Pucherito de gallina
Yo no sé, no. “El gallito está mirando pa tras, para el sur”, dijo Manuel, mientras se ponía un desgastado buzo rompevientos que alguna vez fue azul, y entraba a la cancha del cilindro en la posición de 8.
Yo no sé, no. “El gallito está mirando pa tras, para el sur”, dijo Manuel, mientras se ponía un desgastado buzo rompevientos que alguna vez fue azul, y entraba a la cancha del cilindro en la posición de 8.
Yo no sé, no. No llegamos a tiempo y vimos cómo se nos iba el 203, justo ése que lo conducía un chófer amigo que cuando íbamos para el lado de Puente Gallego no nos cobraba el boleto, o de tres pagábamos uno.
Yo no sé, no. “No te escondas que vos no sos ningún santo”, le dijeron a Manuel, que estaba detrás de un paraíso. Esa mañana estábamos reclamando la pelo y pidiendo disculpas a una señora que vivía por Quintana.
Yo no sé, no. “Te están calando la carta”, le dijo Manuel a la Eva cuando jugábamos al truco en una esquina de la Plaza Galicia, ahí al lado de un pino que aparte de ser alto y sensible al viento, tenía una rama que parecía un br
Yo no sé, no. La cancha era nueva, llegaba justo para ser una de 11 y hacía poco era parte de la quinta y del tambo, después quedó como un terreno abandonado hasta que alguien tiró unas semillas de césped para cancha.
Yo no sé, no. “¡Fuerte rechazo!”, terminaba el relato a viva voz de Ricardo Villa, después de que Pincha, que era un 6 de aquellos, la mandó para el lado de los tomates. Para el lado de los tomates literal, porque la pelo fue a pa
Yo no sé, no. “¡Máquina! ¡Máquina, tirá el centro, máquina!”, le gritaba Raúl a un flaco medio desganado al caminar, tanto que a veces parecía no llegar hasta la cancha que se detendría.
Yo no sé, no. “¿Qué hora es, jefe?”, le preguntó Raúl al diariero, que metió la mano en la canasta de diarios, sacó un reloj, lo miró y contestó: “Faltan 15 para las 11”.
Yo no sé, no. Hablando de canasta de monedas, por aquel tiempo nosotros éramos pibes y más que canasta de monedas teníamos siempre a mano una canasta de chirolas y de billetes.
Yo no sé, no. Manuel sentía que se quedaba con las ganas de festejar en la noche del 24, la noche de San Juan. Una, porque en esos días no paró de llover, inclusive el 24, y otra porque venía perdiendo la discusión.