos pusimos de novios, muy apasionados. Cada catorce de febrero salíamos a cenar y recordábamos nuestra historia de amor.

Hoy cumplo setenta y seis y, en tres cuartos de hora, la casa se llenará de hijos y de nietos. Eligió mi ropa, la acomodó sobre la silla, para que yo sea un hombre bien vestido, como a ella le gusta. Descubro, debajo de la almohada, una cajita azul, pequeña, atada con una cinta de seda. Cuando estoy a punto de desatarla, entra como un torbellino, envuelta en su bata rosa. Sin maquillaje todavía y, con los ruleros de tres colores en la cabeza, anunciando los bucles de su cabello castaño oscuro y cano, que pronto caerán en forma de cascada sobre sus blancos hombros de adolescente. Le clavo la mirada, me interpongo en su camino y levanta sus manos, como en la última defensa de sus senos. Empiezo a acariciarla y, ante esa tentativa mía, se ruboriza, hasta que consigue dirigir mis manos hacia su delgada cintura; y como en El beso de Francesco Hayez, me llena de lengua la boca y se aparta.

—Alejandro, van a llegar los chicos —me susurra, con esa timidez de la adolescencia que aún conserva.

—¿Y si suspendemos? —le propongo, con ese descaro que le gusta.

—¿Estás loco? —me responde, con brillo en los ojos, media sonrisa y expectante.

—Sí, de amor por ti, guapa —le digo al oído y le beso el cuello.

Y pasó como cuando me dio el primer sí. La recosté en la cama, nos agitamos y comencé a besarla entre las piernas, hasta que en medio de jadeos y meneos de su cadera, casi convulsivos, empezó a venirse y a hundir mi cara en su pelvis.

Carmen se sentó en una punta de la mesa y yo en la otra; de un costado los mayores y del otro los chicos; y todos lanzados a llenar la andorga, como contaba ella, que decía su abuela gitana de Andalucía. Al turno del pollo, pedí un aplauso para la cocinera, y los nietos saltaron de sus sillas y la llenaron de besos. Me miró con esa melancolía suya; como la definiera Víctor Hugo, “la felicidad de estar triste”; y otra vez quedé extasiado. Le cerré el ojo derecho y me devolvió otro guiño con el ojo izquierdo, pasando la punta de su lengua por el labio superior y cerca de la comisura. Y así, con ese flirteo, me advirtió sobre lo que me esperaba cuando quedáramos solos. Y ocurrió. En la mitad de la noche, nos desnudamos y nos hicimos el amor, no como antes; pero percibimos que la pasión que nos ató para siempre, todavía estaba y lo sentimos en cada centímetro de piel de nuestros cuerpos viejos, y eso, cincuenta y cuatro años después, no tiene nada que se le compare. 

Hoy cumplo setenta y siete. El festejo no es en la casa, porque está sucia y el jardín se muere un poco cada día. Yo estoy igual. Como escribió Mario Benedetti; “esta es mi casa, aquí sucedo, aquí me engaño inmensamente”. Suelo caminar por los cuartos, porque su olor está en todas partes, pero no quiero mirar las fotos, me gusta más pensar en ella. Y así, por momentos, creo que la veo en la cocina y, casi siempre, antes de dormirme, me parece escuchar su risa, pero no distingo de dónde viene. Nos veo, como si fuera una película en blanco y negro; cuando nos conocimos, el día que nos casamos y vimos la nieve por primera vez durante el viaje de bodas. Las fiestas de carnaval. El primer hijo, el primer nieto. Su sonrisa. Su mirada. Siempre están ahí. Todo lo hicimos de a dos, muy juntos y, ahora, las horas, los días, me parecen sin sentido. Sólo pensar en esa mujer, tiene color. Es insoportable la ausencia cuando el amor sigue ahí. 

Un día, Carmen me propuso visitar una residencia para personas mayores. “Algún día seremos más grandes y vamos a necesitar algo de ayuda”, me dijo. Tanto insistió, que al final la acompañé, aunque no me gustaba la idea. Tenía un jardín enorme y árboles muy altos; pero lo que más le atrajo fue la variedad de pájaros que había. Nos apuntamos en la lista de espera y ahora, como si aún siguiera ocupándose de mi vida, acabo de recibir un email que me avisa sobre la existencia de una vacancia. Lo leo una y otra vez, con dudas, cuando de repente, siento que toma mi mano y me susurra “múdate, amor… hazlo”.

Dejar la casa fue incomprensible. Fue como pasar de la libertad a la esclavitud. Así que, atrapado en este viaje no deseado; por las mañanas, trato de disfrutar el vuelo fascinante de algunos colibríes alrededor de los geranios. Y pienso, ahora que Carmen no está, tal vez, alguno de ellos pueda traerla para hacerme compañía, en esas tardes en que la soledad y la melancolía me aprietan muy fuerte el corazón y mis ojos se llenan de lágrimas tibias. Y cuando por fin me llegue la hora, quizás puedan decirme dónde buscarla.

Publicado en el semanario El Eslabón del 08/11/25

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