Yo no sé, no. Cayeron cuatro gotas y dos sapitos o ranas al toque se pusieron a cantar. Y la Rosa se puso como loca porque había ido a la peluquería y tenía un corte novedoso, suelto, y con la humedad se le iba a arruinar.
Cayeron cuatro gotas y Rita empezó a decir: “El toldo de arpillera que pusimos en el patio no va a aguantar, eh. Hay que ir por un toldo de lona. Vamos hasta el toldero y que nos aguante uno no muy grande y se lo alquilamos. Porque si no, no va a haber fiesta. Con cuatro gotas, chau”.
Raúl decía: “Con cuatro gotas es suficiente como para que la canchita se empareje”. Era una que él había recuperado. Bah, él y el hijo del quintero se habían puesto de acuerdo: un terreno flojo de papeles, pegadito a la vía. Un pedazo de quinta, un pedazo de terreno fiscal, y se hicieron una canchita de cinco. Sólo faltaba que se asiente. Y con esas cuatro gotas, decía, era suficiente para arrancar.
Tiguín le metía pata con el aerosol pintando unas bicicletas que tenía encargadas. Y cuando cayeron las primeras cuatro gotas se agarraba la cabeza porque no tenía lugar para cubrirlas. En uno de los cuadros de las bicicletas quedaron marcadas cuatro gotas, y le pareció fantástico: la iba a tomar como modelo.
Karina nos dijo: “¿Ustedes las contaron? porque para mí son más de cuatro. Más de cuatrocientas o de cuatro mil. Yo pasé por la lagunita y está hasta el tope, la que está pegada al tambo. Y la otra también, la que está pegada al segundo puente. Está llena, a punto de desbordar”.
Graciela miraba al cielo, se persignaba y decía: “Que llueva cuatro veces cuatro. En la cuarta vez que caigan cuatro gotas me voy al cine con mi novio. Me voy al Echesortu. Ahí nadie nos juna. Y puede llover todo lo que quiera”.
Carlos caminó 30 metros desde Pasaje Y hasta Dr. Riva y vio que después de cuatro gotas la remera que había comprado se empezaba a desteñir. “La concha de la lora –dijo–. Eso por comprar cosas baratas, por comprar a las apuradas”.
José se prendió un Imparciales y fue hasta donde estaban los ladrillos amontonados para levantar una pared de 30. “Me viene justo –dijo–. Me ahorra un montón de laburo. Ya están mojaditos los ladrillos para empezar a laburar mañana. Es suficiente con las cuatro gotas que cayeron”.
Guadalupe, una piba que había venido de visita a lo de Laura (creo que prima), le explicaba a la pequeña Susi que ella no era mexicana. La pequeña Susi pensaba que todas las Guadalupe eran de México. No sé si por ver El Zorro o esas películas. Entonces le preguntaba: “Guadalupe, ¿en la tierra de tu viejo o tu abuelo, en México, no caen ni cuatro gotas? ¿Nunca llueve?” Y Guadalupe le decía: “No soy mexicana, Susi”.
Manuel, después de las primeras cuatro gotas, se agarró el brazo izquierdo: “Ya me está empezando a doler. Cada vez que hay humedad me duele una quebradura antigua. Si mañana cae otro chaparrón de cuatro gotas capaz que me duele la pierna derecha. Ahora que me acuerdo también tuve un problema en un hueso. Y con cuatro gotas es suficiente para que empiece a doler”.
El Huguito era el más preocupado. Estaba acomodando unos cajones viejos y haciendo una pilita. Le habían dicho que se venía una quinta gota. Alguien le había dicho: “Huguito, están subiendo chaparrones cortitos de cuatro gotas locas. Pero se viene una gota enorme que va a inundar todo. Sólo los que estén en los lugares más altos se van a salvar: el tanque de Acindar, el gran eucalipto de Seguí y Avellaneda… o si se hacen una pila o una escalera grande con cualquier madera”. Y el Huguito, que se creía cualquier cosa, después de la cuarta gota fuerte se empezó a apurar con los cajones.
Estando en la plaza Galicia, Mónica, después de un gran trueno, le dice a Pedro: “Capaz que el Huguito tenga razón, y se viene una”. Como decía doña María cuando sintió que en el techito de chapa del patio cayeron cuatro gotas grandes: “Se viene una, se viene una”, decía. Y Juancalito le decía: “Doña María, si son cuatro gotas locas”. “No, pero sentí los sapitos –decía ella–. Sentí cómo cantan”. Juancalito la iba a corregir, porque pensaba que eran ranas, pero no estaba seguro. Capaz que cantaban ranas y sapitos todos juntos anunciando que se venía algo más que cuatro gotas.
Saltó un refunfuño y Pedro estaba distraído. Primero con uno que decía en el bar del Toti: “Esto colmó el vaso”, con un diario en la mano, en referencia a que el gobierno de entonces había prohibido una huelga que iban a llevar los metalúrgicos.
Pedro miraba la destreza del mozo del bar, que sin mirar servía tres o cuatro vasos de caña mientras veía el partido de billar. Pensó que capaz que las tiene amaestradas, que las últimas cuatro gotas, ese mozo, las tiene amaestradas.
Mónica y Pedro, cuando vieron que eran más de cuatro gotas, se arrimaron al bar para cubrirse. Se prendieron un pucho cada uno. Y cuando eran más de cuatro gotas, cada uno se ponía medio melancólico. Desde adentro del bar sonaba Roberto Carlos cantando ¿Qué será de ti?…
Publicado en el semanario El Eslabón del 13/12/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.