Yo no sé, no. Faltaba poco para las fiestas y en el barrio, para cualquier cosa, había que hacer fila, había que hacer cola. Mabel, por ejemplo, hacía cola para comprar pan para los sándwiches de miga. Había que encargarlo, por lo menos, una semana antes, si no te quedabas a gamba. Había una sola panadería que hacía un pan como la gente y había que hacer fila para conseguirlo.
Graciela hacía cola en la carnicería de Biedma casi Francia para conseguir matambre. Ella sabía hacer arrollado, así que le dijeron: “Andá y conseguite uno, prepará un arrollado para las fiestas”. Como ahí era lo más tierno y lo más barato, siempre había cola. Para las fiesta iba a escasear porque todos lo querían.
Tiguín, desde el jueves, hacía cola en lo del Pelado porque pagaban el aguinaldo. Le pagaban a 20 tipos el jueves y a otros 20 el viernes, y había que hacer fila. En lo del Pelado, por Ovidio Lagos casi Biedma. Tiguín decía: “Yo no hago más fila. El año que viene me largo por mi cuenta. Esta vez lo hago por el aguinaldo, pero yo cola no hago más”.
A José no se lo veía por el barrio. No hacía ninguna fila ahí, pero sí en el Sol de Mayo. Se había enterado de que habían aflojado con el asunto de pedir documentos y, como él era alto, quería ver una película prohibida. Era de boxeo, la última de Cassius Clay como Cassius Clay, que después se llamaría Mohamed Ali. José no se la quería perder y hacía cola en el Sol de Mayo.
Rosa hacía fila en la peluquería para pedir turno. Daban turnos para dos días antes del 24 y también para dos días antes del 31. Quería estar bien arreglada, así que hacía cola para tener el mejor peinado posible.
Mónica fue hasta lo de Claudio, que se había largado con la panadería y el pan dulce. Ese año hacía uno con un montón de avellanas, que era lo que más nos gustaba, particularmente a Mónica. Con poca fruta abrillantada pero mucha avellana. Hacía cola para encargar el pan dulce del 24.
Carlos fue hasta la fábrica de hielo y hacía fila para encargar una barra y media para nosotros. Había que pedirla antes para tener las bebidas propias y bien frías. Así se aseguraba el hielo.
Raúl andaba medio desconcertado en el mayorista. Tenía que conseguir la sidra y había dos filas: una para la Farruca y otra para la Parranda. Eran las más económicas y las más dulces. Fue y vino un par de veces. Al final le dijimos: “Cualquiera, Raúl. Hacé cualquier fila, pero asegurá la sidra”.
Laura estaba por Francia, donde hacía cola en una disquería nueva. Había llegado el último álbum de Alta Tensión y no se lo quería perder. Hacía fila para conseguir el LP que le aseguraba música para el 24 y el 31.
Manuel y la Eva se iban hasta lo de doña Juanita, la mujer que curaba. Ese diciembre atendía el 26 y después el primero del año siguiente. Curaba la resaca casi sin medicamentos y daba turnos por adelantado. Manuel y la Eva hacían cola, traían la listita y de paso se ganaban unos pesos. Pesos que gastaban más tarde haciendo cola para comprar helados en la heladería que estaba donde paraba el 15, por San Nicolás casi Biedma.
Juancalito y el Huguito hacían cola en una canchita donde estaban armando un club infantil. Anotaban para una categoría de seis y siete años, que era la de ellos. Querían asegurarse un puesto para la próxima temporada.
Por Quintana, entre Iriondo y Crespo, habían puesto un metegol. Los pibitos y las pibas hacían fila. La pequeña Susi era tercera y repetía: “No tengo que hacer molinete, no tengo que hacer molinete…”. Le habíamos enseñado que para jugar bien no había que hacer molinete, y ella quería lucirse.
Pedro andaba por San Nicolás y Biedma cuando se enteró que en la cancha de Primera Junta, por San Nicolás y bulevar Seguí, había un arquero grandote que atajaba todo y desafiaba a cualquiera: si de cinco penales le metías dos, te regalaba una pelota. Sólo podían patear pibitos de hasta trece o catorce años.
Pedro era cuarto en la fila y pensaba: “La tengo que colocar, la tengo que patear a rastrón”. Pensaba en que ella pasara y lo viera. Cuando le tocó, justo pasaba el 15 rumbo al centro. Pensó que ella estaba arriba del bondi, mirándolo. Pero erró el penal. Pero cuando después miró para el lado de San Nicolás, detrás de una fila de bicicletas, que eran trabajadores que volvían del laburo, de los talleres, pasaba Silvia. Lo miró. Y le regaló una sonrisa de oreja a oreja.
Ahí Pedro sintió que el corazón partía. En algún lado sonaba la voz de Iva Zanicchi Nik, que decía: Partirá, la nave partirá, ¿dónde llegará? nunca sabrá, será como el Arca de Noé, por la mañana yo me iré… Cuando volvía para la casa pensó que había valido la pena. Valió la pena hacer tanta fila, preparar el penal. Valió la pena esa sonrisa, aunque la pelota se haya ido afuera.
Publicado en el semanario El Eslabón del 20/12/25
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