Lo que haya que cruzar
Yo no sé, no. Manuel, José, Carlos, Raúl, Pii, Tiguín, Pedro y yo, habíamos cruzado la Vía Honda por el segundo puente rumbo a una quinta donde ese mes la acelga se veía mejor que nunca, en cantidad y en calidad.
Yo no sé, no. Manuel, José, Carlos, Raúl, Pii, Tiguín, Pedro y yo, habíamos cruzado la Vía Honda por el segundo puente rumbo a una quinta donde ese mes la acelga se veía mejor que nunca, en cantidad y en calidad.
Yo no sé, no. Pedro esa mañana de agosto iba a la escuela con un nuevo compañero en su muñeca izquierda. El día anterior le habían regalado el primer reloj pulsera a cuerda, y a darle cuerda fue lo que primero aprendió: dos vuelta
Yo no sé, no. “Agosto, agosto el ventoso”, repetía Manuel mientras volvíamos caminando por Lagos con un fuerte viento en contra y caluroso. “Lo bueno es que la cancha corre de este a oeste –dijo Pedro cuando llegamos a Biedma, mir
Yo no sé, no. El bolón de hierro caía y temblaba la tierra. Caía sobre otros hierros el bolón de la fábrica Acindar. Esa mañana, la última de julio, para Pedro era como un acento que le decía: “Ponele acento a lo que viene”.
Yo no sé, no. Detrás de la capilla Santa Isabel, entre la laguna, el aromito y los ligustros, la luz de la luna para eso de las 8 de la tarde-noche lo alumbraba todo: las pisadas de las vacas, las bostas, el esqueleto de un barril
Yo no sé, no. El frío no aflojaba en esa casi mitad de julio. Faltaban días para que comenzaran las vacaciones de invierno y el anuncio tempranero de la radio que decía “hoy, sin precipitaciones”, hacía que el camino a la escuela
Yo no sé, no. El 15 venía por Lagos y apenas pasaba 27 doblaba por el pasaje Independencia. Eran siete cuadras con sus luces y sus sombras hasta agarrar Cafferata hacia el sur. Más bien con mucha sombra, por la arboleda.
Yo no sé, no. En unos días arrancaría julio y a Pedro y a mí no nos cerraban los números por culpa de un par de semanas de mal tiempo (lluvia y frío) en los que no nos dejaron salir y se nos alejaba la meta que era comprar dos par
Yo no sé, no. Esa mañana, Pedro se levantó y se vistió más rápido que lo habitual, y antes que la madre le dijera que no se había abrigado bien, ya estaba rumbo a la escuela.
Yo no sé, no. Cuando después de seis meses maso, en los cuales nos habíamos acostumbrado por ausencia de electricidad a disfrutar al máximo la luz del día, a cuidar las pilas de la radio y a que hubiese siempre querosén en las lám