Yo no sé, no… Graciela, esa tarde, se había ido hasta la carpa de los gitanos. Los que estaban por Vera Mujica y Centeno. Y que sería la última vez que estarían ahí porque iban a abrir las calles y ya no regresarían. Graciela se hizo leer la mano con una gitana buena para esos asuntos. La gitana le dijo que pronto iba a regresar la habilidad que tenía para bloquear todas las pelotas jugando al voley. Graciela era la jugadora que todos queríamos en el equipo. Cada vez que improvisábamos un partidito, bloqueaba como la más experta.
Isabel decía: “Yo quisiera que me regrese la habilidad de las volteretas y las medias lunas que daba en la placita”. Esas volteretas que daba cerca del mástil nos dejaban sorprendidos. Ese otro año, Isabel se había caído, se astilló el codo y le tenía miedo a las volteretas. Quería saber cuándo se le iba a ir ese miedo y cuándo regresaría esa habilidad que tenía como las mejores atletas.
Carlos quería que vuelvan a cantar los Beatles. Oírlos nuevamente a todos juntos. Decía: “Ya sé que en la línea de mi mano no va a aparecer la fecha del regreso, pero palpito que van a regresar”.
Raúl deseaba que regrese el arroz. Y decía: “¿Ven esta línea de la mano? Para mí que es un arroyo. Cada vez la veo un poco más larga. Para mi, en cualquier momento regresa el balneario Los Ángeles”, clausurado y alambrado por aquel entonces. Igual nosotros nos metíamos medio clandestinamente. Pero estaría bueno que limpien el arroyo y vuelva a ser el balneario que alguna vez fue. “La línea va por ese lado”, decía. “Va a regresar el arroyo limpio que supimos disfrutar”.
Mientras tanto, Mónica quería que la gitana le aclarara si en su mano aparecía el regreso de los suecos como calzado, o si ella se casaría con un sueco. Había tenido un sueño confuso y quería saber qué regresaba y qué venía nuevo. Si regresaban los suecos o si iba a tener, por lo menos, un novio sueco.
La Laura se miraba las manos y decía: “Yo quisiera saber si me va a regresar el pulso que tenía aquella vez que ustedes me invitaron a jugar al billar, e hice veinte mil carambolas seguidas en el bar del Toti”. A los meses perdió el pulso. No sabía si fue por ese billar, el bar que al poco tiempo no estuvo más. Quería saber si el pulso magnífico se había ido con ese taco y ese paño o si estaba latente y regresaría.
Pií, que había perdido dos dientes, quería saber si iba a volver a silbar como antes, si le regresaría ese silbido que imitaba al canto de un cardenal que siempre aparecía cuando él silbaba. Desde que perdió los dientes, el silbido no salía tan bien. Quería saber si algún día regresaría.
El Huguito iba a ir a lo de la gitana para saber si volvería a tener el punti, ese acerito que embocaba siempre jugando a la bolita. “Capaz que regresa”, decía. “Todas las mañanas me toco el bolsillo del pantalón porque cada dos por tres sueño que lo tengo de regreso. Capaz que la gitana sabe algo.
Tiguín fue a lo de la gitana, y la gitana le dijo que iba a volver a jugar al fútbol, que su regreso a las canchas iba a ser muy bueno. Un día regresó, en la canchita del Rincón, en la de Yapeyú, con una puntería: todos los tiros contra el palo. Lo festejaba. Le gustaba poco el fútbol, pero se ve que apuntaba bien a los palos. Para él fue suficiente, la gitana tenía razón: volvió con la puntería intacta.
Pedro pensaba en la sonrisa de su padrino, que estaba contento esos días. Le preguntó: “¿Por qué estás tan contento?”. “Pronto va a estar de regreso”. “¿Quién?”. “El General”. No dijo más. Pedro pensó que capaz el padrino también se hizo leer la mano.
Manuel iba a tomar coraje e ir a la carpa de la gitana para reconciliarse. Una vez se peleó y después se le murió el loro. Quería saber si amigándose iba a poder tener de regreso un loro parecido. Él enseguida les enseñaba cosas, pero desde aquella pelea se traumó y no quiso tener más loro. Buscaba saber si podía regresar esa compañía del animalito.
La pequeña Susi sintió en la propaganda que regresaba el Superagente 86. “Ojalá que regrese para fin de año del año que viene. Yo voy a estar más alta, así me parezco más a la agente 99”. Susi quería pegar el estirón.
El sábado, como a las 7.30 de la tarde, regresó la luz que se había cortado por un viento fuerte que no pasó a tormenta. Le metimos pata para cambiarnos porque íbamos a ir al Pino. Ricardito, mientras se preparaba, agarró unos billetes y se los puso entre las medias, para los bizcochos “de regreso”. Por algún lado sonaba Trocha Angosta que cantaba: “La lluvia en el cristal golpea sin cesar, y tú estás tan lejos…”
Encaramos. Seguro tendríamos el regreso. A la mañana ya estaba amaneciendo y los gitanos no estaban más. Juancalito dijo: “El regreso es seguir adelante. El regreso está adelante”.
Publicado en el semanario El Eslabón del 22/11/25
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