El pentecostalismo no es una novedad en la historia latinoamericana, no constituye un bloque unívoco, ni deja de ser un campo de disputa. Es una religiosidad que va cobrando más adeptos y que genera a la vez más preguntas.

Hace ya varios años que no está en duda el crecimiento del evangelismo pentecostal, en sus diversas variantes, y no sólo en América Latina ni Argentina. Ingeniería social, movimiento financiado por la CIA en respuesta a la teología de la liberación, o fenómeno radicalmente popular ¿Cómo entender este fenómeno en su magnitud y a la luz de estudios de orden antropológico –es decir, que ponen de relieve prácticas que estructuran el cotidiano– se hace tan necesario como no hacer la vista gorda –o ver pero inocentemente– las articulaciones políticas de sus pastores? 

Según un estudio realizado por el Conicet en 2019 sobre las “creencias y actitudes religiosas” en Argentina, el 15,3 por ciento de la población ya se definía como evangelista. “En ese sentido, se registra un decrecimiento del catolicismo, un incremento en las adhesiones evangélicas y del segmento que se reconoce sin filiación religiosa”, señalaba el artículo.

Estos son datos que empiezan a desglosar algunas correlaciones interesantes: a más estudios, menos afiliación religiosa en general, y a menos estudios, mayor porcentaje de evangelistas. 

En la categoría “Sin estudios” la población que se define evangelista llega al 26,2 por ciento; los católicos 63,8; los sin filiación religiosa al 7. 

A medida que se registran mayores estudios (primario completo, secundario, terciario y universitario), la población católica se mantiene relativamente constante, con una muy leve baja, mientras que los evangelistas llegan al 8,7 por ciento en el ámbito universitario, y los que no tienen filiación religiosa al 27,2.

Diferenciando por edad hay tendencias que parecen similares: los más jóvenes (la categoría 18-29 años) presenta un crecimiento clarísimo tanto del evangelismo como de la no filiación religiosa, mientras que el catolicismo se ve sobre todo a mayor edad. 

Y como último factor que presenta gran diversidad, está el residencial. Y aquí la cantidad de evangelistas se ve sobre todo en la Patagonia (24,4%), en el NEA (Noroeste Argentino, 23,1%), seguidos por el NOA (Norte Argentino, 16,7%), y de cerca el AMBA (15%), Cuyo (14,5%) y el Centro (11,3%).

Comparando los datos también producidos por el Conicet en 2008, se puede observar que “en una década el catolicismo retrocedió 13,6 puntos porcentuales, lo que se tradujo en el crecimiento de los sin filiación religiosa y los evangélicos, indicador del continuo proceso de pluralización del campo religioso. Los sin filiación religiosa crecieron en un 67,3 por ciento en el mismo período (del 11,3 al 18,9%), mientras que el engrosamiento de los evangélicos correspondió al 70 por ciento en una década (del 9 al 15,3%)”.

Si bien no hay datos oficiales y contundentes claros posteriores al relevamiento del Conicet, en los últimos años nada indica que esta tendencia se haya revertido. Según un informe periodístico de 2023, el 20 por ciento de los rosarinos consultados dijo que era evangelista.

Experiencia, cotidiano y tradición

Para distintos autores, el éxito del evangelismo se debe no a las crisis socioeconómicas eventuales. Pablo Semán, antropólogo e investigador de larga trayectoria en materia de religiones –autor del libro Vivir la fe. (2021)– señaló en una entrevista a Infobae: “Los evangélicos crecen en todo tiempo y momento en toda América Latina, en Asia y en África. En Corea del Sur se expandieron muchísimo en décadas de expansión económica”. 

“Lo impresionante de los grupos evangélicos –continúa Semán es que crecen en muchas circunstancias porque adaptan permanentemente su prédica a una lectura minuto a minuto de la sociedad, porque, por ejemplo, en vez de acotar el ejercicio de exorcismos, como hacen o hicieron los católicos, los promueven. Como dice José Casanova, un gran sociólogo de la religión, «donde hay espíritus hay evangélicos». Además crecen por fisión: un creyente se distancia de su pastor y no deja de ser evangélico necesariamente. Se va, abre su iglesia, busca nuevas almas. En esa dinámica en que quedan dos iglesias rotas también quedan más personas evangélicas”. 

