Como venimos viendo a lo largo de los artículos precedentes, desde la salida de la Segunda Guerra Mundial a la actualidad, la geopolítica marcaba dos territorios bien definidos, separados por la cortina de hierro. Dos proyectos de mundo que planteaban profundas dicotomías en sus concepciones más básicas.
El ser humano, la historia, el Estado, el mercado, el desarrollo, la comunidad significaban cosas totalmente diferentes en Berlín, a uno y otro lado del muro. Las estrategias de construcción de legitimidad. La herramienta más poderosa con la que contaba EEUU, para afianzar su cosmovisión, era Hollywood, hasta que la televisión fue desplazando al cine en esa función.
Si bien la prensa gráfica siempre fue el escenario político por excelencia, lo audiovisual permitía otras argucias a la hora de incentivar posturas, actitudes y consumos, lo que les brindaba la posibilidad de utilizar mecanismos sutiles de manipulación para orientar las conductas de las personas. A veces subestimamos las teorías que, cómo la hipodérmica, indicaban que los medios eran herramientas del poder que creaban sentido común a través de la manipulación. Observábamos también cómo, en los años 80 y 90, el horario de exposición a las pantallas crecía exponencialmente, debido a la popularización de la televisión por cable, que transmitía por infinidad de canales las 24 horas del día.
En los 80 aparecían las computadoras personales (PC). Niños y jóvenes de clase media comenzaban en esa época el cursado de programación con alguno de los lenguajes informáticos del momento, como Basic Pascal o Cobol. Se agregaban más “herramientas” a inglés, el idioma que “todos debíamos saber” para aspirar a tener un trabajo decente. Nos entusiasmaba la posibilidad de crear los propios juegos. Cursábamos creyendo en la puerta de entrada al siglo XXI.
Durante los 90 se consolida la tendencia y en muchos hogares argentinos comienzan a haber computadoras. Las PC permitieron organizar como si fuera una biblioteca lo que hacíamos y lo que otros hacían, escribían. Abrieron un campo infinito de acceso a información respecto de lo que conocíamos al momento. Diskettes, luego CD y después DVD, para terminar en los pendrive y memorias externas, todos permitían llevar información, no ya en tu cabeza, sino guardada, almacenada y transportada de una computadora a otra.
El acceso a internet terminó de hacer estallar la burbuja de lo cognitivo. Empezamos a entender el concepto de globalización en ese entonces. Podías enviar y recibir información en cualquier momento y lugar del mundo. El fax, las impresoras permitían trasladar todo a papel, ya que no estábamos adiestrados en la lectura en pantalla.
En esos años, Manuel Castells, aunque luego se retractaría de lo dicho, planteaba la posibilidad de que esa tecnología democratizara a la sociedad y nos permitiría construir conciencia colectiva planearía. El planteo tenía sentido, sin embargo, las condiciones de la cultura neoliberal permitieron una apropiación concentrada de esa inteligencia colectiva en nombre de la rentabilidad, y un grupo muy chico de empresarios de la informática se quedó con todo el negocio.

Esos nerds de los 80’, maltratados y bullyneados por la sociedad que amaba a Rambo, se fueron posicionando, capitalizando, y desde ese resentimiento sentaron las bases sobre las que se establece el imaginario simbólico de nuestros días, pero eso será materia del próximo artículo. El de la tecnología Smart.
Todo este adiestramiento, esta nueva percepción que venía de la mano de un sistema económico y político como el neoliberalismo, fue instalando la base de lo deseable para nuestra sociedad. El éxito individual, la riqueza como signo de status social, los objetos, la vestimenta, como indicios de prestigio. La figura que sobresale es el yuppie, un joven exitoso, que busca una familia muy rubia y perfecta que no debe estorbarlo, sino apuntalarlo en esta estresante carrera de brindar su vida al trabajo y de acumular recursos de todo tipo. Eso mismo que nos enseñaban en los videojuegos: aniquilar al enemigo (chino, musulmán o negro, poco importa), o de ir acumulando para ganar.
Los videojuegos también nos adoctrinaron desde el entretenimiento para el cumplimiento del sueño americano. A lo mejor ese prototipo era un poco cocainómano, a lo mejor traicionaba al hermano para quedarse con la fortuna familiar o envenenaba a toda una comunidad para hacer un gran negocio inmobiliario; vicisitudes del destino, todo es justificado en nombre del éxito. Se lo ve en un auto descapotable con un teléfono satelital que parece un walkie-talkie.
Un par de años más tarde, ese teléfono se convierte en un celular, más discreto, ya que entra en el bolsillo. Quizás en esa época es donde se acortan los tiempos de renovación de la tecnología. Por un lado, el desfasaje entre el desarrollo de una tecnología en Europa o EEUU hace que llegue casi instantáneamente a nuestro país para consumo de casi todas las personas. Por otro, el tiempo de funcionamiento de estos dispositivos es más corto: a lo sumo te duraban 5 años y luego, por arte de magia, se rompían.
Pasan cosas raras. Un hombre muere atropellado por ir hablando con un celular de juguete, aparentando un status social que evidentemente no tenía. Aunque si lo pensamos bien, en el mundo de la apariencia, lo que parece, es. Esta tecnología, el poder llamar por teléfono desde cualquier lugar, propicia un incremento de la productividad en el mundo del trabajo, apropiada en su gran mayoría por los empresarios. A los trabajadores les tocaría la parte de la extensión de la jornada laboral, la posibilidad de ser ubicados en todo momento y lugar.
La naturalización de las innovaciones tecnológicas como un fenómeno que mejora a las sociedades escondió mecanismos de flexibilización laboral, de polivalencia funcional, de extensión de la jornada de trabajo. Los sindicatos se adaptaron a las nuevas tecnologías a tal punto que brindaban ellos mismos los aparatos para la comunicación sin dar una discusión acerca de lo que podían significar en la vida laboral de sus representados. Pasó.
Ya había funcionado el imaginario neoliberal construido en los 90: todos nos sentíamos empresarios y ganadores. Después, con un celular en la mano, nos sentíamos importantes. Quizás el cambio más grande que sufrió el teléfono celular fue la posibilidad de enviar SMS (mensajes de texto). El sistema de mensajería escrita provocó un cambio en la percepción: la posibilidad de dejar mensajes, de provocar una comunicación diferida.
La polisemia, o sea, la posibilidad de interpretar de muchos modos posibles los mensajes, causó aún más desencuentros, que se sumaron a la fragmentación perceptiva y a la competencia desleal entre los usuarios de estos productos y potenciaron el desencuentro social que existía previamente
Una serie de cuestiones sociales propias de esa época, del tan esperado año 2000, como por ejemplo, el crecimiento en todo el mundo de la precarización laboral, la privatización de los derechos sociales logrados durante el Keynesianismo de posguerra, la rentabilidad como máxima indiscutible y el “no hay alternativa” de Margareth Tatcher consolidado a nivel mundial, nos brindaban un panorama social desencantado.
A esto se sumaron las guerras permanentes en algunas zonas disputadas por las grandes potencias, como el mundo árabe y algunas zonas de África, la destrucción sistemática del ambiente por grandes corporaciones y la concentración de las riquezas en muy pocas manos. También colaboró el debilitamiento de los Estados, que mostraban su impotencia en todos los encuentros internacionales de los diferentes organismos de los que participan.
El panorama no era alentador. El sujeto de esa etapa recién aparecería en las redes sociales, cuando la aparición del teléfono inteligente, de la computadora de mano, se abre la perspectiva del uso continuo de una tecnología subjetivante.
Continuará.
Publicado en el semanario El Eslabón del 13/12/25
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