Muchas sensaciones recorren el cuerpo individual y social cuando se acerca el 24. A algunos les toca más directamente porque tienen duelos interminables, porque buscan a sus familiares, de muchos modos diferentes. Faltan nietos por recuperar. Faltan cuerpos por encontrar. Faltan 30 mil compañeras y compañeros. Sin dudas que falta el mundo mejor que soñaron y también el hombre nuevo (y la mujer nueva, podemos agregar hoy). Pero no es en la ausencia que vamos a encontrar tranquilidad. No son los fantasmas nuestras banderas. Entonces, ¿cuáles son nuestras victorias en todos estos años?
Cuando hablo de victorias, hablo de esfuerzos que hicimos individual y colectivamente, a lo largo de 50 años, para no terminar muertos, para no ceder a la tentación del sistema de integrarnos, negando nuestra identidad. Es cierto que la mochila era pesadísima. Aún así no elegimos el atajo, seguimos luchando en los momentos de mayor debilidad.
Es imposible ser generosos con nosotros mismos si en este análisis no logramos identificar los elementos que, como colectivo, como sociedad, hemos construido. Basados en las utopías que tenía esa generación que dedicó su tiempo, su pasión, su cabeza, fuimos encontrando respuestas a cada coyuntura, con las limitaciones del caso, pero siempre colectivamente.
Porque la valentía no es ser intrépidos, sino cargar la mochila de sueños pero también de miedos y enfrentar lo que nos toque con dignidad. El poder real de la Argentina eligió enfrentarnos, declararnos su enemigo. A la clase trabajadora, a pobres, a cualquiera que no se pareciera a su versión occidental, patriarcal, eclesiástica (de esa iglesia oficial que, en lugar de cuidar y proteger, alcahueteaba y culpaba a las víctimas), milica, que hablaba de moral y buenas costumbres, hablando desde un pedestal y actuando desde la miseria humana más absoluta.
Lo que queda claro es que no podemos esperar que los mismos tipos que mataron a los nuestros tengan algo de sensibilidad para el trato con nosotros. Todo lo contrario. Entonces se impone la necesidad de revisar y entender nuestras prácticas a la hora de caminar juntos por un mundo mejor.
La crisis de representatividad nos obliga a pensar que la construcción que mejor funcionó es la movimientista. Podemos empezar a rescatar algunas ideas, algunas prácticas, algunas dinámicas organizativas. Dejar de mirar hacia atrás con nostalgia, entender que tenemos una historia y una identidad que no nos habilita a tirarle los pergaminos a las y los jóvenes por la cabeza. Este es el primer paso para que la juventud recupere esa rebeldía tan propia de esa etapa de la vida. Acompañarlos, dejar que se equivoquen y que aprendan a arreglar los errores es una parte fundamental del camino.
En los 90, nuestra juventud nos hizo parte de la resistencia al neoliberalismo, sufrimos la fragmentación y la no renovación de autoridades en los sindicatos y partidos. Así llegaban a octogenarios los secretarios generales, los diputados, los senadores. Ya es hora de cederle el protagonismo a los jóvenes.
La generación de los años 70 nos enseñó muchas cosas, algunas siguen presentes en todas las marchas, en los encuentros, en la militancia, en la organización. Las ganas, el compromiso, la masividad de la marcha del 24.
Logramos hacerle un espacio en la sociedad a la importancia del nunca más. Sin embargo, la potencia del movimiento de derechos humanos no puede sintetizarse en una negación. Tiene que haber algo que nos convoque desde la afirmación, desde la vida, que tenga que ver con el proyecto de liberación, de emancipación, latinoamericanista, feminista (porque el poder real es machista).
La cultura siempre fue una aliada para generar aceptación para estas consignas. Músicos, pintores, escritores, cineastas, lograron sensibilizar a muchos jóvenes, concientizaron sin la necesidad de discursos interminables.
Para mucha gente que necesitaba, que alguien a quien querían, les dijeran algo que sentían, pero no podían hacer racional. La construcción del espíritu crítico lleva tiempo. La cultura siempre fue aliada de las causas nobles.
Una de las cosas que seguimos haciendo es juntarnos. Armar grupos, aunque nos cuesta, porque también es cierto que hoy para sobrevivir hace falta laburar más que antes y los tiempos libres son menos y a la primera discusión nos ofendemos y nos vamos. Pocas veces nos tomamos el trabajo de conocer a los demás, de intentar llegar a comprender los motivos que influyeron para que piense o actúe de determinada manera.
Hablamos mucho de unidad pero siempre creyendo que la unidad significa que los demás me acompañen y cuando me toca acompañar a mí, no me dan ganas. El mundo socialista, el hombre nuevo, era una utopía a construir y aún sigue siéndolo. Es un trabajo profundo en el que tenemos que dejar de lado nuestro individualismo, o mejor dicho, fundir, forjar una identidad colectiva que tenga un poco de la singularidad de cada uno. Si seguimos con las recetas cerradas, vamos a seguir construyendo orgas que nos alejan de la posibilidad de transformar algo.
El ejercicio de poder que se utiliza contra los compañeros, es el mismo que no se utiliza contra el poder real. Las acusaciones de no ser suficientemente tal cosa o ser demasiado otra cosa sólo sirven para justificar la lógica de la productividad muy propia de este sistema aplicada a la militancia. El no reconocimiento del tiempo entregado se agrava cuando se trata de jóvenes. No brindarles la posibilidad de opinar sobre cuestiones importantes porque las cosas se deciden en la “mesa chica”, de pasarse años siendo un che pibe, son motivos por los cuales es muy difícil sostener la militancia en el tiempo.
Volver a sentirse trabajadores, a sentir bronca por la injusticia, a salir del lugar de la estigmatización de la pobreza, a considerar a los cumpas de los barrios como pares y dejar de colonizarlos desde nuestra concepción clasemediera es quizás un buen paso para que vuelvan a acercarse a las concepciones de mundo en las cuales son valorados y queridos.
Los derechos humanos son para todas y todos y ampliar, desde el lugar que nos toque, esa concepción todo lo posible. Esto va a permitir que el 24 de marzo llegue a ser importante para muchas personas que nunca sintieron tener derechos.
Los militantes de los 70 querían un mundo donde los más maltratados por el poder sean tratados como seres humanos. La historia de nuestro pueblo ha pasado por momentos de alta efervescencia revolucionaria y por momentos de reflujos de la derecha, que es lo que nos toca hoy. Trabajar desde la cultura para volver a construir hegemonía junto a los que estigmatiza el poder es el primer paso para empezar a vivir de otra manera. Mimar a nuestros jóvenes, acompañarlos, fortalecerlos y cederles el poder de decisión lo más pronto posible, podría lograr un vuelco en esta realidad que nos parece ajena y casi imposible de modificar.
Dejar de alimentar el mito que fuimos los más combativos, reconocer que tenemos contradicciones, que no la tenemos tan clara puede allanar la tierra y construir una pista de despegue para que volvamos a tener la efervescencia, la frescura y, especialmente, las ganas de transformar esta realidad.
Nos vemos en la marcha.