“Una parte de la sociedad vive bajo la idea de que junto a todas las cosas que te determinan también está lo sagrado. A partir de ese elemento surge una forma específica de tonalizar todo tipo de experiencias religiosas: esto permite entender el modo en que el contingente evangélico crece a expensas del católico, porque da cuenta mejor de las expectativas de intervención de lo sagrado”, señala Semán en la entrevista.

En el evangelismo, lo sagrado, el milagro, aparecería en la vida cotidiana, como una intervención divina constante y activa. Por otra parte, el antropólogo insiste en que entre el catolicismo y el evangelismo hay una relación más de continuidad que de discontinuidad, y que esa relación con lo sagrado, si bien cobra otras formas en el catolicismo, ni está ausente ni son absolutamente radicales; es esa convergencia la que permite sensibilidades compartidas y préstamos de un credo al otro. 

Alejandro Frigerio, también antropólogo e investigador del Conicet, pone el énfasis en la presencia de lo sagrado en el pentecostalismo. 

En un artículo de la revista Nueva Sociedad señala que este tiene, “más allá de sus diversidades, un patrón doctrinario y práctico común resumido en la afirmación «Jesús sana, salva, santifica y vuelve como rey». Jesús sana el cuerpo, salva el alma, y acerca a Dios a través de una experiencia de encuentro personal con él”. 

Y afirma: “Lo principal para un pentecostal es la continua acción sanadora y salvífica de Jesús en distintos momentos de su vida personal. Esta interpretación de los hechos de la vida en clave de permanente intervención divina diferencia a pentecostales y evangélicos de otros grupos cristianos; para ellos, la posibilidad del milagro no es excepcional sino cotidiana, aun en instancias que otros grupos religiosos considerarían banales”.

Este lugar cotidiano del encuentro con lo sagrado, además, adquiere un engarce particular en nuestro continente. “Aun cuando el pentecostalismo nace en EEUU, la forma pentecostal de concebir y relacionarse con el mundo espiritual está muy cerca de la religiosidad popular latinoamericana. La posibilidad de la intervención divina en la vida cotidiana de las personas, la comunicación directa con la divinidad tanto durante los rituales como fuera de estos y la importancia de lo emotivo en esta comunicación son todos elementos presentes en la religiosidad popular que usualmente no son enfatizados –ni aprobados– por la jerarquía de la iglesia católica. En las iglesias pentecostales, por el contrario, esta forma de relacionarse con lo divino es potenciada y esto le imprime algunas modificaciones y ajustes al ideario propio”, insiste Frigerio.

“Más que fruto de la ignorancia religiosa de los sectores populares –como sostienen las jerarquías religiosas– o de la «crisis socioeconómica», como se afirma desde algunos sectores ilustrados seculares, estas prácticas expresan supuestos culturales extendidos en vastos sectores de las sociedades latinoamericanas. La posibilidad de recurrir a la ayuda espiritual de distinto tipo es una de las varias estrategias de resolución de problemas presentes en ámbitos populares, que puede aumentar durante épocas de crisis, pero que ciertamente no surge a partir de estas”, sentencia el investigador del Conicet.

Política, dinero y poder

A pesar de todas las porosidades del orden de lo cotidiano, hay trazos gruesos en las decisiones de grandes grupos de pastores pentecostales cuya omisión resultaría problemática. 

La revista Encartes, de México, le dedicó un volumen al problema en el 2020. Bajo el título “El pueblo evangélico: Construcción hegemónica, disputas minoritarias y reacción conservadora”, los diversos artículos versan sobre casos como los de Brasil, México, a la vez que intentan incursiones más acotadas en el análisis del caso latinoamericano en un sentido general. El énfasis está en dar cuenta de las disputas internas sobre el sentido de lo evangélico y su futuro como acción política, mostrando un campo donde, si bien se ve claramente la tendencia hacia el apoyo de proyectos políticos conservadores y derechistas, eso no es una realidad unívoca hacia adentro de las iglesias y organizaciones evangelistas. 

