No hizo falta que golpeara la puerta porque no teníamos. Un hueco había. En una época una chapa separó el afuera del adentro, sí, pero después la robaron o se voló y ya quedó así. No hizo falta que dijera a qué venía porque lo supe ni bien llegó. En la casa estaban mis cuatro hermanas, estaba yo. Me eligió a mí. De todas, me eligió a mí. Lo vi hablar con mi mamá y después ella me llamó con la mirada. Que por la paga no me preocupara, ya estaba todo arreglado, iba a ganar como sirvienta. Después me pidió que obedeciera, que ya estaba en edad, que si llegábamos a perder la changuita íbamos a andar mal. Así en plural habló. Me dio la bendición y una bolsa en la que metió una cruz y un rosario de vidrio. 

Cristián se llamaba el tipo, me agarró la cadera y aprovechó para tocarme ahí y después me subió al caballo oscuro. Mi mamá y mis hermanas me saludaron y ya no las vi más. 

***

Cristián me llenó de adornos, baratijas que enseguida me gustaron. Nunca había tenido nada propio, en casa ninguna era dueña de nada. Entonces las pulseras y los collares, por más baratos que fueran, eran mías y solo mías. Lo malo fue que solo me permitía usarlas en las fiestas del conventillo. No importaba, tenía algo propio que ostentar en el arrabal. 

***

Cristián, mi dueño, era el mayor de los Nelson. Eduardo, el hermano menor, el más pelirrojo, al principio nos acompañaba, comía arroz con chicharrón de cerdo con nosotros, a veces jugábamos taba. Él no me lo pedía pero yo le acomodaba el catre y le lavaba la ropa, que era poca y vieja salvo la que usaba los sábados. Era

respetuoso conmigo Eduardo, eso lo reconozco, sí. Los domingos volvía amanecido y pendenciero y sin embargo nunca me levantó la mano. Eso también lo reconozco. Al que siempre le desconfíe fue a Cristián, si hubiese tenido que apostar, le metía pleno a él. Tampoco me levantó la mano, nunca me gritó, no, y aunque no se lo demostré, alguna vez le tuve miedo. Cada vez que…, bueno, cada vez que me…, bueno, cada vez que me… yo sentía la malicia. Es decir, quizás él sentía placer, pero para mí que por dentro quería que yo sufriera. Y es que sufrir yo iba a sufrir lo mismo, sí, pero había algo, sus movimientos, su mirada, sus apretones, algo hacía para que yo me diera cuenta que él quería lastimarme. 

***

Una tarde Eduardo se fue a Arrecifes y volvió con otra mujer que a la semana echó. Cristián me dijo que lo había hecho para darle celos a él. Yo no había pedido explicaciones ni nada, nunca se me hubiese ocurrido, pero él quiso decírmelo de todos modos. A mí enseguida me cayó bien la piba, y eso que hablamos poco y casi ni nos conocimos. Fue con la única persona que traté en lo de los Nelson, nadie entraba a esa casa. Una tarde la piba me dijo que no le había venido y al otro día ya no la vi más. Así eran ellos, eso éramos, cosas que se podían usar y después tirar por ahí. Si no, ¿cómo se explica esto que Cristián le dijo a Eduardo mientras yo mateaba?: 

—Yo me voy a una farra a lo de Farías. Ahí la tenés a la Juliana; si la querés, usala. 

Sí, me corrió un sudor frío por el cuerpo. Encima los hermanos se despidieron con un abrazo, se palmearon, se dijeron cosas lindas, fue emotivo verlo la verdad.

Desde esa noche empezaron a compartirme. Quise pensar que quien los compartía era yo, pero era un engaño. Acaté la bestialidad de los Nelson. Que Eduardo fuera manso no significó que lo prefiriera. No tuve preferencia por ninguno, los colorados esos fueron lo mismo para mí. Las baratijas, la paga de sirvienta, las fiestas, todo lo podría haber devuelto. Hubiese preferido nunca estar ahí. ¿Pensarían mis hermanas en mí? 

***

En la casa de los Nelson había dos patios. Una tarde me mandaron a que esperara en el de baldosa verde. Me senté en una silla, estiré las piernas y las apoyé en otra silla. Habré dormido poco, unos diez minutos, quince a lo sumo, tiempo suficiente para soñar. En el sueño yo andaba con bozal, de esos que les ponen a los perros fieros. También estaban los hermanos, tomaban caña y reían. En un momento los vi borrachos y distraídos y quise empujarlos, pero no tenía manos. Ahí empezaron a reír más fuerte y las carcajadas se me confundieron con las voces de ellos porque, en la vida real, no en el sueño, estaban los dos parados al lado mío y hablaban. Que vamos, que se acabó la buena vida, que me preparara, que tenía que irme. En la bolsa cargué mis cosas, eran pocas. Dejé las baratijas y metí el rosario y la cruz que me había dado mi mamá. Solo Él podía ayudarme. Me subieron a una carreta y no hablaron en todo el viaje. Me aburrí. Llegamos a Morón y no hizo falta que me explicaran nada porque yo ya lo sabía desde que había salido de la casa. 

***

Enseguida me convertí en la más deseada, por ser la novedad, por hablar poco, por mis pechos. Cuerpo virgen ya no tenía, pero todos me preguntaban si era mi primera vez, eso les interesaba particularmente. Yo solo sonreía.

