Es recompinche mi tío, el hermano de papá. Me enseña a hacer la plancha en la pile, me sienta sobre sus piernas en el auto como si fuera yo la que manejase, jugamos a Caperucita Roja, y siempre me compra los caramelitos de goma que a mí me gustan.

La que es insoportable es su hija, mi prima, la Sofi, que se muere de celos porque él me trata como a una reina. Si hasta le da vergüenza que tengamos el mismo apellido. Para colmo, cuando vamos los tres a algún lado y nos cruzamos con alguien, él dice:

—Esta es Juli, mi otra hija.

Así de justo es el tío. No hace diferencia entre las dos. Y no sólo es idea mía, lo dice todo el mundo, porque cuando papá se suicidó, fue él quien le consiguió el trabajo de limpieza en la clínica y nos prestó el departamento donde vivimos, porque según la Sofi, nosotras –así escuché que les decía una vez a sus amigas– no teníamos ni dónde caernos muertas. Y como si eso fuese poco, cada tanto le da plata a mami para ayudarnos con las cosas del súper.

Por eso nos vinimos de Formosa a Rosario: para estar cerca de la familia y que yo tenga un futuro mejor. Como hizo el tío cuando era joven y miralo ahora: casa con pileta y un capo como doctor, no como el pobre papá que se quedó en el pueblo y terminó siendo peón en la curtiembre.

Desde que nos mudamos, él me adoptó como una hija más. La princesita del tío, me dice, y a la Sofi se le pone la cara roja de la furia. Debe ser porque es hija única y yo aparecí para hacerle sombra. Eso dicen mis amigas y capaz que tengan razón y sólo sea eso, porque a pesar de ser medio cheta tiene su lado bueno: algunas veces me invita a tomar la leche con sus amigas las barbies, me deja ver TikTok en su celular y lo mejor de todo, me pasa la ropa que ya no usa. Las dos tenemos siete, así que usamos el mismo talle. Yo, recontenta, porque son cosas de marca y me quedan súper. Ponele que estén pasadas de moda, pero en mi escuela soy la envidia del grado.

A veces también me ligo cosas nuevas, porque el tío está siempre atento a que no me falte nada. Eso sí: no le contamos a nadie para que no se arme lío. Ni a la Sofi, ni a la tía. Ni siquiera a mamá. El otro día me compró un par de bombachitas hermosas que me vinieron geniales. Lo único que me pidió a cambio fue que le regalase las viejas, así nomás, sin lavarlas me dijo y a mí no me importó porque de tan viejas estaban llenas de palomitas y tenían los elásticos flojos.

—Tu mamá es muy orgullosa —dice él. —Mejor no contarle nada. Ya bastante agradecida está por lo que hago por ustedes.

Así que cada vez que me regala algo, le digo a mamá que son cosas que me dio la Sofi y listo. Total, es casi imposible que sepa la verdad porque con la tía Ana no se hablan. Mentiritas piadosas, dice él, y a mí me da cosita tener esos secretos entre nosotros, porque me hace acordar a los secretos que tenía con papá.

Ellos se querían mucho. Siempre me muestra fotos de cuando eran chicos e iban a pescar ranas a la laguna. Tiene un montón de álbumes. Fotos de los abuelos, de cuando la Sofi y yo éramos bebés, de unas vacaciones todos juntos en Córdoba en la época que mamá y la tía todavía eran amigas. Le encanta la fotografía. A mí me saca fotos y me filma con el teléfono. Está armando un video sorpresa para mamá. Ni a mí me lo deja ver. Sólo dice que soy hermosa, que me parezco a la China Suárez. ¡Mirá que me voy a parecer a la China! Pero si eso lo deja contento, yo poso como hace ella en los videos que miro en el teléfono de la Sofi, y él se muere de risa cuando perreo y me pide que le tire besos haciendo trompita.

Una vez que se distrajo, alcancé a ver unas fotos en las que, debajo de la remera, se me marcaban los botoncitos en el pecho, justo en el lugar donde él apoya la cabeza para escucharme el corazón cuando me revisa en el consultorio. Los ojos de los médicos son las manos, dice, y a mí me da mucho orgullo tener un tío doctor.

Pero a pesar de que somos cuidadosos con los secretos, hoy pasó algo raro en la escuela. Resulta que, en el segundo recreo, la seño me preguntó si en casa estaba todo bien, porque últimamente andaba muy distraída en clases. No sé qué tendrá que ver, pero yo le contesté que sí, más que bien, requetebién, que estaba muy contenta con mi familia y le conté que, a pesar de no tener papá, tenía un tío que era como un papá, que pasaba un montón de horas con él y esas cosas, así que no entendía su pregunta, que tal vez fuese porque muchas noches no podía dormir y a lo mejor por eso venía medio cansada a la escuela.

¡Para qué habré abierto la boca! Ahí nomás se enganchó con querer saber por qué no podía dormir. Yo no sabía qué decirle, y ella dale que dale con la misma cantaleta hasta que pareció agarrárselas con el tío. Si mamá sabía esto, si mamá sabía lo otro, y a mí me empezó a dar bronca, pobre tío, así que para hacerlo quedar bien le conté lo del video y ¡zas! Fue peor. Me siguió preguntando mil cosas.

Para que la cortase, terminé echándole la culpa de mis distracciones a los celos de la Sofi y a que sus amigas me decían la negrita culo sucio. Ella se quedó un rato sin

hablar mirando el cielo por la ventana. A mí me empezaron a transpirar las manos y me puse a mirarla con cara de que por favor no haga nada, que no fuese a armar ningún lío, pero ella, como si se estuviese recuperando de un susto, empezó a menear la cabeza como negando algo. Entonces sonó el timbre de fin de recreo y yo amagué a pararme para ir a mi banco, haciéndome la tonta como si nada hubiera pasado, pero ella me agarró de la mano y me dijo que fuésemos a la biblioteca para seguir conversando.

Ahí me acorraló con más dudas hasta que yo empecé a enredarme con las respuestas, y para peor, andá a saber qué habré dicho, porque me pidió que la esperase y al rato se apareció con la directora. Creí que se me iba a salir el corazón por la boca.

La seño fue a buscarme un vaso de agua, y entre las dos me siguieron tirando de la lengua hasta que me hicieron llorar. Yo no podía entender por qué estaban haciendo semejante escándalo por nada. Les rogué que no me pongan una nota en el cuaderno ni llamasen a mami. Pero fue como si no me escuchasen, salieron de la biblioteca y se pusieron a cuchichear un rato largo en el pasillo.

Yo me quedé mirando un gorrión que se había posado en la ventana, hasta que volvieron a entrar, y mientras la seño me acariciaba el pelo, la dire me preguntó si era consciente de lo que estaba pasando, si entendía la situación, y yo le respondí que claro, ¡cómo no iba a entender la situación!: tengo una familia hermosa, ¿qué más podía pedir? A la Sofi y a sus amigas las perdonaba.

La dire me agarró de las manos, parecía que se iba a largar a llorar. Yo busqué con la vista el gorrión de la ventana. Pero ya se había ido.

Publicado en el semanario El Eslabón del 16/08/25

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Un comentario

  1. Deltarune

    25/08/2025 en 5:11

    Refleja muy bien el cariño familiar y las dinámicas entre Juli, su tío y Sofi. Muy emotivo y cercano.

    Responder

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