Una sonrisa como aquellas
Yo no sé, no. Los viernes cuando volvíamos de la escuela, por el modo, la actitud, el guardapolvo arrugado y la sonrisa, cualquiera al vernos podía reconocer que en esos instantes comenzaba el fin de semana.
Yo no sé, no. Los viernes cuando volvíamos de la escuela, por el modo, la actitud, el guardapolvo arrugado y la sonrisa, cualquiera al vernos podía reconocer que en esos instantes comenzaba el fin de semana.
Yo no sé, no. Terminaba Agosto y Pedro sentía que había perdido la pulseada, o mejor dicho las pulseadas. La primera, cuando la vecinita le empezó a sonreír más a él que al de enfrente.
Yo no sé, no. En la página número 18 de la D’artagnan, Pedro se había detenido como disfrutando y sintiéndose partícipe de aquel desembarco. Aunque las balas picaban cerca, no sentía temor, sólo había que esperar el momento oportu
Yo no sé, no. Una mañana de un sábado de agosto íbamos seis en un bondi rumbo al Saladillo, medio dormidos, y el único que sabía dónde sería el partido iba durmiendo de tal forma que sus párpados parecían que habían clausurado por
Yo no sé, no. Las cortinas de esa panadería eran para nosotros la mejor señal, pues según su posición sabíamos si estaba abierta o cerrada. Eran unas tiras como de lana, de color marrón.
Yo no sé, no. Los vidrios del 52 a la altura de Montevideo ya se habían empañado. Con Pedro lo habíamos tomado en San Luis y Mitre, casi vacío, y con los vidrios (a pesar del frío seco de un agosto que se arrimaba) con una transpa
Yo no sé, no. Las reglas eran varias. La principal era no hacer molinete. Al quinto partido Pedro vio cumplido su sueño de mantener la valla invicta y además hizo la mitad de los goles desde abajo, con la línea de 4 y el arquero.
Yo no sé, no. Pedro, esa mañana, después de escuchar el informe del tiempo por la radio, se fue hasta el espejo, se mojó dos dedos, los frotó en el jabón y se reforzó el jopo. Por las dudas, porque aunque a esa hora (6.30 de la ma
Yo no sé, no. “El invierno es bravo, si llueve”, era la frase que a mí y a Pedro se nos había fijado. La frase era del tío Mario, que hacía changas de pinturas, y los días lluviosos nos íbamos a visitarlo, seguros de que lo encont
Yo no sé, no. Arrancaba el año 66 y Pedro, que mucho los números no lo entusiasmaban, me decía: “Me gusta el 6, y si son dos mejor. No lo podés hacer a las apuradas, porque si no cerrás bien la pancita te lo confunden con un 5".