Valentina y las estrellas
Yo no sé, no. Aquel invierno había arrancado con un frío que a mí y a Pedro se nos notaba por la cantidad de ropa que nos ponían, condición sine qua non para salir a jugar era tener unos cuantos trapos encima.
Yo no sé, no. Aquel invierno había arrancado con un frío que a mí y a Pedro se nos notaba por la cantidad de ropa que nos ponían, condición sine qua non para salir a jugar era tener unos cuantos trapos encima.
Yo no sé, no. Promediaban los 60 y aunque la tele era el aparato que desde las 4 o 5 de la tarde acaparaba nuestra atención, las radios empezaron a venir cada vez más chicas.
Yo no sé, no. El jueves era el día clave para nosotros. En una casilla que había en el fondo de la casa de uno de los delegados de uno de los equipos del barrio, nos reuníamos para entre otras cosas sortear los horarios de los par
Yo no sé, no. Nosotros sabíamos que mayo siempre era un mes de encuentros, de reuniones familiares, de comidas tradicionales, de paseos cortos por el barrio y por la ciudad.
Yo no sé, no. Se acercaba la Semana de Mayo y la seño nos dijo que íbamos a participar de los actos. Yo ya me veía en un personaje secundario pero Pedro tenía más aspiraciones...
Yo no sé, no. “Seguro que el tiempo va a cambiar”, se decía Pedro mientras miraba unas nubes camino a la escuela. Y si llovía, lo que más le preocupaba era que en la tercera hora, después de matemáticas y geografía, tendría lengua
Yo no sé, no. Al otoño de aquel 63 lo sentíamos en la piel con un viento que desde la mañana se presentaba como moderado en su velocidad, como acompañando nuestro caminar, pero que después se volvía furioso y todo lo arrasaba.
Yo no sé, no. Eran los últimos días de aquel abril del 63, la presencia del otoño se manifestó desnudando tempranamente a los gigantes de la cuadra tanto que a Pedro se le daba por contar las ramas a esa seguidilla de plátanos
Yo no sé, no. Aquel otoño iba transitando tranqui, como casi todos los otoños, con temperaturas previsibles, pero en la última de abril existía la posibilidad de un cambio abrupto.
Yo no sé, no. Pedro a la hora de los primeros mandados, sabía que le habilitarían la gran llave de adelante, la del portón, tan grande que no cabía en ningún bolsillo y que además tenía una soga que terminaba rodeando su cintura.