Desde los primeros relatos humanos, la ballena representa el encuentro con lo inconmensurable. Hay relatos míticos de todas las culturas, pero en esto de lo escrito empiezo por la muy citada biblia, ya que en el Libro de Jonás, el profeta es tragado por un gran pez y en ese vientre oscuro comprende que el silencio no castiga: transforma. Se repite en cultos y religiones como algo sagrado, y siglos después en la literatura rompe con cualquier simpleza: en Moby Dick, por ejemplo, la ballena blanca de Melville encarna la naturaleza que se resiste al dominio, el misterio que no se deja poseer. Se pone en juego toda reciprocidad y aparece el poder a la vista.

Esa tensión funciona como ejemplo de lo que nos pasa –ser parte o ser dueños de lo inconmensurable, o la ostentación del dominio versus el paradigma de cuidado y admiración– y atraviesa toda nuestra historia.

Siempre que el mar argentino devuelve cuerpos de ballenas muertas, cada mito revive como advertencia. Pero hoy los cadáveres alarman hasta en los ríos, y quedan estancadas ballenas en aguas dulces como resto erosivo entre otras noticias catastróficas en el derrotero de extrañezas que estos tiempos azota sobre nuestra capacidad de asombro.

“Salven a las ballenas”: mi generación en los noventa creció viendo liberaciones y creyendo en la coherencia vital de proteger lo vivo poniendo el propio cuerpo, como una respuesta poética al neoliberalismo. Ellas eran la reivindicación de todo tipo de coherencia activa que implica el cambio de paradigma hacia la protección de la vida. Pero esa ética del cuidado fue lentamente degradada por el cinismo, la burocracia y la banalización mediática; pasó a ser negocio y luego anécdota, chiste, excusa egocéntrica, y todo tipo de degradación simbólica de las luchas que procesan burocracias, protagonizan operaciones mediáticas y disuelven la voluntad ajena. 

Las olas ambientalistas y feministas, nacidas contra la misma matriz de dominación, se desplegaron en paralelo a revoluciones tecnológicas que democratizaron el acceso a la información, tras crisis de un sistema violento que somete vidas y dignidades. Siguen recordando que el cuidado no es debilidad, sino una forma de soberanía sensible, y que la organización humana que reivindica derechos es una forma de arraigo vital que representa sonidos de todo el ecosistema. Sonidos que constituyen lenguajes, tras complejos pasos de organización.

Hoy la ballena se volvió testimonio del daño, ignorada a pesar de los datos duros que la ciencia arroja para la toma de decisiones. De símbolo sagrado pasó a ser víctima industrial. La caza indiscriminada por sus recursos inauguró el modelo extractivista que aún sostiene la economía global. Su muerte simboliza la impotencia amorosa de la humanidad: deshielo, ruido industrial, contaminación, explosiones offshore petroleras y militares interfieren en lo que antes cantaba. El océano, territorio de resonancia, se llena de frecuencias culpables de una trágica epidemia de hambrunas.

Un estudio publicado en agosto de 2025 y citado por National Geographic y Al Jazeera reveló una disminución del 40 por ciento en los cantos de ballenas azules, de aleta y jorobadas frente a las costas de California, según hidrófonos analizados por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA). Los científicos atribuyen este fenómeno al estrés causado por el calentamiento del océano y la escasez de comida. Incluso las especies con dietas más flexibles se ven afectadas en su forma de comunicación. 

El silencio progresivo de estos cetáceos se considera una señal de alerta ecológica, ya que sus cantos reflejan condiciones ambientales y sociales y constituyen una verdadera cultura acústica comparable, en complejidad y transmisión, al lenguaje humano.

Sobre las similitudes entre el lenguaje de ballenas y el humano hay estudios fascinantes que recomiendo buscar. Entre ellos, una bióloga marina británica llamada Ellen Garland asegura que “los cantos de las ballenas jorobadas son la exhibición acústica más compleja del reino animal”. Cada población entona la misma canción, su propio lenguaje, pero al conocer otras poblaciones aprenden una nueva tonada. Según ella, es un logro que “no se encuentra en ningún otro animal, excepto los humanos”.

En paralelo, se han registrado fenómenos curiosos: orcas que hundieron embarcaciones en el estrecho de Gibraltar –comportamiento que interpretan como respuesta al estrés humano sobre los océanos– y reportes de ballenas que buscan comunicación con humanos. La épica del amor noventoso esta vez parece revivida por los propios animales.

 

Siempre hice campañas contra la subestimación de la inteligencia animal, por eso celebré cuando la ciencia empezó a usar sus métodos para detectar inteligencia extraterrestre también en especies terrestres. En Estados Unidos, el proyecto WhaleSETI busca patrones de comunicación en sistemas inteligentes no humanos. Sus hallazgos sugieren que las ballenas jorobadas podrían intentar comunicarse con los humanos creando anillos perfectos de burbujas cerca de embarcaciones o nadadores, sin signos de agresión ni alimentación. En 12 encuentros distintos, 11 ballenas generaron 39 anillos dirigidos hacia personas, con movimientos lentos y gestos de curiosidad, lo que podría indicar un código de interacción.

De una u otra forma, “la naturaleza nos está hablando –afirma el biólogo marino Marcelo Bertellotti, en un estudio del CESIMAR-CONICET–. Nos hablan con la presencia y con el silencio. Lo que vemos en las costas es apenas la punta del iceberg de un sistema oceánico alterado por el impacto humano.”

