La historia entre María Guadalupe Cuenca y Mariano Moreno suele archivarse en el cajón romántico de “la viuda del prócer”, pero sus cartas —esas diez piezas desesperadas del 14 de marzo al 29 de julio de 1811— revelan algo más profundo: el modo en que la política irrumpe en la intimidad y cómo la intimidad se vuelve política. Lo que allí se narra no es sólo una pasión separada por la distancia: es la experiencia femenina del poder, del control social, del contagio moral entre mujeres, y de un amor que no sólo sufre: analiza, aconseja, interviene, ironiza y piensa.

Guadalupe y Moreno se conocieron bajo un signo romántico casi literario: él vio su rostro en un camafeo, preguntó si “esa niña era de verdad”, supo que estaba destinada al convento, y no se detuvo hasta encontrarla. Ella, una adolescente, enfrentó a la madre, desafió la tutela religiosa, cambió los hábitos por el vestido de boda y, de Chuquisaca, viajó a Buenos Aires para casarse en 1804. Esa escena fundacional instala una matriz: el romanticismo arrebatado, la épica, pero también la desobediencia femenina temprana, algo que en las cartas aparece una y otra vez.

Cartas que luchan contra el silencio

Cuando Moreno es enviado a Londres en lo que la historia llama “destierro encubierto”, Guadalupe queda atrapada en un dispositivo de vigilancia:

—una suegra que revisa correspondencia,

—un barrio que murmura,

—una red de mujeres que viajan solas y la tientan a fugarse,

—cartas que quizás no llegan, o que ella teme interceptadas.

Como las presas políticas que cuentan los días, Guadalupe escribe: “van siete cartas y una esquela”, “tres meses y 17 días desde que te fuiste”, “cuatro meses y dieciocho días”.

La ausencia es un reloj que no avanza; el silencio, una forma de tortura cotidiana.

Y al mismo tiempo, su escritura muestra una comprensión política impecable: analiza la caída de Castelli, el avance de Saavedra, la persecución a Belgrano, las maniobras del Tribunal de Vigilancia. Habla como mujer política, como par, incluso como estratega. Su tono oscila entre el cuidado moral (“acordate que sos cristiano”), la advertencia (“no dejes que te engañen mujeres”, “no confíes en Agrelo”), y la picardía casi de espía doméstica: filtraciones, rumores ingleses, cartas clandestinas.

Guadalupe no es sólo la esposa que ruega: es la mujer que entiende la trama del poder y la traduce a un registro íntimo.

“Todo lo que vos y los patriotas trabajaron está perdido porque estos señores no tratan sino de su interés particular.”

“Estas cosas que acaban de suceder con los vocales me es un puñal en el corazón.”

“El Gobierno trata de que no se trasluzca esto, y ha encargado al Tribunal de Vigilancia que ponga cuidado.”

Celos, piedad y la esclavitud naturalizada

La humanidad brutal de sus cartas aparece sin filtro:

—deseo de trabajar, ir a la guerra como Lagertha

—miedo a morir sola,

—celos de mujeres de élite, desconfiando de “alguna inglesa”, o advirtiendo: “No te dejes engañar de mujeres; mira que solo sos de Mariquita.”

—la presencia constante de la servidumbre: Carmen, la negra; el negro “flojo”, la esclavitud naturalizada y en simultáneo denunciada por omisión.

La carta es un territorio donde conviven la ternura por Marianito (“no puedo perderlo de vista”), la manipulación cariñosa (“si me amas lo mismo que antes”), y la autodegradación (“hasta mis majaderías leerás con gusto”).

Ese doblez afectivo –la mujer que se sabe lúcida pero se performa bufona para aliviar la pena– es uno de los hallazgos literarios más notables de la correspondencia.

El contagio femenino: viajar, huir, romper la norma

Hay un hilo de oro de feminidades subterráneas sosteniendo –aunque ella no lo llamara así– en el tema del cuidado. “Micaela se viene junto a mí y me empieza a embromar para distraerme.”

Las redes de mujeres permitieron sobrevivir a muchas afectadas por la violencia política: “Tu madre y las muchachas me acompañan mucho.”

 Cuando la esposa de un tal Pérez viaja sola con sus hijas, Guadalupe confiesa: “me dio ganas de hacer lo que ella ha hecho”. Pero se frena: “Me contienen muchas consideraciones”, “sé que vos no aprobarías”.

La autonomía viaja de mujer a mujer, pero la vigilancia patriarcal pesa más.

Así, mientras los hombres decidían, ellas quedaban desechas emocionalmente y al cuidado de las infancias por las cuales se desvivían: “Nuestro Marianito está mejor; es el consuelo que tengo en mi soledad.”

Allí se cifra una pregunta contemporánea: ¿cuántas mujeres del 1800 soñaron con huir, pero quedaron atrapadas por la moral, la dependencia económica, el mandato?

El vía crucis del amor unilateral

Guadalupe escribe sin respuesta durante casi cinco meses. Escribe creyendo que Moreno está vivo. Le ruega, le explica, le suplica, lo reta, lo abraza en sueños. “A la hora que empieces a querer a alguna inglesa, adiós Mariquita… ya no ocuparé ni un instante tu corazón.” Cela, y al mismo tiempo cuenta sus dolores físicos y sus dolores morales. Construye un puente que nunca será cruzado.

“Ay, Moreno de mi vida, qué trabajo me cuesta vivir sin vos, no soy gente sino estando a tu lado.” 

“Miro por todos lados y no te encuentro… este cuerpo sin alma no puede vivir.”

“Ni la distancia ni nada de este mundo será capaz de que yo deje de querer a mi Moreno más que a mí misma.”

La última carta —29 de julio de 1811— es devastadora: “Me parece que yo te amo más que vos a mí… Dios me dé paciencia”.

Cuando finalmente Manuel Moreno anuncia la muerte de su hermano, ella se entera tarde, sin cuerpo, sin tumba, sin justicia. El Triunvirato le concede una pensión miserable: treinta pesos. Años después, para cobrarla, debe redactar una justificación que es un acto de violencia simbólica: negar cualquier reclamo de verdad sobre el asesinato de Moreno, aceptar que murió “solo”, renunciar al duelo político y aceptar la viudez administrativa.

Ahí se ve el punto más cruel del Estado nacional naciente: la revolución se construye con el sacrificio íntimo de las mujeres, pero ellas quedan al margen de la historia oficial. 

Como tantas, Guadalupe queda viuda, pobre, aislada, sin reparación.

Una lectura contemporánea: el perdón, la herida, el después

Si se lee esta historia en diálogo con Jacques Derrida, la figura del perdón aparece tras la verdad como un gesto imposible pero necesario. Derrida sostiene que el perdón verdadero –el “perdón puro”– es aquel que no espera nada, que se ofrece incluso sin reciprocidad. 

Pero el perdón derridiano no borra la injusticia: la deja expuesta. La historia entre Guadalupe y Moreno es, entonces, la historia de una herida sin retorno.

Guadalupe sobrevivió 43 años más, orbitando alrededor de un amor que quedó detenido en el mar del Atlántico. No se volvió a casar. No reescribió su vida. Su nombre quedó reducido al título de “viuda de Moreno”, cuando en realidad fue autora, analista política, madre en guerra, cronista del derrumbe, actriz de una revolución que no la reconoció.

Su correspondencia es su legado.

Una especie de verdad sanadora del final: fue ella quien narró un testimonio del país íntimo que la historia oficial ignora para las mujeres.

Publicado en el semanario El Eslabón del 27/12/25

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