Las agresiones de Estados Unidos a Venezuela son el síntoma de su incapacidad de dirección como potencia económica. Las correlaciones de fuerzas, siempre cambiantes, dejan entrever una gran pulseada por sostener los espacios en donde aún su influencia se ejerza.
Hace pocos días se festejaron –por lo menos en los círculos latinoamericanos que aún conservan algo de aquello que se puede llamar soberanía, y que algunos aún llaman antiimperialismo– los 20 años del No al Alca (el Área de Libre Comercio de las Américas). Aquella gesta marcaba un rumbo aún reivindicado por los sectores progresistas de América Latina, aunque desde este país estemos subidos a otro tren hace algunos años. Ese rumbo era el de la integración regional, el de la soberanía económica y el del bienestar y la felicidad de nuestros pueblos. Claro que el proceso tuvo sus derivas, sus complicaciones enormes, pero la solidaridad americana que se reeditó allí contra el imperialismo estadounidense fue un intento, aun trunco, de segunda independencia.
La lógica del “garrote y la zanahoria” es ya de uso común para referirse a la dominación estadounidense, al menos sobre América. El término implica un juego de recompensas y castigos; o si se quiere, un proceso hegemónico: sobre la dominancia económico-militar de base se dan determinadas concesiones, aún ilusorias, aún perpetradoras de la desigualdad, pero que son alegremente aceptadas y hasta integradas al horizonte de lo deseado del dominado. No es gratis, sin embargo, rechazar esa zanahoria: el garrote está detrás de ella, esperando. Ya un diario mexicano en 2002 había referido al Alca –gestado por el presidente Clinton, luego revalorizado por Bush– como una “zanahoria envenenada”. Pero era, al fin y al cabo, una zanahoria.
Hoy, distintos medios se refieren a la política de Donald Trump como la del “garrote sin zanahoria”. Y no lo hacen sin razones: Trump no viene a proponer una nueva área económica, ni un supuesto Tratado logrado por ningún tipo de consenso. Más bien llama a frenar la influencia china y detener el avance de un supuesto comunismo que amenaza con vender mercancías muy baratas. No es este el artículo para discutir si la compra masiva a China, o el hecho de que sea ya el principal socio comercial de casi todos los países de América Latina implica un beneficio para los países de nuestra región o es la inauguración de una nueva dependencia. En todo caso, la pregunta está abierta y en gran parte dependerá de las condiciones, los beneficios y de saber qué hay detrás de las zanahorias, y qué tan envenenadas están.
Sin embargo, no se puede leer la violencia directa imperial sino como un síntoma de su propia decadencia. Sin capacidad política para generar consensos, y sin capacidad económica para competir en ese plano con China, Estados Unidos debe recurrir a su vieja estrategia de las armas para sostener su área de influencia más probable: América Latina.
Las acciones militares de EEUU en Venezuela son otro síntoma de debilidad. En la disputa mundial, Trump, que se presentó como el “Presidente de la paz”, no tuvo más opción que recurrir a la provocación directa para intentar sostener su único lugar de influencia posible: América Latina. Si corremos la mirada hacia África y Asia, están definitivamente bajo una órbita china. A Europa, por su parte, no se la ve tan contenta después del desastre que implicó la guerra en Ucrania. Una guerra cara, que aún no termina, y que no les dio casi beneficios: el gasoducto que llevaba combustible ruso barato a Alemania “voló” sin que nadie se hiciera cargo. Después, ese mismo país no tuvo más remedio que comprar más caro a Estados Unidos y así entrar a la vez en una complicación económica para su industria.
Pero en casa las cosas tampoco marchan bien: hasta ahora, la ofensiva militar se ha chocado con el apoyo muy claro a Venezuela por parte de Colombia, histórico socio de Estados Unidos devenido en amenaza para su hegemonía ya quebrada en el continente. El presidente Gustavo Petro –estigmatizado por la comunidad internacional por su posición propalestina– profirió una frase enigmática ante el ataque de EEUU a lanchas en el Caribe por acusarlas de narcotraficantes: “Dice la leyenda, el jaguar va a despertar si el águila dorada se atreve a atacar el cóndor”. “No despierten al jaguar”, insistió el mandatario, y añadió: “Yo le diría a (el secretario de Estado estadounidense, Marco) Rubio, y a Trump, «cuidado, están atravesando el Caribe de los libertadores, se están metiendo con la patria de Bolívar»”. El enigma se desviste: la provocación de Trump tuvo respuestas.
Por su parte, Brasil ofreció mediar entre EEUU y Venezuela para bajar la tensión. Será importante estar atentos a qué rol tomará ese gigante sudamericano si el conflicto escala. El canciller ruso, Lavrov, también tomó posición firme: calificó de “inaceptable” la escalada militar de EEUU contra Venezuela (que trata en detalle la nota de Pablo Bilsky que abre esta edición). Mientras ambos países acordaron cooperar ante una posible escalada, hay brumas sobre si esta cooperación es “técnica”, si es calificable de “ayuda militar”, y demás detalles. Zajárova, portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso, señaló hace unos días: “Renovamos nuestro apoyo al liderazgo venezolano en la defensa de la soberanía nacional. Rusia muestra su constante solidaridad con Venezuela y está dispuesta a atender de manera apropiada las peticiones de Caracas”. Peticiones que, según aseguró Lavrov, no involucran “ayuda militar”.
China es otro actor importante, cuya acción destaca por su ausencia. Aunque, vale la aclaración, el gigante asiático no se suele involucrar –al menos directamente– en los conflictos de este tipo.
Todo esto significa que la calidad de “árbitro del mundo” que durante un breve tiempo supo tener Estados Unidos, ya hace rato que no es tal. Pero sus consecuencias aún se están desenvolviendo y sería un error dar por muerto al país del norte. La pulseada por América Latina es particularmente importante, y tendrá consecuencias enormes para la política interna de cada país, como ya se vio acá: el presidente de Estados Unidos opinando sobre una elección y luego desembolsando millones “en recompensa” por haberla ganado.
Argentina aún no emitió opinión al respecto del conflicto latente con Venezuela, que ya cuenta muertos en las lanchas atacadas del Caribe, aunque varios analistas señalan la preocupación de que el país se vea involucrado en el conflicto. Sobre todo teniendo en cuenta las actitudes erráticas en materia internacional.
Sin embargo, Argentina tampoco tiene el camino decidido. Aún más allá de una virtual alineación bélica –lo cual sería desastroso–, hay una contradicción difícil de solventar. Su principal socio comercial es China, lo sigue Brasil y tercero recién aparece Estados Unidos. Se suele decir que la ideología no determina las relaciones internacionales, y algo de eso es verdad para estos momentos de tensión y reconfiguración.
Cabe preguntarse qué tan posible es una alineación total con Estados Unidos, si éste no tiene ninguna ficha que jugar. Al fin y al cabo, de garrotazos no se come. Y cuando la fantasía se sustenta en una contradicción irremediable, realizarla en su completitud no puede sino derribarla por su propio peso. En el medio, están los pueblos.
Publicado en el semanario El Eslabón del 15/11/25
Nota relacionada
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.