En Argentina, la advertencia es concreta. El Programa de Monitoreo Sanitario Ballena Franca Austral (Península Valdés, Chubut) registró entre 2003 y 2022 un total de 928 ballenas muertas, el 57,5 por ciento crías. La temporada 2022 marcó un récord histórico: 73 ejemplares fallecidos, entre ellos 28 adultos, la cifra más alta desde el inicio de los registros. Investigaciones del Centro para el Estudio de Sistemas Marinos (CESIMAR-CONICET) vinculan estas muertes con fenómenos de marea roja y presencia de toxinas, pero también con causas humanas.

Esta desconexión también toca la soberanía. El mar argentino, territorio de recursos y memoria, ha sido escenario de ocultamientos. En sus profundidades descansan las 44 vidas del ARA San Juan, concebido para proteger nuestras aguas y convertido en símbolo de secreto y abandono. Como una ballena metálica, el submarino argentino fue tragado por el océano bajo una mentira coordinada internacionalmente, y devuelto a medias: cuerpo y verdad mutilados por la política del silencio. Es ese mismo espejo de silencio y espionaje [sonoro y político] en el que se miran nuestras ballenas: ambas historias, naturales y humanas, revelan el precio de una soberanía que se ejerce sin escucha. Hoy, víctima del saqueo la vida toda urge en ganas de nadar cantando.

En octubre de 2025 un nuevo episodio volvió a sacudir la conciencia marina del país: 26 orcas del ecotipo D aparecieron muertas en la bahía San Sebastián, Tierra del Fuego, según confirmaron investigadoras del Centro Austral de Investigaciones Científicas (CADIC-CONICET). Es el tercer varamiento histórico de este tipo de cetáceos en el mundo y el primero registrado en la costa atlántica fueguina. Según un artículo del diario La Nación publicado en octubre, las biólogas del Laboratorio de Investigaciones en Mamíferos Marinos Australes realizaron necropsias y no hallaron signos de colisiones ni de redes. Por el estado de descomposición, estiman que el grupo se varó de manera simultánea.

El hallazgo coincide con lo que registra el CONICET señalando un aumento de ballenas jorobadas varadas en la costa norte del Mar Argentino desde 2018, con un alto porcentaje de muertes asociadas a causas antrópicas.

Las noticias pasan de largo. Sin embargo, algo de conocimiento superviviente queda en el inconsciente colectivo. Así, como síntoma social, el streaming marino del CONICET se transformó en un fenómeno mediático global y hasta fue nominado a los Martín Fierro. Pero mientras las transmisiones despiertan ternura y fascinación, la política pública sigue sin reaccionar. La imagen del mar como espectáculo encubre el mar como herida, aunque logran, al menos, poner al mar y a la ciencia en agenda. La gente se escapaba de la realidad política mirando las profundidades oceánicas sin comprender que iban al corazón del sistema, como parte de una marea que bautiza la intuición profunda.

Ellas son la voz de lo invisibilizado. Las ballenas muertas, en este contexto, son mensajeras incómodas: una distorsión del lenguaje que unía a los seres vivos. Denuncian la contaminación ambiental y el silenciamiento institucional. La contaminación del poder –la desinformación y la mentira– se confunde con la del agua.

Reitero y sintetizo: la ballena –vientre bíblico, sabiduría oceánica, emblema literario– se convirtió en un monumento al silencio. 

Volviendo a las letras que trazan paradigmas, recuerdo al filósofo Byung-Chul Han cuando advierte que la saturación de ruido nos priva del silencio necesario para comprender. Ese ruido censurador genera silencios atroces. Las ballenas, que se comunican en frecuencias que ya no oímos, representan el lenguaje que hemos perdido. Cuando su canto desaparece, no sólo mueren animales: se extingue la posibilidad de diálogo con lo viviente, una crisis del lenguaje y del amor.

Desde un punto de vista filosófico, el destino de la ballena es el destino de la capacidad humana de relacionarse. En los términos de Fromm, el amor y la empatía son formas de “actividad vital”; cuando se marchitan, surge la alienación. Hoy, la presencia de ballenas varadas donde antes no estaban debería leerse como un síntoma doble: del colapso ecológico y de la erosión política del sentido. Marx escribió que “el amor que no produce amor es una desgracia”. Nuestra relación con la naturaleza se volvió eso: un vínculo unilateral, donde lo amado no puede responder. Una gran miseria simbólica tras la pérdida de reciprocidad, porque el verdadero gesto de soberanía no es dominar el mar, sino cuidarlo. 

El gesto simbólico de liberar a la ballena expresa un anhelo de reparación que hoy se resignifica: liberar el cuerpo controlado, liberar la posibilidad de volver a escuchar. Refuerza la urgencia de un monitoreo sistemático del ecosistema marino austral y exige el debate sobre la soberanía científica, la gestión ambiental y el silencio estatal frente a la muerte en nuestras aguas.

Comprenderlo es amigarse con la vida y madurar, como esa gente que crece y después de tanto acumular lo único que quiere es poder cuidar a alguien, amando profundamente. Es redundante pero puedo afirmar que escuchar al océano es, en el fondo fondísimo, la última forma de escucharnos. Es mirar sin competir y hacer sin destruir, es algo del dejar de tener, para algo del poder ser en el vientre de la ballena –donde Jonás encontró la verdad.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/12/25

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Un comentario

  1. Martin Freeman

    29/12/2025 en 4:19

    Es fascinante cómo la narrativa de las ballenas como lo inconmensurable se entrelaza con nuestra percepción del mundo. ( Steal a Brainrot )

    Responder

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