No me sorprendió verlos, no. Sabía que iban a venir, de algún modo lo esperaba, sí. 

Eduardo pagaba turnos largos, tres horas, a veces cuatro. Me penetraba, sí, no más de cinco minutos y después hablaba de allá, del truco, del sábado y sus juergas hasta la madrugada, de Cristián. Decía que a su hermano lo quería, lo amaba, pero que más me amaba a mí. Según él eran amores distintos, pero que si tuviese que elegir entre él y yo, se quedaba conmigo. 

Cristián me visitaba los martes por la tarde. Un tipo metódico, sí: entraba y echaba sus ropas sobre una silla, me quitaba las mías, me daba vuelta (porque en el prostíbulo nunca me penetró mirándome a los ojos) y antes de irse decía que amaba a su hermano pero que si la vida lo pusiera a prueba y tuviera que elegir entre él y yo, no lo dudaría y se quedaría conmigo. 

Empecé a sentir por ellos algo todavía más profundo que lo que sentía por los otros clientes. 

***

Una noche la patrona me dijo que preparara mis cosas, que me iba. Metí mis pilchas en la bolsa y regalé la cruz y el rosario, ya no servían. En el salón principal estaban los Nelson. No me explicaron nada pero tampoco hizo falta que dijeran algo, con verlos ya supe cuál sería mi destino. Eduardo subió a su caballo color melocotón y salió deprisa. Yo fuí con Cristián en su oscuro. Me llevó hasta el Camino de las Tropas, espoleó al caballo y frenamos en un desvío. Observó un rato el lugar y me preguntó si me gustaba; no le contesté. Después volvimos a la casa. 

Cuando entramos al primer patio Eduardo tenía los ojos rojos y muy abiertos. En el piso había un vino a medio tomar. Preguntó por qué nos habíamos demorado

tanto. En la cocina habían preparado un catre, me acosté y escuché a Cristián jurar que no había hecho trampa. 

***

Hoy Cristián atravesó mi corazón con su faca. Si hubiera apostado cuál de los dos lo iba a hacer, era el mayor, ya lo dije. La sangre brotó por mi boca, Cristián me miró fijo a los ojos, sacó lentamente el arma y retrocedió. Escupí y tres gotas rojas y densas mancharon su cara. Se limpió con la mano y me maldijo. Después caí al suelo. 

Estoy muerta y todavía veo y escucho. Cristián, o Eduardo, quizás los dos, le contarán a alguien que le contará a alguien que le contará a alguien que yo fui la intrusa de los hermanos Nelson. Estoy muerta y todavía siento. 

Acá en el Infierno me concedieron un deseo, el que yo quiera. Que arda el caserón, quiero fuego en los patios, que el calor funda los ladrillos de las paredes, que se quemen las pocas pertenencias de los hermanos con ellos dentro. Eso estuve por pedir cuando recordé la Biblia gastada de caracteres góticos que había en la casa. Alguna vez reparé en sus páginas dobladas y ajadas. Que Eduardo lea el relato de Caín y Abel, sí, eso pedí. 

En la orilla de un pajonal, en el primer desvío del Camino de las Tropas, los caranchos me sobrevuelan. Si quieren saber mi nombre: Juliana Burgos. Mi crónica, como mi cuerpo, como todo, se perderá. Sucedió en Turdera.

Publicado en el semanario El Eslabón del 22/11/25

¡Sumate y ampliá el arco informativo! Por 8000 pesos por mes recibí todos los días info destacada de Redacción Rosario por correo electrónico, y los sábados, en tu casa, el semanario El Eslabón. Para suscribirte, contactanos por Whatsapp.

  • Tos

    “¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño, y las escenas de dicha pasan
  • El fin de una era del trabajo

    La automatización avanza más rápido que la política. A medida que la inteligencia artifici
  • El año que viene

    Yo no sé, no. Laura estaba re contenta. Faltaba poco para que terminara el año. Había cump
Más notas relacionadas
  • Tos

    “¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño, y las escenas de dicha pasan
  • El fin de una era del trabajo

    La automatización avanza más rápido que la política. A medida que la inteligencia artifici
  • Parásito

    El animal blancuzco se agitaba sobre la camilla. A los ojos de los presentes impresionaba
Más por Esteban Ameriso
  • Tos

    “¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño, y las escenas de dicha pasan
  • El fin de una era del trabajo

    La automatización avanza más rápido que la política. A medida que la inteligencia artifici
  • El año que viene

    Yo no sé, no. Laura estaba re contenta. Faltaba poco para que terminara el año. Había cump
Más en Columnistas

2 Lectores

  1. Beauty plus

    02/12/2025 en 11:57

    I appreciate articles that encourage meaningful reflection. Thanks for giving me the chance to leave a comment.

    Responder

  2. tackywooden

    12/01/2026 en 5:03

    Cristian, Eduardo, or both, will inform someone, who will inform someone, that I was the Nelson brothers’ intruder. Snow Rider

    Responder

Responder a Beauty plus Cancelar la respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Sugerencia

Tos

“¿Puede la muerte estar dormida, si la vida es sólo un sueño, y las escenas de dicha pasan