Los Fabulosos Cadillacs brindaron un show inolvidable en el estadio de Ferro. Pablito Lezcano, Valeria Bertucceli, hijas e hijos de los músicos se sumaron a los festejos. Lo viejo funciona, Juan.
El manual del periodismo gráfico indica que no se recomienda escribir en primera persona, caer en la autorreferencia. A la mierda el manual. Una de las primeras bandas que me voló la cabeza fue los Cadillacs. El “voy a tomar por vos otro trago para olvidar” fue parte importante de mi adolescencia y las mesas de los bares que frecuentábamos en aquellos años conservan aún las huellas del fervor que nos provocaban esas estrofas. Los shows en Stadium, Punta Brown (le tiraron con algo a Vicentico y se re calentó), el Cec y tantos más; el casete de Bares y Fondas que todavía conservo, los hits que se transformaron rápidamente en himnos tribuneros y la complicidad con mis hermanas y hermanos nos empujaron a sacar las entradas para el recital en Ferro por las cuatro décadas ganadas de la banda de Vicentico, Flavio, Rotman y compañía. Y allá fuimos.
Los Cadillacs tocando para vos
Manuel Santillán el León, ese cuento musicalizado, fue el tema elegido para abrir un recital que definitivamente sería inolvidable, y al toque vino Demasiada presión para corroborar que sería una noche de calor en la ciudad. Mi novia se cayó en un pozo ciego y Santa Carmela se sucedieron para que la multitud salte, y después hubo tiempo para que El genio del dub saliera de la botella y corroborara que la banda está más aceitada que nunca.
Ya en plan maestro de ceremonia, Gabriel Julio Fernández Capello (tal el nombre completo que figura en el DNI de Vicentico) dividió a las masas al medio e hizo cantar, alternativamente, y a grito pelado, “calaveras” a unos y “diablitos” a otros, en una suerte de competencia coral que dio inicio al tema que ofrece una de las frases más inspiradoras del rock nacional: “La vida es para gozarla, la vida es para vivirla mejor”.
En las pantallas, de alta calidad y generalmente en tonos blancos y negros, mostraban en primerísimos planos a los músicos, a quienes se los vio muy relajados y de buen humor. El crudo Condenaditos se enganchó con una versión goyenecheada de La última curda, con una bella interpretación del vocalista, y un final de Flavio a corazón abierto con algunas estrofas del Himno Nacional Argentino y Mañana en el abasto, de Sumo, mientras la pelada del bajista chorreaba de transpiración y pasión.
Después se sucedieron las lentas y conmovedoras La vida (“Somos actores de ese gran escenario que se llama vida. Pasiones, amores, traiciones, sueños, mentiras”) y Estrella de mar (“Soltar las amarras y dejarse llevar). Antes de la combativa Gallo rojo, el cantante reprochó murmurando que “hoy la gente va dormida” y que “es tiempo de despertarla”, y acto seguido llegó uno de los mejores momentos de la velada cuando Vicentico presentó a “su majestad Pablo Lezcano”. El líder de Damas Gratis, tipo querido y respetado en el ambiente de la música si los hay, munido de su teclado ametralladora, le imprimió su marca registrada a Padre nuestro, hizo levantar las manos a todos los guachos y las guachas, y se dio el gusto de tocar un par de temas propios (lo que le hizo recordar a este cronista al convite de Divididos hacia La Renga en otro recital histórico como lo fue el de la aplanadora del rock en el estadio Diego Armando Maradona de Argentinos Juniors). Pablito, antes de bajarse del escenario, se tomó el tiempo para saludar uno por uno a todos los músicos y hasta tiró magia en la percusión.
V Centenario (“no hay nada que festejar” porque sino estaríamos “celebrando la matanza del indígena”), CJ (¿será una ironía por las pronunciadas cejas de su compañera de vida?) y Cartas, flores y un puñal fueron un bálsamo antes de invitar a subir a las hijas y los hijos más pequeños de los músicos para esa declaración de amor a la paternidad que es Vos sabés. Lo que vino después fue una versión demoledora de Saco azul, cuya autoría comparten Vicentico y Valeria Bertucceli, quien subió ataviada con un pantaloncito de San Lorenzo de Almagro y dejó el alma hecha girones recitando aquello de “Me pides que no te llore más, que no te llame más, que te deje ir, que si te llamo venís”.
El clásico de los clásicos Siguiendo la luna abrió una maratón de hits (¿cuántos hits tiene esta banda, por favor?!) altamente pogueables como Te tiraré del altar, Mal bicho, El satánico dr. Cadillac, Matador y Carnaval toda la vida. Después del primer y siempre presente amagamos que nos vamos pero volvemos, llegaron los nostálgicos Silencio Hospital, Vos sin sentimiento y Belcha (todos del primer disco Bares y fondas) y el infaltable Vasos vacíos. Otra vez el que nos vamos pero no nos vamos y la gente coreando el Oh, oh, oh, oh para que llegue el esperado Yo no me sentaría en tu mesa. Y después de despedirse por enésima vez, parecieron debatir con cuál tema le daban el gusto al milenario pedido de una más y no jodemos más, y se despacharon con esa belleza hecha canción que es Nro 2 en tu lista que este humilde cronista le había confesado en la previa a sus hermanas y hermanos: “Lo único que pido es que toquen esa”. Ahora sí, el final y los abrazos porque después de haber compartido semejante show de los Cadillacs ahora somos más hermanos y más felices que antes.
Publicado en el semanario El Eslabón del 20/12/25
¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.