El reconocido autor de Las tumbas lanzó ¡Torito!, la vida novelada del boxeador e ídolo popular Justo Suárez: laburante desde niño, familia numerosísima, gloria, caída y muerte temprana. La buena literatura, dice el escritor, “es la de los perdedores”.
Rosalía se sienta a la mesa, despliega cajas llenas de fotos de su hermano Justo Suárez y arranca a contar: “Éramos tantos que la vez que nos llevaron al zoológico tuvimos entrada preferencial; creyeron que éramos alumnos de un colegio”. Decimoquinto de veinticuatro hermanos, Justo Antonio fue El Torito de Mataderos. “Aquello, más que una familia era una manifestación popular”, dice su hermana, la voz que atraviesa ¡Torito!, el nuevo libro de Enrique Medina.
El recuerdo de su padre, al que no conoció pero extraña, el tango que le prometió Troilo y aún espera, la crítica de Frascara en El Gráfico por “envidia” y el recuerdo de boxeadores que luchan contra el olvido, en este mano a mano de Medina con El Eslabón.
En el nombre del padre
En 1991 Enrique Medina lanzó el libro Gatica. El boxeador de Evita y Perón, y no uno sobre Justo Suárez, como era la idea original. En aquella dedicatoria recuerda a su padre boxeador, sordo a golpes con 24 años: “Nunca lamenté su ausencia”. Dice que en aquel momento hasta pensó en escribirlo desde el punto de vista de don Jacinto Medina, pero “un conflicto con su memoria” no se lo permitió. Y por eso eligió, de acuerdo con la editorial, novelar la vida del Mono José María Gatica, o el Tigre, como prefería él (“¡Mono las pelotas!”).
Lo conoció en una exhibición que hizo en el reformatorio por el que pasó Enrique de pibe, y que muy bien relata en su gran obra con dejos autobiográficos Las tumbas, prohibida en dictadura. “La pelea fue una payasada, pero después vino, nos saludó a todos, nos dio un coscorrón en la cabeza”, recuerda. Otra vez se lo cruzó en la puerta del bar de Alfredo Prada, un histórico rival arriba del ring que luego le ofreció laburo como llamador de clientes. “Pero de Gatica estaba absolutamente despegado”.

Sin embargo, sí hay una historia que lo une al Torito. Es la anécdota que solía repetirle su mamá: “Mirá que tu papá le empató una pelea a Justo Suárez”. Era su trofeo. “Lo que no me decía”, reconoce ahora, “era que fue cuando Justo Suárez ya estaba acabado”.
Por temor a meterse demasiado con Jacinto, a su nueva novela la narra desde el punto de vista de Rosalía, hermana de Justo. “A Gatica lo hice una especie de Wikipedia novelado. A este lo quería narrar diferente. Como escritor uno tiene el desafío de salir de lo trillado. Y la hermana me permitía hacer una narración ágil, fluida”.
También escribió con voz de mujer las novelas El secreto, El trapo en la boca, Buscando a Madonna, “entonces no me resultó tan complicado”. Y admite: “Lo de Rosalía, en verdad, es como cuando te dejan la pelota picando. Sólo tenía que empujarla. Porque estaba cantado que tenía que ser ella”.
De todas maneras, piensa que en ¡Torito! “de algún modo me reencontré con mi papá”. En la dedicatoria se pregunta: “¿Cómo puede ser que te extrañe tanto si no te conocí?”.
Torito al suelo
“Frente a la vida ha tenido que improvisarlo todo”, se lee en una crónica periodística sobre Justo, autor del lema “muñeco al suelo”, luego convertido en tango. Fue canillita a los 5, mucanguero a los 9, laburó en un frigorífico a los 14. Mientras cargaba medias reses de 70 kilos comenzaba su carrera como boxeador amateur hasta los 17, cuando se hizo profesional. “Ídolo y campeón nacional a los 21, en bancarrota y enfermo de tuberculosis a los 27, cadáver a los 29”, sigue la línea de tiempo Diego Morilla, periodista experto en boxeo, autor del prólogo, y quien “entusiasmó” a Enrique a escribir el libro. “Suárez y Medina, sin saberlo, se merecían mutuamente”, afirma.
Del reformatorio sacó su gusto por el deporte de los puños. Después vino la lectura y la escritura. En la entrevista con este medio echa mano a un dicho norteamericano que dice que “entre la verdad y la leyenda, Hollywood siempre se queda con la leyenda”. Y es lo que buscó replicar en esta historia: “La leyenda es aquello que el público le va agregando a un personaje que es muy representativo de una determinada época. Y muchas no existieron. Traté de respetar los recuerdos generales que se tienen sobre Justo Suárez”.
En la voz de su protagonista, Medina nos remarca que las fechas no importan tanto, que «no sirven para nada», que «lo importante es el hecho». Pero las hay. “Es una libertad que me tomo porque de algún modo es un guiño al lector que le interesa ese dato preciso. Es cierta culpa por no hacer la novela de modo cronológico”, confiesa.
Rosalía es en esta historia una persona mayor, sola, “medio tarambana”, que lucha contra el desorden de su memoria mientras se le hierve la pava u olvida otros menesteres similares. “Vivir sin nadie es ir acostumbrándose a la muerte”, se dice. El objetivo de su relato es conservar la memoria de su hermano boxeador. “No es triste morir, triste es no dejar recuerdos”.

