La calle principal
Yo no sé, no. La manzana estaba convertida en un gran lago marrón después de una corta pero intensa lluvia. Pedro y sus amigos esperaban que ese gran caudal de agua se fuera a algún lado, era martes y el sábado estaba programado u
Yo no sé, no. La manzana estaba convertida en un gran lago marrón después de una corta pero intensa lluvia. Pedro y sus amigos esperaban que ese gran caudal de agua se fuera a algún lado, era martes y el sábado estaba programado u
Yo no sé, no. La última semana de octubre del 65, volviendo de la escuela, Pedro pensaba en lo que la seño le empezaba a enseñar: un kilo, mil gramos; un metro, cien centímetros... repetía constantemente.
Yo no sé, no. Pedro iba camino a la granja de Zeballos y Rodríguez, pensando en deleitarse con aquellas latas que dejaban ver las galletitas más ricas, cuando lo distrajo un cajón de duraznos casi perfectos.
Yo no sé, no. El tiempo en aquel octubre, cuando Pedro iba a segundo en la Urquiza de la calle Santiago, era muy cambiante. Si bien los días no se presentaban como tormentosos, a él, por precaución, lo arropaban como en invierno.
Yo no sé, no. Pedro libraba una batalla interna: dejaría el barrio y eso lo angustiaba. Ya no disfrutaría de esos gigantes del barrio, los plátanos, sus pelotitas, que cuando estaban verdes servían para las grandes batallas.
Yo no sé, no. Desde su triciclo, Pedro veía llegar al pibe de la bici con un canasto adelante repleto de pequeños paquetes, y se decía: “Cuando me compren una bici voy a repartir paquetes”.
Yo no sé, no. Pedro, con 6 años, se acordaba cuando por la mañana en la esquina de Pellegrini y Callao subía al 102 para ir a la Ortíz y Ocampo –dónde hizo primer grado– y le mostraba al chofer el pase escolar...
Yo no sé, no. Pedro se acuerda que teniendo 6 años estaba entusiasmado porque si bien eran mediados de septiembre, hacía un calorcito que invitaba a encarar una visita a los lugares más lindos de la ciudad.
Yo no sé, no. Pedro caminaba sobre el cordón de la vereda, por Zeballos, llegando a Rodríguez, había llovido y todo estaba resbaladizo. En una mano llevaba una pelo de cuero n° 3 y en la otra un envase de vino, iba a comprar flit.
Yo no sé, no. Pedro se acuerda de cuando volvía a pasar por la vereda de la calle Santiago por dónde estaban el colegio Urquiza (dónde había hecho segundo) y la iglesia de Lourdes.