Que no nos agarre la noche
Yo no sé, no. Estábamos reunidos junto al sendero de bicis, pegado al arco de cilindro que daba al oeste. De pronto, con el relato de Manuel nos comenzó a invadir una sensación de derrota.
Yo no sé, no. Estábamos reunidos junto al sendero de bicis, pegado al arco de cilindro que daba al oeste. De pronto, con el relato de Manuel nos comenzó a invadir una sensación de derrota.
Yo no sé, no. Manuel llegó esa tarde de marzo hasta la esquina de Riva y Crespo a decirnos que tanto su limonero como los dos que estaban frente a la Santa Isabel estaban cargados de limones. Para él eso era un buen augurio.
Yo no sé, no. “De ahora en más las mañanas serán frías como las orejas de mi gato”, sentenció Manuel a las 7 de la mañana. José, que venía de la panadería, agregó: “Y con un viento bastante fuerte, un viento despeinador”.
Yo no sé, no. En la anteúltima mano de un truco, tras un envido envido, José tiró la falta y Manuel dio “quiero”. Ganó con 27. Le preguntamos si se tiró a la pileta o siempre le tuvo fe al 27. Nos dijo que era su número preferido.
Yo no sé, no. Como una patrulla que había conseguido resultados a medias, volvíamos por el caminito de la montaña de la vía honda. Veníamos del Monte Bertoloto o Caballero; nunca supimos cuál era, si es que tenía, el nombre exacto
Yo no sé, no. Desde temprano una chicharra que estaba en el paraíso de Pasaje Y (hoy Laprade) y Rivas nos anunciaba con su chicharreo que el calor iba a seguir por lo menos un par de días más.
Yo no sé, no. Ese febrero de mediados de los 60, aparte de corto se nos venía con el pronóstico de pocas lluvias. Lo bueno para nosotros era que los bailes de carnaval no corrían peligro de suspenderse.
Yo no sé, no. La temperatura de esa mañana de mediados de enero nos metía en la cabeza la idea de encarar el 203 para ir rumbo al arroyo. A eso de las 8 estábamos todos listos, o casi todos.
Yo no sé, no. Manuel, después de una repentina lluvia de enero, jugaba en un charco de agua que se había formado detrás del arco que daba a Quintana, con sus mocasines Sin Fin, unos calzados de PVC (plástico) que imitaban a los ca
Yo no sé, no. El humo del pan quemado que salía de una lata vacía de dulce de batata era cada vez más agradable por dos motivos: por el aroma agradable y porque estaba cumpliendo bien su función de alejar a los mosquitos.