Desde Cancha Rayada

De epidemias y torrejas de acelga

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Yo no sé, no. Manuel no paraba de rascarse. “Miren cómo tengo la pata, toda colorada, para mí hay una epidemia de bichitos colorados pegaditos al arco y en el área chica. Hasta que no le encontremos la solución, no se puede jugar. Graciela, con la cabeza torcida, decía que el viento que había le provocaba tortícolis, y como a su prima también decía que era una epidemia. Lo que no decía Graciela era que se la habían pasado mirando las golondrinas que se piraban y que por eso tenían el cogote duro y dolorido. La Laura se quejaba porque en la placita habían aparecido esas plantas que apenas las rozás te hacen arder y te pican.

“Hay una epidemia de ortigas –decía–. Para mí, sabiendo como son mi papá y mi mamá, son capaces de haberlas sembrado para que yo no vaya”. Es que la Laura estaba noviando y los viejos estaban re vigilantes con ella. José, como trepaba lindo los árboles y tenía unos brazos largos y fuertes, había encontrado una changuita que consistía en salvar al gran eucalipto que estaba a la entrada del cilindro y que había sido atacado por unos hongos medio raros. Con unos tachos y unos menjunjes, unos remedios que no sé quién le había dado, y con un poco de cal, se subía a las ramas más altas y las pincelaba.

“A este eucalipto lo salvo de la epidemia de hongos”, decía. La Marta no quería cruzar por la vía cerca del último tramo de la fábrica Acindar porque decía que se quedaba sin voz. “El polvillo de la chatarra me entra y es como una epidemia que me deja disfónica o directamente me afecta toda la voz”.

Ricardo, después de un partido un día que había llovido, decía: “Cuando el césped está mojado yo juego en patas, porque si no se me mojan las zapatillas, se me mojan las medias y después me agarra un dolor de hueso que me afecta hasta los pulmones. Es como una epidemia de frío”.

Juan Carlito, Carlos y Tiguín se fueron a buscar una pelota que había caído en el tambo de Tito y no volvían. Al rato aparecieron los tres con un bidón y con leche de vaca de Tito, que ya comenzaba a vender suelta. “Si la tomamos, evitamos cualquier pandemia, cualquier epidemia”, decían. Raúl, inclusive, se la refregó sobre la canilla porque decía que siempre le agarraba dolor de hueso en el segundo tiempo. “Capaz que con esto se me pasa”, decía mientras se refregaba la leche como si fuera aceite verde.

La pequeña Susi estaba encerrada y sólo salía para saludarnos porque había sufrido bullying. Aunque en ese tiempo no se llamaba así, la habían cargado en la escuela porque le habían salido tres o cuatro granitos tipo acné y se estaba refregando con un aceite para combatirlos. En la escuela le habían gritado “cara de choclo” y ahí se desesperó, y nos preguntaba si podía ser una epidemia que tenía en la cara y cuánto le iba a durar.

Pedro se puso contento cuando el de la quinta le dijo que la acelga se había salvado de la sequía y de unos extraños bichos que la estaban atacando, y se imaginó que ese fin de semana la madre de él, o la de Tiguín, o la abuela de Pi, iban a hacer torrejas de acelga. 

A metros de la quinta, entre unas casillas, se sentía a unos pibitos que no paraban de toser. Eso nos estaba advirtiendo que había que cuidarse de los cambios de tiempo de marzo porque aparecía como una epidemia de tos que te afectaba la garganta, los pulmones y los huesos. Pedro pensaba: “Por suerte, para casi todas las pestes que se nos presentan como epidemias, tenemos soluciones. Algunas más lentas, algunas más rápidas, pero a casi todas le encontramos la vuelta”. Al tiempo, Pedro y otro pibe vieron que el barrio estaba cambiado, era otro marzo y algo había pasado. Ya no había tanta chatarra para convertirse en acero, algunos ranchos o casillas estaban silenciosos, los pibes no jugaban tanto y hasta la acelga, que era siempre abundante, parecía ausente.

Lo que era abundante para nosotros era la presencia policial, o del ejército, autos verdes, hasta las golondrinas parecía que se habían pirado sin hacer tanto revuelo. Una epidemia nueva estaba afectando al barrio, al país, económicamente y en la parte emocional. Una epidemia que hacía que la sirena de la fábrica que estábamos acostumbrados a escuchar era tapada por la sirena de los autos de la policía, o del ejército, o de cualquier fuerza armada. Una epidemia que para nosotros parecía no tener remedio.