El reflejo
Toqué el timbre por segunda vez con fastidio. Mientras esperaba movía rítmicamente el pie sobre la vereda, descargando con cada golpecito mi impaciencia. Ya casi era mediodía. Tenía que hacer un par de entregas más, antes de poder
Toqué el timbre por segunda vez con fastidio. Mientras esperaba movía rítmicamente el pie sobre la vereda, descargando con cada golpecito mi impaciencia. Ya casi era mediodía. Tenía que hacer un par de entregas más, antes de poder
El sol subía empecinado sobre la línea del horizonte. Se metía entre las horquetas para acariciar la cara de Llanca, como una mano suave que ahora la pretendía, pero que en dos horas le apalearía el rostro hasta hacerla huir hacia
Entré por primera vez por las fauces de la “fábrica” una madrugada oscura del 71. Llegué con 17 años, con más ansiedad que temor. Conocía el trabajo físico desde los 15 y mi viejo me enseñó a usar las manos desde chico.
Aurelio entra al café con esa urgencia fingida del que no tiene nada que hacer pero no quiere desentonar con el vértigo general. Suelta su aliento en sus manos ahuecadas, otro gesto exagerado.
El aguilucho había aparecido atrás de la higuera, refugiado entre las ramas espesas y las hojas grises. Tenía un ala herida pero los había mirado con los ojos de una fiera salvaje. No lo dudaron.
1 Antes de aplastar la colilla contra el cenicero, prende otro cigarrillo. Al encendedor se le está por agotar la bencina, y no es noche para andar sin fuego. Le juega al 11 rojo, lento, débil, de pronto oscurecido. Lo hace, sin e
La mejor ropa para salir eligió la mamá de Carla esa siesta de un viernes de junio. Es que era el cumpleaños de Sandra, y si bien era una de sus amigas de al lado, ante todo, era una fiesta.
El objeto flota desde hace rato en el mismo lugar. Sigue el movimiento del agua. Se balancea. Está unido al fondo por una especie de línea en cuyo extremo una especie de cuña oxidada, parecida a la pata de un ave, se hunde en la a
El finado Pelagatti no podía con su genio de solucionador general. Decirle a un cliente que no podía o no sabía lo dejaba desguarnecido ante su propio orgullo. Y aquella vez necesitaba, además, lo que venga en plata o especies.
Sonó el teléfono del consultorio. Yo esperaba que fuera algún enfermo para que tuviéramos que hacerle una visita. Atendió mi abuelo y cuando cortó se puso la chaquetilla blanca.