Mejor que prometer…
Yo no sé, no. Pedro caminaba por las veredas de la calle Zeballos la última semana de agosto, preocupado por la promesa que había hecho.
Yo no sé, no. Pedro caminaba por las veredas de la calle Zeballos la última semana de agosto, preocupado por la promesa que había hecho.
Yo no sé, no. Pedro recuerda que en la pieza, sentado en la cama mirando la pared, se decía a sí mismo: era por abajo, era por abajo.
Yo no sé, no. Pedro se acuerda cuando con casi 7 años, en la vereda de la casa de calle Zeballos, el fulbito se anunciaba haciendo sonar la pelota contra el piso o la pared.
Yo no sé, no. Pedro, cuando veía el tranvía pasar por Ovidio Lagos, no sabía que sería uno de los últimos. Se imaginaba una red de hierro por abajo y de cables por arriba, en toda la ciudad.
Yo no sé, no. Cuando Pedro vio el vaso del poroto germinando pensó que capaz había que pedirle un deseo. Cuando preguntó cómo se llamaba el que siembra y le respondieron “agricultor”, se dijo para sí: “Eso quiero ser”.
Yo no sé, no. Pedro, cuando se iba a jugar al patio de al lado, pasaba por la verdulería de don Ángel y al ver que los cajones de manzanas rojas estaban allá arriba, deseaba que alguna se cayera. En ese momento, la tentación de mo
Yo no sé, no. Una noche, cuenta Pedro, un sonido como un chillido seguido por una voz que iba y venía lo mantuvo despierto hasta el amanecer. En un momento pensó en los marcianos de una serie que pasaban por el 7. Al otro día se e
Yo no sé, no. Era una mañana muy fría y a Pedro lo mandaron a comprar limones. La verdulería de al lado no tenía, así que caminó un par de cuadras por esa Zeballos tan linda, tan empedrada.
Yo no sé, no. Pedro estaba preocupado porque iba a ir solo a la escuela. Su hermana había terminado y a él lo mandaban a la de al lado de la iglesia de Lourdes. Y como se venía bravo el invierno, lo iban a mandar recontra abrigado
Yo no sé, no. Había oscurecido como a las 7 de la tarde y a Pedro le habían dicho que esa sería la noche más larga.