Medina sostiene que “este estilo novelístico me da la posibilidad de que a la vez que contás la historia de Justo Suárez, también está la historia de ella. Lo dice al principio: «Cuando estoy narrando a mi hermano, de algún modo me estoy narrando a mí misma». Ella tiene su historia. Traté de que los personajes no sean citados como eventuales compañeros de ruta, sino que existieran”. Tales los casos de su hermano Gregorio, boxeador antes que Justo; Pilar, la esposa; Pepe Lectoure, promotor que luego fundó el Luna Park. “Ellos también existen como personajes”, subraya.
Después de poner el punto final y de releer el libro, notó un pequeño homenaje a Luis Ángel Firpo. “Sin proponérmelo, creo que es casi el padre de la novela”. El Toro salvaje de las pampas está en el inicio (era el ídolo del Torito y de él toma su apodo) y en el final.
“También quise mostrar, no sé si lo logré, el glorioso fracaso argentino”, señala, y agrega: “Mucho tiempo tuvimos que conformarnos, antes de Monzón, con ser campeones morales. Cuando se dan el abrazo los dos (Firpo y Suárez), son dos fracasados. Y son grandes figuras. Hay una relación del público con los ídolos en la que casi que se busca ese tipo de fracaso, de los que están abajo. Eso es la literatura, la de los perdedores. Los perdedores se transforman en ganadores espirituales. La idea era esa”.
Porque como escribe Enrique Medina en la voz de uno de los entrenadores de Suárez, “la vida no es otra cosa que una suma de rounds”. Por eso agrega que “todos somos boxeadores en esta vida”.
El tango y el boxeo te esperan
Pañuelo al cuello, ojos claros bien abiertos y sus 89 años bien disimulados, Enrique Medina exhibe sus dientes cuando ríe. Y lo hace al revelar que Aníbal Troilo le prometió –cuando “yo era cameraman de programas de mucho rating”– unos versos. “Un día me dijo «pibe, quedate tranquilo que te voy a hacer un tanguito». Y todavía lo estoy esperando”.
Lo que no le causó gracia en su momento fue la crítica “no muy favorable” de su amigo Félix Daniel Frascara, pluma emblema de El Gráfico, a su libro de José María Gatica. En cambio, años después y café de por medio, Frascarita le comentó que sí le había gustado. “Le pregunté por qué no escribió eso en la nota. Y me confesó que lo había hecho por envidia, porque decía que él tenía que haberlo escrito, ya que lo conocía mucho”. Y vuelve la risa.

Lamenta la falta de reconocimiento a Firpo y a otros boxeadores menos conocidos como César Brión o Mario Díaz y Kid Cachetada, “que trajeron a Buenos Aires la escuela mendocina”. Sin embargo, reprocha entre risas, “Colapinto tiene fama como si hubiera ganado cinco carreras y el tipo todavía no arrancó. Una cosa extraña”.
Entre las plataformas virtuales y el espacio casi nulo que tiene el boxeo en la tele, confiesa que se le escapan hasta las mejores peleas. “Estoy desactualizado pero no porque el deporte desapareció, sino quizá porque no me supe adaptar a la falta de Combate Space”, el programa que conducía Juan Larena. “Fue de los mejores programas de boxeo que vi en mi vida”.
Para explicar el encuentro entre el pugilismo (más que otros deportes) y la literatura, Medina acude a la conocida frase de Bonavena de que “todos te aplauden, te apoyan, pero cuando suena la campana te quitan hasta el banquito y uno se queda solo”. En cambio, “el fútbol, por ejemplo, es un juego de varios, un juego compartido”.
En la escena del libro en la que Justo Suárez pierde contra el rival de turno y con la enfermedad que se agrava, le cuenta a su hermana: “Cuando caí en la lona sin hallar fuerzas para levantarme, me di cuenta de que el peor invento del hombre era el reloj”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 15/11/25
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