Una reflexión sobre cómo a través décadas se construyó un imaginario social que naturaliza la desigualdad y el individualismo y sienta las bases de la violencia social actual.
Una serie de preceptos se instalaron en los últimos 40 años, con diferentes artilugios, en distintos formatos, con diferentes narrativas, condicionando la percepción y el imaginario social. Podemos retroceder un poco más. Si volviéramos a comienzos de nuestra historia, a principios del siglo XIX, también encontraríamos dispositivos tendientes a justificar la desigualdad social, la apropiación desigual de la riqueza, e incluso la justificación de la esclavitud. La iglesia, las instituciones hechas para la participación de las familias patricias, el arte, las actividades tradicionales y culturales dirigidas a una selecta minoría. El primer grito de libertad en realidad no transformó demasiado la realidad de los pobres, hubo una continuidad en la vida de las personas, sólo que los ricos argentinos se quedaron con lo que se llevaban en los barcos hacia Europa.
Las características específicas que tiene el neoliberalismo, y más aún en países latinoamericanos, se basa en el miedo al caos. La inseguridad que provoca la posibilidad de una situación de anarquía es la excusa para justificar el disciplinamiento a través de la represión, la pérdida de derechos, la judicialización de la protesta. A nivel gubernamental se transforma a la política como el arte de la gestión.
Esta matriz tiene como prioridades: la privatización de los bienes del Estado, la especulación financiera como reemplazo de la industria, la deuda externa como mecanismo de condicionamiento de las políticas públicas. El extractivismo, la utilización de los recursos naturales de los países dependientes, la amenaza permanente de invasión o guerra por parte de las grandes potencias configuran un escenario mundial en el que la violencia y la injusticia son los valores que rigen el intercambio.
La fábrica de héroes y enemigos
Esta realidad histórica de dominación se puede analizar como capas geológicas en las que se fueron construyendo en cada tiempo dispositivos tecnológicos, narrativos, jurídicos, militares, culturales, económicos, cuyo objetivo fue producir la naturalización de la desigualdad social, la culpabilización de las víctimas, la justificación del genocidio, la destrucción del ambiente, de la naturaleza.
En los años 60, Hollywood instaló la idea de que existe el bien y el mal. En esa distinción pone del lado de lo bueno y lo deseable los valores occidentales, el progreso y la democracia; y del lado de los malos a los mexicanos, a los pueblos originarios, justificando el genocidio y el expansionismo que dio lugar a la definición del territorio estadounidense.
En los 70 los malos eran los vietnamitas. Las películas bélicas más realistas mostraban las miserias de las tropas yanquis, las drogas que les daban, las violaciones a todos los derechos humanos. Instalar la crueldad como modo de aceptación del ejercicio de poder. Todavía en esa época aparecía el equipo. Si bien había un protagonista, el héroe era colectivo.
En los 80 aparece Rambo, el hombre solo contra todo. Vamos individualizando al tipo capaz de enfrentarse a un ejército. El relato es poco creíble, pero aún así impacta. Los músculos, la ametralladora, las explosiones crean un clima adrenalínico. Rambo está un poco loco, los héroes de esa década conservaban esa dosis de locura. Rocky, Cobra o Van Damme en El gran dragón blanco. El enemigo siempre es oriental.
Un enemigo cruel, con el que se justifican todos los maltratos, porque son malísimos. Se los puede torturar, violar a sus mujeres, una larga lista de atrocidades que se justifican como dispositivo de poder. Si te metes con USA, recibirás las peores desgracias. En nuestra televisión abierta proliferaban los programas de humor y entretenimiento. Los uruguayos de Hiperhumor, Gasalla, Las mil y una de Sapag, Calabromas, No toca botón, el Gordo Porcel y los programas de juegos con Berugo Carámbula, con Héctor Larrea, Feliz domingo. Cubrían la tarde y el horario central junto a series hollywoodenses como Magnum, Brigada A, o Mc Gyver.
Entretenimiento, consumo y status
Todos héroes sin familia, veteranos de guerra que sabían hacer de todo, casi genios. Nadie con responsabilidades laborales, ni quilombos de sueldos, sino dedicados a construir estrategias de guerra, hipótesis de conflicto. ¿Qué se legitima con esto? Por un lado, la eliminación de quien se considere enemigo. Por otro, que la estrategia para vivir no tiene que ver con el trabajo, como si no tuviéramos que pasar 8 horas en el laburo. Por el otro, el amor es algo volátil, asociado al enamoramiento, no a la familia. Estas series mostraban personajes que no se parecían en nada al 90 por ciento de las familias.
Recordemos además que en esas décadas de los 60, 70 y 80, las personas iban al cine y la televisión funcionaba desde el mediodía hasta la medianoche. Una tele local de entretenimiento y de series yanquis. Un cine mayoritariamente hollywoodense en el que eran exaltados los valores del sueño de vida americano, miles de productos que tenían por objeto definir un estatus social. Rolex, Nike, Mercedes Benz, Mc Donald fueron mucho más que marcas, eran la puerta de entrada a una sociedad de consumo que en sus albores no tenían tanto efecto en las capas más pobres, pero que les permitía a las clases medias diferenciarse del pueblo.
Creer que esa sociedad no es la actual es un error. El poder real, que siempre tuvo conciencia clara de disputar el imaginario social, fue ajustando a lo largo de las décadas diferentes estereotipos, incluyendo nuevos valores y descartando otros, en función de los objetivos culturales que se fueron proponiendo. A lo largo de los años, fueron ajustando la articulación entre productos generadores de estatus, nuevas tecnologías, capital simbólico, estrategias de consumo. Las modas tuvieron una importancia muy grande para instalar ideas. Se utilizaron no sólo para vender, sino para convencernos de las bondades de las sociedades de consumo en las que nos encontramos inmersos, casi ahogados.
Como veremos en próximas entregas de esta columna, sobre las décadas subsiguientes hasta la actualidad, las nuevas tecnologías ya no apuntan al convencimiento sino al deseo mismo, al inconsciente, a lo emocional. Por lo pronto, creo que es importante reflexionar sobre las bases que nos dejaron los medios en esos años para entender la violencia social en la que nos encontramos hoy. La fragmentación, el individualismo y la competencia forman parte esencial de la bajada de línea, sobre todo en cine y televisión, en esos tiempos. Tratar de comprender lo que nos pasa socialmente es el primer paso para desenchufarnos de la industria productora de sueños más grande que existe.
Publicado en el semanario El Eslabón del 22/11/25
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