Como dos chicos perdidos
Los Dávilas parecían brillosos, prolijos, educados. Siempre vestían como reyes o príncipes. Cuando los invitaban a una fiesta de cumpleaños, llegaban vestidos de gala con capas y sombreros fuera de época.
Los Dávilas parecían brillosos, prolijos, educados. Siempre vestían como reyes o príncipes. Cuando los invitaban a una fiesta de cumpleaños, llegaban vestidos de gala con capas y sombreros fuera de época.
Como apuntando a la víctima, se deja mojar los dedos y pinta con el agua el borde de una mesa. Come. Lo que ve es la gente, que es una gente, después otra gente, pero invariablemente gente que lo mira como lo que en definitiva es:
No hizo falta que golpeara la puerta porque no teníamos. Un hueco había. En una época una chapa separó el afuera del adentro, sí, pero después la robaron o se voló y ya quedó así.
Como un gigante dormido, como un emperador vencido marcha el Panamax. Como un Goliat abatido, inmenso y avergonzado. Destruido, averiado flota, a duras penas, el Panamax.
Nos quedamos bien dormidos y tomados de la mano. Al despertar, me llené de ira y lloré sin consuelo, sin saber cómo continuar, aquella mañana de otoño. Nos conocimos en la biblioteca municipal. Carmen tenía veinte años y yo veint
Cae la tarde y la luna empieza su trabajo: vigila, disimula y esconde. Vienen de la Fiesta del Oscuro. Son cientos que se dispersan por la avenida. Vociferan consignas en alusión a su líder. Casi todos llevan ropa negra; algunos c
Era un domingo fresco y reposado. Un sol exiguo, presuntamente primaveral en pleno julio, trepaba por mi departamento contrafrente, completamente entregado al encierro de edificios contra edificios. Una ceguera implacable y brutal
Sobya mira fijo a la nada pero espera algo. Con sus 198 kilos, la melena asfaltada y el culo más apretado de Quinha, pequeña localidad al sur de la China profunda y salvaje, Sobya se destaca entre la multitud.
Esta mañana me levanté alrededor de las diez; puesto que era sábado, realmente no tenía ningún apuro. Fui hasta la cocina y preparé mi desayuno como usualmente lo hago. Un café con leche y dos tostadas. Fue sólo cuando entró Ameli
Inspiro profundamente y cruzo el umbral, en el comedor sólo es de día cuando se celebra alguna fiesta, hoy no hay fiesta, entonces es de noche, aunque sean las dos de la tarde. Me había propuesto entrar con paso firme, desafiante,