Yo no sé, no. Laura estaba re contenta. Faltaba poco para que terminara el año. Había cumplido una promesa que se había hecho a sí misma: vencer el miedo. El miedo a lo profundo, a lo desconocido, a eso que no se ve. Lo venció en el arroyo, en la parte del sauce, a la altura del Puente Gallego, donde el agua es más profunda y caudalosa, y sólo se tiraban los pibes cuando el arroyo estaba medio furioso. Esa última semana del año, Laura venció el miedo y se mandó una clavada y salió nadando como la más experta.
Mónica, a poco de terminar el año, ya le había agarrado la mano a la guitarra. Iba a estudiar, decía, y sacó un tema que nos gustaba a todos. Una tarde, con Ricardo, se animaron a interpretarlo. Era esa canción que cantaba Gian Franco Pagliaro, que dice te regalaré todos los pájaros, los árboles y el mar. Mi juventud, mi corazón, mi rebelión… Lo hicieron bastante bien. Cumplieron con la promesa de sacar un tema nuevo antes de fin de año.
José estaba satisfecho porque antes de terminar el año le había agarrado la vuelta a lo que más le costaba: el revoque fino. Con la poca edad que tenía, ya lo hacía rápido y bien terminado. Se rumoreaba que le iban a dar bastante laburo. No eran muchos los que lo hacían así. Él se lo había prometido y, antes de terminar el año, le había agarrado la vuelta a la cuchara y al revoque fino.
Raúl, en el último torneo de cinco, a una semana de fin de año, estaba por salir goleador. Transpiraba como el que más, porque le había prometido a su hermanita, la Pochi, que le iba a regalar un trofeo. Estaba a dos goles de la copa. Al final fue goleador y se la regaló. La Pochi, con dos años, sonreía de oreja a oreja.
Isabel tenía su sueño entre las manos: una máquina de fotos. Se había prometido retratar algo inédito del barrio, una foto especial. Una tarde se fue hasta Dr. Riva casi Avellaneda y esperó. Esperó la luz justa, el sol acomodándose entre las montañitas. Pensaba que por esa esquina casi nunca pasaba nadie, pero que ese día algo iba a pasar, alguien iba a cruzar. “Antes de que termine el año lo voy a retratar”, decía. “Y va a quedar para siempre”.
Gracielita estaba endeudada con la modista y no llegaba. Por las dudas agarró el último vestido que le había hecho y le empezó a aflojar el ruedo. Le quedaba medio cortón. “Yo creo que voy a cumplir, pero si no llego, me pego un estirón con el ruedo y tengo vestido para fin de año”, decía. Tenía razón: ese vestido parecía siempre de estreno.
Carlos cumplió con su promesa, pero quedó endeudado en la disquería. Compró en tres cuotas un disco de Los Beatles, con Paul McCartney cantando Yesterday. A él lo volvió loco. A nosotros nos gustaba más o menos.
Tiguín, en su taller, cumplía una promesa a uno que había tenido un accidente y ya no podía subir a la moto: le armó un triciclo a motor, fabricado por él mismo. “Te prometí que antes de que termine el año ibas a manejar de nuevo”, le dijo. Y cumplió.
Mabel juntaba agua de lluvia en un fuentón. Le habían dicho que era buena para el pelo, que con un menjunje se lo hacía crecer. Se había prometido que antes de fin de año le llegaría a la cintura. Estaba a tres centímetros. Todos los días se enjuagaba, esperando que el 31 llegara.
La Marta desaparecía casi todas las noches de buena luna y se iba al patio a ver si aparecía la dama de noche. Le habían dicho que si la dama de noche aparecía antes de fin de año se le cumplirían los deseos. Las promesas que había hecho podrían estirarse un poco más; pero los deseos, no.
El Huguito iba al kiosco del Pasaje Hutchinson y Quintana y pedía fiado. “Veinte centavos de cohete”, decía. La kiosquera le recordaba que debía seis japos. “Antes de que termine el año se las pago”, decía, preocupado, mientras insistía en que le fíe triangulitos o fosforitos.
La Susi, una tarde sentada en el tapialito, sintió que crecía de golpe. Un pibito vendía budines caseros. Ella compró uno y él le dio otro. “¿Y esto. Por esto cuánto te debo?”, preguntó. El pibito la miró: “Me debés una sonrisa, antes de que termine el año”.
Manuel le debía a casa santo una vela. Estaba por terminar el año, y tenía deudas con él mismo y con casi todos los negocios. Pero venía contento porque había terminado de pagar unas zapatillas y con lo que sobró le compró un lazo al perro. “Ahora va a estar más cuidado y la perrera no me lo va a llevar tan fácil”, decía.
Estaba terminando el año. Casi todos teníamos deudas pendientes, con nosotros mismos y con el ayer. Sonaba Paul cantando Yesterday, diciendo ayer todos mis problemas parecían tan lejanos, ahora parece como si estuvieran aquí para quedarse. Yo creo en el ayer. Y nosotros creímos en el mañana. El año se terminaba y, aun así, estábamos entusiasmados con el que se venía.
Publicado en el semanario El Eslabón del 3/1/26
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