Era un domingo fresco y reposado. Un sol exiguo, presuntamente primaveral en pleno julio, trepaba por mi departamento contrafrente, completamente entregado al encierro de edificios contra edificios. Una ceguera implacable y brutal –la de la densa arquitectura moderna–, pienso siempre. La luz del mediodía espiaba por la mirilla de una puerta ajena, como cualquier ignoto curioso. Dentro, me encontraba leyendo noticias, anotando y tachando tareas, y organizando planes previstos para la semana.
Mi madre me avisó, deprisa, que debía darle de comer a su perrita. Ella seguramente disfrutaba de sus extendidos domingos con amigas, al igual que mi hermana, en una rutina casi imitada. A veces pienso que el paso del tiempo las ha ubicado casi idénticas en el presente: en sus desencantos, sus afectos, su improvisación… En este caso, suplí sus agendas espontáneas con desenfado y una actitud calma frente al pedido. No tenía nada importante que hacer.
El frío había aflojado bastante, contemplé. La ola polar del inicio del invierno dio tregua en la ciudad, y devino en un calorcito tibio y quieto. Puse a andar la bicicleta pegado al cordón izquierdo de calle Corrientes, sin peatones ni autos. Esquivaba sin problemas el asfalto sobreparchado y deteriorado en varios tramos del trayecto. Me mantenía solemne y a mi ritmo, mientras escuchaba música indistinta y casual en el camino. De acuerdo a mi sentido de ubicación, solamente me tocaba girar la cuadra hacia mi destino.
En ese rodeo trivial, sucedió un acontecimiento imprevisto. Se reproducía Follow Rivers, hit seguramente reciente, pero muy perdido en la percepción colectiva (hubo miles de canciones más que la sepultaron en un bajofondo del historial de música de consumo masivo), mientras sonaba, sin tapujos ni volumen moderado, el camioncito de compra de “metales usados: chatarras, cables viejos, radiadores, baterías (…)”.
Unos reducidos toques de piano marcaban el tema, dando impulso a bases electrónicas y a una letra simplona, agradable al gusto general (conjeturé), que forma parte de esa música pasable y absolutamente desapercibida para cualquier análisis:
“Oh, I beg you, can I follow? / Oh, I ask you, why not always? / Be the ocean, where I unravel / Be my only, be the water / Where I’m wading / You’re my river, running high / Run deep, run wild (…)”
Mientras tanto:
“Compramos cobre, baterías viejas, aluminios viejos, heladeras viejas, baterías viejas,
radiadores viejos, compramos cobre, zinc, plomo, bronce, aluminio, compramos, compramos, compramos (…)”
Cada zumbido impetuoso, además, era mediado por un estribillo pegadizo y de léxico escaso. En conjunto, un bucle de repeticiones que suelen apabullar a todos los vecinos. Sin embargo, el oficio del chatarrero –y el camioncito destartalado que avanzaba junto a mi bicicleta– significan mis primeros recuerdos de infancia, en mi barrio de familia.
Las dos canciones se registraban en mis auriculares. Ninguna arremetía contra la otra: pululaban, en pleno desconocimiento mutuo, cada una sin ropajes ni artificios, iluminadas en su naturaleza por un extrañamiento reluciente, desenvuelta en mi lento pedaleo. Un ensueño a cielo raso reunía a estos dos mundos ajenos; una lúcida aventura sensorial que abordaba mi tracción pura, un fugaz trazo que impregnó mi emoción. Nunca disfruté tanto de un contraste semejante. Tampoco sé el motivo del mismo.
Tras recorrer la cuadra, aseguré la comida de la perrita. Intenté acariciarla, pero ella se encontraba lejos; apenas la vi. Preferí no molestarla ni buscarla de más. Sólo me aseguré de que todo estuviera bien y volví de inmediato.
Publicado en el semanario El Eslabón del 24/10/25
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moto x3m
02/12/2025 en 22:24
Qué importante es que señales como Pakapaka sigan existiendo. Apostar por contenidos educativos, inclusivos y hechos con amor para las infancias es una forma de construir futuro. ¡Ojalá siga creciendo y resistiendo muchos años más!