Alto guiso
Yo no sé, no. Casi todos esa semana de abril teníamos puesta la cabeza en cómo formar el equipo. Estábamos en el campito unas seis horas por día, tres a la mañana y tres por la tarde, o sea un cuarto del día dedicado al equipo.
Yo no sé, no. Casi todos esa semana de abril teníamos puesta la cabeza en cómo formar el equipo. Estábamos en el campito unas seis horas por día, tres a la mañana y tres por la tarde, o sea un cuarto del día dedicado al equipo.
Yo no sé, no. Manuel llegó hasta la esquina donde estábamos reunidos diciendo, mientras se tocaba el corazón con una mano: “Tengo el pulso alterado, casi me aplasta una rueda del 52”.
Yo no sé, no. Manuel llegó a la esquina donde estábamos reunidos, con el Biki (su perro) sujetado con una soguita con una sonrisa de oreja a oreja y mostrando un cartoncito que era la constancia de vacunación.
Yo no sé, no. Estábamos reunidos junto al sendero de bicis, pegado al arco de cilindro que daba al oeste. De pronto, con el relato de Manuel nos comenzó a invadir una sensación de derrota.
Yo no sé, no. Manuel llegó esa tarde de marzo hasta la esquina de Riva y Crespo a decirnos que tanto su limonero como los dos que estaban frente a la Santa Isabel estaban cargados de limones. Para él eso era un buen augurio.
Yo no sé, no. “De ahora en más las mañanas serán frías como las orejas de mi gato”, sentenció Manuel a las 7 de la mañana. José, que venía de la panadería, agregó: “Y con un viento bastante fuerte, un viento despeinador”.
Yo no sé, no. En la anteúltima mano de un truco, tras un envido envido, José tiró la falta y Manuel dio “quiero”. Ganó con 27. Le preguntamos si se tiró a la pileta o siempre le tuvo fe al 27. Nos dijo que era su número preferido.
Yo no sé, no. Como una patrulla que había conseguido resultados a medias, volvíamos por el caminito de la montaña de la vía honda. Veníamos del Monte Bertoloto o Caballero; nunca supimos cuál era, si es que tenía, el nombre exacto
Yo no sé, no. Manuel llegó hasta detrás del arco que daba a Quintana –donde estábamos sentados mirando un partido desafío de los de Biedma con unos de Carlos Casado– a decirnos que estaba preocupado por lo que le había dicho una g
Yo no sé, no. Desde temprano una chicharra que estaba en el paraíso de Pasaje Y (hoy Laprade) y Rivas nos anunciaba con su chicharreo que el calor iba a seguir por lo menos un par de días más.