Por otro lado, autores como Vijay Prashad, historiador y periodista indio, y actual director del Instituto Tricontinental de Investigación Social, interpreta el ascenso del pentecostalismo como un proceso que va de la mano con el ataque a la teología de la liberación planificado por los Estados Unidos bajo la presidencia de Nixon, en los años 70. 

En su libro Washington Bullets: A history of the CIA, Coups, and Assassinations (Balas de Washington: una historia de la CIA, los golpes militares y los asesinatos), luego de describir el proceso por el cual se asesinó, persiguió y excomulgó a toda una serie de curas vinculados a los movimiento emancipadores de América Latina –realizado con connivencia de la institución eclesiástica, y participación directa de cardenales y obispos, según Prashad–, señala que muchos católicos empezarían a acercarse a iglesias evangélicas, “muchas de ellas financiadas por los proyectos evangélicos de Estados Unidos, como el Pat Roberton’s Christian Broadcasting Network”. 

Asimismo, apunta que, cuando Pinochet subió al poder, 32 líderes de iglesias pentecostales le dieron la bienvenida y lo tomaron como la respuesta a las oraciones de los creyentes que reconocían que el marxismo era la expresión del oscuro poder satánico. 

Stephen D. Morrison, teólogo, cita estos fragmentos de Prashad en su blog y comenta: “La alianza entre evangélicos y fascistas en América Latina continúa hoy su ascenso. Aquellos sorprendidos por el fuerte apoyo de los evangelistas hacia Trump tendrían que considerar que este fenómeno está en las raíces del evangelismo mismo. En otras palabras, no es un error o una contingencia que las tendencias fascistas hayan nacido adentro del evangelismo, sino que es algo inherente a él. El evangelismo estadounidense coqueteó con el fascismo desde el principio” (la traducción es propia). 

Por su parte, en un artículo firmado por Miguel Ángel Mansilla, Luis Orellana y Wilson Muñoz, los primeros dos de la Universidad Arturo Prat de Chile y el tercero de la Universidade Autonoma de Barcelona, se discute el problema del apoyo del pentecostalismo a la dictadura chilena. 

Según estos autores, los pastores que brindaron su apoyo eran una minoría en relación al universo pentecostal chileno, aunque tuvieran mucha visibilidad; eran los que estaban reunidos en la Corporación Nacional para la Reconstrucción (Conar). 

“Las iglesias que no apoyaron al gobierno militar estaban reunidas en torno a la Asociación de Iglesias Evangélicas de Chile (AIECH), la cual representaba al 60 por ciento de las iglesias evangélicas. Por otro lado, si bien la mayoría de los líderes que brindaron su apoyo al gobierno militar eran pentecostales (28 líderes de varios centenares), eran minoría en relación al universo de denominaciones pentecostales chilenas: para el año 1974 había unas 300 denominaciones evangélicas”. 

Por otro lado, insisten en que es un reduccionismo concebir al mundo evangélico como cuasi homogéneo y conservador, y señalan: “Si bien algunos autores han mostrado que esta línea conservadora se encuentra más presente en los pastores que en los feligreses, los cientistas sociales en general han extrapolado esta caracterización conservadora de los líderes del CONAR a todos los evangélicos indistintamente”.

Asimismo, en esta nota han quedado relegados aspectos que hacen al problema de la prédica individual, así como del emprendedurismo claramente neoliberal que muchos pastores preconizan al lado de su discurso religioso, así como el caso brasileño en donde una gran parte de estas iglesias tomó una definición política concreta, o una cartografía de los pastores que ostentan mayor poder en Santa Fe. Sin embargo, vale la pena hacer énfasis en la heterogeneidad que existe al interior de los grupos pentecostales, así como insistir en que no deja de ser un campo de disputa aún no saldado. En ese sentido, hay que proceder con cuidado a la hora de reflexionar sobre un campo religioso que sigue por lo menos el 15 por ciento de la población argentina y que, como todo lo que tiene raigambre en lo popular, existe y proyecta fuerza más allá de los deseos de propios, pero también de ajenos.

Publicado en el semanario El Eslabón del 29/11/25

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