Tres empanadas
Yo no sé, no. Manuel apareció como a las dos de la tarde, en la esquina donde estábamos reunidos. Venía con dos bolsas y media de arpillera llenas de cebolla de verdeo. “Es para el relleno”, nos dijo cuando le preguntamos.
Yo no sé, no. Manuel apareció como a las dos de la tarde, en la esquina donde estábamos reunidos. Venía con dos bolsas y media de arpillera llenas de cebolla de verdeo. “Es para el relleno”, nos dijo cuando le preguntamos.
Yo no sé, no. A eso de las 11 de la mañana Manuel vio la primera chapa. Era de zinc, nueva, y quedó clavada justo en la mitad de la cancha. Había sido una noche de mucho frío y fuertes vientos.
Yo no sé, no. “La corta, la hora. La larga, los minutos”, repetía Manuel todo el día. La seño les había enseñado la hora en los relojes con agujas. A Manuel, aparte de los relojes pulsera, le gustaban los relojes públicos, como a
Yo no sé, no. La alcantarilla de Biedma y Francia, boca de tormenta, a eso de las 11 de la mañana empezó a largar un vapor que a cierta distancia parecía humo. Manuel decía que era un fenómeno ese vapor que se extendía a todos los
Yo no sé, no. Graciela nos tomaba las medidas a casi todos y luego las llevaba al papel de molde. Hacía una semana que la Gra le había encontrado la mano al corte para hacer tanto remeras como blusas y re manija nos prometió una p
Yo no sé, no. Manuel vino hasta la esquina donde estábamos diciendo que tenía una novedad. Era que para este fin de semana, Doña Ana –una señora que hacía locro y empanadas– puso en el cartel delante de su casilla pegada a la vía,
Yo no sé, no. Una tarde, detrás del arco que estaba cerca del sendero por donde pasaban todos los que iban y venian del barrio Acindar, apareció una piba más o menos alta, más o menos bien vestida, y con un libro en la mano.
Yo no sé, no. “En tierras lejanas…”, así comenzaba el relato que Manuel estaba escribiendo para la tarea que le había dado la de lengua para el fin de semana.
Yo no sé, no. Manuel apareció de repente gritando “¡haganse a un lado que no tengo freno!” José, cuando lo tuvo a mano, lo abrazó sacándolo de la bici. Siguió unos 50 metros hasta que la frenó.
Yo no sé, no. Manuel, con cierta tristeza, nos dijo: “El abuelo va a hacer otra pieza y dice que al árbol de mandarinas lo va arrancar de raíz”. Carlos lo consoló diciendo que “las raíces de los nobles árboles siempre quedan”.