El hombre camina sobre las piedras que mojan las olas. Lo vi hace dos días y me sorprendió porque andaba en calzoncillos y con una camisa gastada, siempre mirando hacia abajo y, de vez en cuando, agachándose a juntar algo que no alcancé a ver.

Su tarea es salvar al mundo, me dije, aunque no supe bien por qué.

No lo desconcentraba la gente charlando, los que jugaban a la pelota-paleta, los que corrían a zambullirse. Inmutable en su quehacer, seguía la línea de la cala con el agua a los tobillos, a paso lento y con la vista en el suelo. Y revolviendo entre las piedras más chicas y metiendo lo que juntaba en una riñonera vieja.

Se perdió más allá, donde un peñón no muy grande separa las dos calas del pueblo.

Ayer lo volví a ver a la misma hora, casi mediodía. No me sorprendió que hiciera lo mismo y no me animé a interrumpirlo.

Hoy llegué una hora antes y lo vi sentado en las piedras. Me ubiqué cerca y clavé la vista en la línea del horizonte, pero de tanto en tanto lo miraba de reojo. 

Tiene la piel marrón de tan tostada, piel que no se enferma, con tantas horas diarias de sol como la mía de luz de bombilla, pienso. Y hurga. Y junta las pequeñas, las de colores, en la riñonera.

—No son piedras —me aclara sin que yo le pregunte—, son vidrio, mire.

Se estira y abre la palma para mostrarme, como si hubiéramos estado hablando por horas. Deja unas cuantas, azules, rojas, verdes, amarillas, sobre la bermuda que ha estirado al sol.

—Francisco me llamo —me sorprende—. Bah, me llaman Paco. Llévese alguna de recuerdo.

Por cortesía, me arrastro para sentarme más cerca. Me cuenta que es de Barcelona, pero vive en el pueblo por la tranquilidad. 

—78 años —dice alzando las cejas.

Habla y yo asiento.

—Mire éste —saca un vidrio negro de la riñonera— si lo hace agujerear, se lo puede colgar del cuello.

Lo tomo y lo miro como si me pareciera interesante.

—Lléveselo —me insiste.

Dudo. La piedra, el trozo de vidrio, parece muy grande en comparación al resto que ha juntado, como un tesoro, un premio por haber buscado tanto quién sabe hace cuánto tiempo. Habla con ganas, con elocuencia, casi sin mirarme, pero nunca deja de buscar vidriecitos.

—Yo les veo formas a todos, sin excepción. ¿Usted no?

La mayoría de los trocitos no miden más de medio centímetro de diámetro y todos son redondeados por la erosión del mar. Lentejones de colores, pienso.

—Éste —me alcanza— tiene la forma de su nariz.

Lo miro por varios segundos esperando una mueca de ironía. Me pregunto si se estará riendo por dentro, pero no me da esa sensación. Vuelvo al vidrio redondeado con la supuesta forma de mi nariz y termino por mirar hacia el mar, lejos, a seguir un kayak que cruza la cala de lado a lado. 

—O éste, tiene forma de murciélago muerto, ¿a qué sí?

Paco parece hablar solo, por más que separa las piedras a las que se refiere y las deja sobre su bermuda, ahora humedecida, para que yo las vea.

Pienso que se diluye el encanto inicial y que algunos personajes nunca llegan a vivir más que unos cuantos minutos; que no nacen ni crecen ni mueren, que se amoldan a la historia de uno para enriquecerla o rellenarla. O tan sólo desnudarla. 

Me acomodo como para levantarme y volver al hotel.

—Disculpe —me sorprendo con mi propia voz— ¿qué hace con las piedritas que junta?

Se toma un segundo, como pensando la respuesta, y me mira a los ojos.

—Me entretengo.

Publicado en el semanario El Eslabón del 20/09/25

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Un comentario

  1. blaermaeddunn9

    08/10/2025 en 1:01

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