El que nos sigue uniendo
Yo no sé, no. Ese año las clases comenzarían a mediados de marzo y hasta dos días antes, con Pedro le dábamos a la redonda disfrutando que el calor aflojaba por la tarde.
Yo no sé, no. Ese año las clases comenzarían a mediados de marzo y hasta dos días antes, con Pedro le dábamos a la redonda disfrutando que el calor aflojaba por la tarde.
Yo no sé, no. En los días previos al carnaval, con Pedro lo más que deseábamos era que no lloviera y que hiciera calor, por lo menos esos cuatro días. Y aunque esa cuadra, la de la calle Zeballos no era muy de jugar con agua, noso
Yo no sé no. Ese año sabíamos con Pedro que en la escuela se nos venían los mapas. A él le gustaba mucho más que a mí, y siempre se clavaba pensando en las montañas, aparte ese año también estrenaríamos los cuadernos tapa dura que
Yo no sé no. Con Pedro ya vivíamos en el sudoeste de la ciudad y ese primer febrero se presentaba con algunas lluvias con vientos, algo que en el otro barrio no traía demasiadas consecuencias...
Yo no sé, no. A comienzos de febrero, con Pedro íbamos a clases particulares, un poco para terminar la tarea y otro para empezar 3er. grado al mismo nivel –o un poco más– que los demás, en la escuela de barrio Acindar.
Yo no sé, no. Terminaba ese enero y con Pedro sólo pensábamos y calculábamos las semanas que faltaban para el Carnaval. A Pedro se le ocurrió -y lo dijo- que cada semana que faltaba era una cuota, entonces para esos cuatro días fa
Yo no sé no. Aquella tarde el calor se sintió de lo lindo, había que esperar que baje el sol y rajar para el patio de Josecito y Gracielita, ahí el fresco llegaba más rápido.
Yo no sé, no. En aquella tarde en que la temperatura había subido más de lo esperado, a Pedro le habían prohibido salir a la calle. Sólo le quedaba quedarse en el patio, entre los helechos, malvones y ese joven limonero.
Yo no sé, no. Cuando iba cayendo el sol, en aquellos eneros, se ponía linda la cuadra de la calle Zeballos, y todas y todos nos poníamos a jugar a la pica. Y a medida que la luz natural mermaba había que tener buena vista.
Yo no sé no. Ese diciembre que se iba como el año, con días largos, largos porque aclaraba temprano y a las 20, con cierta claridad, la pelota todavía se veía.