Me acuerdo del calor. Las mañanas ardientes de la selva, esquivando, disparando, corriendo, corriendo, corriendo. El superior no hablaba español: ¡Stop! ¡Run! ¡Shoot! Esa locura de monosílabos rapaces, puntiagudos. Era la expresión de la locura, un nervio, una cuerda vocal primitiva que ordenaba amenazando.
Todos terminamos teniendo adentro algo de esa locura. Nuestros sueños eran ráfagas y confusión de hojas, árboles y piedras; el bello espectáculo del sol en los ríos no podía ser más que amenaza latente: una posibilidad de detectar, en el espejo que son algunas aguas, la imagen desaliñada, bárbara, asesina y amoral del subversivo.
Por las tardes educábamos la cabeza. No estábamos ahí para ser simples peones, aunque para ser lo que después fuimos, teníamos que saber serlo. Estábamos ahí para comandar una cruzada cristiana contra la inmoralidad barbárica que crecía –fruta maldita– del mismo seno de nuestras tierras. Yo siempre me preguntaba cómo la patria pudo generar esos monstruos que querían destruirla. Era lo único que me mantenía cuerdo en la locura de las mañanas, en la amenaza permanente que vivíamos.
Las tardes eran distintas. A esa hora los discursos eran largos y aprendíamos: historia, táctica y estrategia, religión y moral.
Algo tenía que quedar claro: no éramos animales ni monstruos, aunque nuestras tareas a veces parecerían inhumanas. Su humanidad era mayor que el arte y la cultura. Incluso aprender a torturar, sí, eso, era un medio, nunca un fin en sí mismo. El combate contra la subversión era nuestra guía, nuestro faro: sólo así podíamos preservar a las cosas hermosas de la vida, al arte, a la cultura, a la familia.
Tuve dudas. No lo voy a negar. Ya Jesús dijo: “El que esté libre de pecado que tire la primera piedra”. Pero algo me enseñaron esas mañanas frenéticas de la escuela militar: que, en los momentos clave, no hay lugares para la duda. Que las órdenes a veces se pueden cuestionar, pero nunca en medio de la misión. Y que para que una sociedad moral exista hay sacrificios que deben hacerse. Y nosotros, rama maldita y bendecida a la vez de esta sociedad, lo tenemos que hacer. Si no, ¿quién?
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En la esquina había una cucaracha muerta. Camuflada en lo oscuro, nadie notó que aún le temblaba una pata: intermitente, sin dolor, puro impulso eléctrico.
Era enero. El corazón frío del metal cedía a la temperatura de los cuerpos. La cara tapada, el pelo levantado, puntiagudo por la humedad del centro rosarino. Dejaba caer gotas por la mano que sostenía el instrumento. Lo apretaba casi como conteniéndolo, una fuerza puesta en no hacer, en evitar. Miraba, horrorizado pero con perversa alegría, su obra a punto de consumación. Era necesario tan poco, apenas una decisión, dar rienda suelta al acto, realizar la fantasía, capturar el instante de lo real para guardarlo en el interior, atesorado, escondido aún de sí mismo, sólo para –quizás– recurrir en los momentos de fiebre o bronca, de éxtasis o depresión; acariciar el vestigio irregistrable de su obra, obra olvidable, atormentadora y de mil bellezas.
Hacía falta tan poco. Pero no podía más que la cucaracha: apenas un espasmo, una agitación esporádica y sin sentido, casi una señal de muerte o intercia.
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Catarata de pensamiento era su cabeza. Perder la palabra –ceder a la pura imagen–, su mayor esperanza. Evadir la traición, sus compañeros, las caras, los nombres falsos que había escuchado. Una ráfaga, un fuego constante y desaliñado, un collage de personas y cosas y consignas y por momentos silencio o peor que silencio ese pitido insoportable y la oscuridad, y la luz. La luz que no deja ver. Allí formulaba palabras, deshecha en llantos, en espasmos, en el calor constante, agua, agua, catarata de nuevo de palabras, ¡no!, no podían ser palabras. Las caras de su viejo y su vieja, la comida de la abuela y sí, el compañero el Tronco sí, ese que vive en Paraguay y Zeballos y el silencio. La culpa, los ojos abiertos. A contraluz, sobre un piso blanco y sucio, líneas (pelos) y una mancha inerte, redonda, como mirándolo.
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Siempre se despierta a las 6, resabio de la costumbre militar. Se mueve despacio, con sigilo o pereza. Casi en la oscuridad, calienta el agua para el mate. Cuando deja la yerba reposar va hacia la luz blancuzca del baño y se afeita todo lo que no tiene. Se moja el pelo, lo peina para atrás. Las tiras separadas por el peine brillan ante el blanco frontal. No hace ruido. Tampoco piensa. Eso le enseñó la selva: por las mañanas, su silencio.
Sólo después de la una empieza a proferir algo más que murmullos o sonidos accidentales. Las clases de los generales norteamericanos marcan el ritmo de su cabeza en las tardes: enhebra hilos de pensamientos, conecta causas; medios y fines; tácticas y estrategias; coyunturas y planes.
Algo le aterra de los planes: el “daño colateral”, el “efecto no deseado”. Por las noches, la bestia de la mañana se le aparece. Viciado por los ruidos de la tarde, carga en la noche con la furia acostumbrada que nunca logra saciar el mate tempranero. Es puro error, pura colateralidad, puro medio y coyuntura. Las tiras disciplinadas por los dientes del peine estallan para arriba y los costados. Una aureola sucia, una luz de Dios manchada por líneas levemente conexas, arraigadas con hilos frágiles a una cabeza fija redonda y temblequeante.
La humedad rosarina desliza gotas por sus manos. Un río fino que condensa o cae en la punta de la picana. Enfrente, un rejunte de carne mojada grita un apodo y una dirección. Entre llantos, siente el pedido. La gravedad de la fricción lo llama a realizar la obra, a clausurar la guerra con un acto de amor final. Puro error, puro plan fallado. Se acuerda del calor.