Algo cambió. Si comparamos el momento político de hace seis meses atrás con el de hoy, algunas situaciones son diferentes y otras ya no son. La pequeña cuota de credibilidad que aún tenía el gobierno ya no está. Los diputados que apoyan al neoliberalismo desde diferentes partidos ya no se alinean detrás del partido gobernante, sino que se van al coiffeur, se maquillan para ser parte de la renovación. El poder real aún no terminó de soltarle la mano a los antipolíticos. Tienen claro que, en un ataque de furia, el presidente quizás logre avanzar un poco más en la ofensiva contra los derechos laborales y sociales. Tal vez pueda repartir lo que queda del patrimonio soberano antes de irse.
El periodismo, al cual cada vez cuesta más llamarlo así por su falta de ética y apego a la verdad. quedó a su vez entrampado entre la credibilidad y la justificación de la desigualdad y ante la evidencia de la corrupción se ve obligado a denunciarla, aunque siempre relativizándola. Los diferentes periodistas que hasta hace poco hablaban en términos de eficiencia de las políticas públicas llevadas adelante, hoy hablan de errores y corrupción. Lo que no se pone en cuestión es el modelo. Lo que no se critica es que tenga que haber miseria, que las y los trabajadores pierdan poder adquisitivo, que se desfinancien los organismos que garantizan los derechos de la población para provocar la transferencia hacia los sectores concentrados de la riqueza. Sólo se habla de una mala aplicación de la doctrina neoliberal. Nada nuevo bajo el sol.
En el aire se puede olfatear el empoderamiento del pueblo. Puede que tenga que ver con el triunfo de la oposición en Provincia de Buenos Aires, la falta de apoyo para los vetos presidenciales en el Congreso o incluso el simulacro de paro de la CGT, que viene amagando desde que Milei anunció la reforma laboral y que no se realizó por falta de voluntad de representar los derechos de los trabajadores formales. Sin embargo, si ponemos el foco en la movilización social, en la conversación callejera, si nos paramos en la esquina de casa, en el verdulero o en el club, si empezamos a escuchar las charlas en el transporte público, el descrédito del gobierno es grande, y la sensación es que necesita el último empujoncito para que caiga. No se trata solamente de los hechos de corrupción, de las golpizas a jubilados o discapacitados, que terminan de deslegitimar las iniciativas del ejecutivo. La ausencia del Estado en la cotidianeidad de las personas se hace más evidente. Si bien cuando los organismos estatales intentaban garantizar derechos, y el imaginario social potenciado al infinito por los medios de comunicación afirmaba que limitaban derechos, que eran privilegiados que no trabajaban, que dilapidaban recursos que eran de todos, la ciudadanía tenía lugares concretos a los que ir a plantear sus problemas. Podían estar de acuerdo o no, podían solucionarles los problemas o no, pero había un funcionario público que representaba de algún modo al garante de sus derechos, y que tenía que escucharlos. La pandemia produjo un aislamiento jodido y fuerte. Nos encontramos frente al espejo con la levedad de nuestras vidas a cuestas, y los mensajes de las filosofías del bienestar individual, en la cual los demás no te importan, y solo tenés que estar bien vos, es así como las publicidades se dirigen a un sujeto descafeinado, intrascendente, un boludo a pilas. El espejo nos devolvió la realidad de una cultura que no fue combatida desde lo político. Cualquier expresión de sensibilidad fue banalizada, cualquier diferencia de pensamiento fue perseguida, en las redes, en la vida.
La intolerancia de una cultura frita como la meritocracia está resquebrajándose por doquier. El odio es el lugar común. En el caso de los sectores hegemónicos, los dueños del poder real, la culpa es de los pobres, los políticos, los sindicalistas, las mujeres, el colectivo LGTBIQ+, los viejos, las maestras y una interminable lista de etcéteras. El problema se presenta cuando pensamos en quiénes son nuestros enemigos. En primer lugar, lo que nos define es la humanidad, el pensar un mundo mejor en el que las personas se puedan realizar. En esta lógica es más interesante pensar quiénes son nuestros amigos, nuestros aliados, nuestros compatriotas con quienes tenemos que articular, porque como enemigos ya nos definieron ellos desde el odio. Esto no implica ser ingenuos, no implica ser confiados, porque sabemos lo peligrosos que pueden ser. Pero implica limitar el poder que tienen sobre nosotros de forma colectiva. Lo único que les preocupa realmente es el empoderamiento de los sectores populares y la movilización, que logremos construir un sentido común que rompa el aislamiento y, en última instancia, el individualismo y la fragmentación social. Lo que se siente en el aire es eso, que ya no estamos solos.
Quizás alguno piense que sólo vamos a avanzar hacia el mundo que queremos. No es así, ganamos y perdemos y hasta cuando ganamos perdemos –recordemos a Alberto para que no vuelva a pasar teniendo que militar a Massa– y cuando perdemos a veces también ganamos. Y pensemos en las veces que los gobiernos neoliberales nos arruinaron, destruyendo las condiciones de vida de la sociedad, y eso nos juntó en la calle y tuvimos que vernos y reconocernos para hacer sonar el escarmiento. Respetar las diferencias es la condición inicial, el respeto a los derechos humanos, a la democracia participativa, el respeto por la naturaleza, por la biodiversidad en todas sus expresiones, son las condiciones mínimas para construir la unidad en la acción, respetando el camino que cada uno elija para llegar a la meta, llámese ideología o convicciones, sabiendo que nuestros enemigos son muy poderosos pero tienen un terrible talón de Aquiles: la alegría del pueblo los enferma de muerte. Vamos por un carnaval social de recuperación de derechos para que sea divertido cambiar el mundo.
Publicado en el semanario El Eslabón del 20/09/25
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