Noticias de ayer, ¡extra, extra!
Yo no sé, no. “Tengo una noticia, mejor dicho tengo tres”, nos dijo Manuel mientras guardaba las dos hojas de diario con que la verdulera le había envuelto la docena de huevos que acababa de comprar.
Yo no sé, no. “Tengo una noticia, mejor dicho tengo tres”, nos dijo Manuel mientras guardaba las dos hojas de diario con que la verdulera le había envuelto la docena de huevos que acababa de comprar.
Yo no sé, no. Manuel venía agarrándose el cuello y diciendo: “¡Ya me duele el cogote de tanto mirar hacia arriba buscando entre las ramas una Y de madera!”. Esa semana le había empezado a llamar a la horqueta para las gomeras.
Yo no sé, no. Manuel estuvo juntando monedas todos los días para comprar el Billiken que le había encargado a José, el del kiosco de revistas de San Nicolás y Biedma. Esa semana, el Billiken venía con un troquelado del Cabildo.
Yo no sé, no. Manuel estaba preocupado, había escuchado decir que al equipo vendría uno de barrio San Francisquito que tenía fama de ser un jugador exquisito de galera y bastón. Manuel presentía que ese le sacaría el puesto.
Yo no sé, no. “Aquí no para”, le decía Manuel a una señora que preguntaba si el 52 tenía parada en Hutchinson (la cortada del club La Palmera) y Biedma. A unas cuadras de ahí, por San Nicolás y Seguí, los trabajadores que estaban
Yo no sé, no. El partido que estábamos jugando en la cancha de Acindar de pronto se puso picante. Era un amistoso al que fuimos invitados como previa a un gran partido entre los de barrio Plata contra los del Puente Gallego.
Yo no sé, no. La tarde se ponía fresca y Pií entraba en calor dándole al serrucho. Tenía por delante la tarea de renovar todos nuestros revólveres de madera. Para eso, Juancalito le había traído unas enormes ramas de un álamo.
Yo no sé, no. Casi todos esa semana de abril teníamos puesta la cabeza en cómo formar el equipo. Estábamos en el campito unas seis horas por día, tres a la mañana y tres por la tarde, o sea un cuarto del día dedicado al equipo.
Yo no sé, no. Manuel llegó hasta la esquina donde estábamos reunidos diciendo, mientras se tocaba el corazón con una mano: “Tengo el pulso alterado, casi me aplasta una rueda del 52”.
Yo no sé, no. Manuel llegó a la esquina donde estábamos reunidos, con el Biki (su perro) sujetado con una soguita con una sonrisa de oreja a oreja y mostrando un cartoncito que era la constancia de vacunación.