Doméstico, paralizado, casi dormido frente al televisor, mi abuelo Otto apaga el cigarrillo y cierra los ojos. Se inclina hacia un costado del sillón, hacia el lugar que ocupaba mi abuela. Ahora soy yo el que se encarga de terminar con lo que resta: levantar los platos, lavarlos, vaciar el cenicero, limpiar la mesa de migas y manchas de vino tinto. Despertarlo a mi abuelo, decirle que me abra y que se vaya a dormir tranquilo, que ya ordené todo y no hay nada más que hacer. Por hoy, al menos.

Mudos, insípidos, pienso, mientras veo dormir a mi abuelo Otto, solos en esta casa inmensa —construida en 1920 o 1930, en la época de los campos—, que no existimos, o mejor dicho dejamos de existir por unas horas, para el resto del mundo. Una casa, una isla. La pantalla del televisor y las luces del alumbrado público que se filtran por la ventana iluminan la escena. Intermitente, los colores de la pantalla me permiten, de momentos, contemplar mejor a mi abuelo, que duerme con la boina puesta, las manos entrelazadas como en un rezo, un ojo más abierto que el otro. Otto duerme apaciblemente. Mi abuela no está. Mis tíos, mis padres y mis hermanas tampoco.

Gozamos de buena salud. Para la edad que tiene, Otto no sufre problemas graves. Intento llevar adelante las actividades que hacía mi abuela, es decir me encargo absolutamente de todo. La economía familiar (ahora es más fácil, solo somos dos), el mantenimiento de la casa, la atención que necesita mi abuelo, los mandados, la cocina, etcétera. Por suerte la tengo a Estela, que sigue viniendo dos veces por semana. Limpia la casa entera y hace el almuerzo. Sería imposible mantener la casa sin ella. De solo pensarlo me agoto. Es inmensa. Yo no trabajo. Mi abuelo tampoco. Vivimos de su jubilación y de la pensión que cobro por mis padres. Llevamos un estilo de vida austero, lo que nos ahorra inconvenientes. Cuando necesitamos un poco más de plata, uso los ahorros que me dejó mi abuela antes de irse. Solo en caso de que lo necesiten, había dicho.

Me cuesta un esfuerzo enorme despertar a alguien. Siento que interrumpo, que corto con el placer, que freno la aceleración continua y alucinatoria del sueño del otro. Pienso en mí cuando estoy dormido. Sin embargo, gané en experiencia viviendo con mi abuelo. Con él, particularmente, tengo un método que me enseñó la abuela: apagar el televisor y cerrar las persianas. A oscuras, mi abuelo se despierta enseguida. No puede dormir sin al menos una leve luz prendida. Al principio, todo bien, el método funcionaba. Ahora estoy preocupado. Fueron varias las noches que dejé a oscuras al abuelo para ordenarle que se trasladara a la cama, y cuando se despertaba, se ahogaba del susto.

Como no se me ocurre otra cosa, lo hago otra vez. Sé lo que puede llegar a pasar. Dejo el living a oscuras. Otto se despierta, ahogado del susto. Inmediatamente prendo el velador, algo que no había hecho hasta entonces. Mi abuelo está bien, erguido sobre el sillón, con una mano en cada rodilla. Está bien, pero llora.

—Che, mijo, ¿dónde está la abuela?

Me parte el corazón, pero tengo que actuar fría y rápidamente. Ella me lo aconsejó. Vuelvo de la cocina con la medicación psiquiátrica, un té de manzanilla y un vaso de agua en una bandeja. La apoyo en la mesa ratona, frente a mi abuelo. Ante la aparición del medicamento parece olvidarse de la pregunta que me hizo. Mejor así. Es la idea. Mientras mi abuelo, mudo, toma la pastilla, insípida, y el té, doméstico, voy hasta su cuarto —pegado al living—, saco del ropero un conjunto de pijama azul oscuro. Lo dejo sobre la mesa. Tiene olor a la perfumina de la abuela —es la que usó toda la vida, y Estela trabajando en la casa también—, olor a jazmín. Rápidamente varias imágenes se proyectan en mi cabeza, en simultáneo. No les doy lugar. Tengo que concentrarme en hacer dormir al abuelo, porque recién entonces voy a estar libre.

Una noche en el paraíso. La casa en total oscuridad. El abuelo duerme hace una hora. Tomé un café y repasé para la prueba de química que tengo dentro de dos días. Hace un rato, Florencia me envió un mensaje. Quiere que nos encontremos en la esquina, dice que tiene un regalo para mí. Salgo de la casa sin hacer ruido. Es la primera vez en todo el día. Hoy es sábado, y sin embargo la ciudad está silenciosa, pausada.

Es mi vecina de toda la vida. Vive a la vuelta de la casa. Nos encontramos siempre en la misma esquina, la más disimulada de toda la manzana (casi nadie camina por ahí, a diferencia de las otras tres), y pocas veces nos vemos en privado, solo cuando mi abuelo sale de la casa por algún motivo. Pero la mayoría de las veces nos encontramos en esa esquina, y desde ahí caminamos en dirección al río, alejándonos del centro, nos metemos en callecitas oscuras, cortadas, y nos damos besos en las estaciones Shell mal iluminadas mientras tomamos una Coca Cola. Florencia no es mi novia. Nunca hablamos de eso. Nunca hablamos del amor. En realidad, no hablamos de nada. Creo que por eso nos llevamos tan bien, nos vemos tan seguido.

Ella aparece, tiene el pelo recogido en un rodete, con dos mechones que le caen hacia los costados. El pelo es, en su totalidad, morocho, pero los dos mechones son rubios. Eso es nuevo.

—Te queda lindo —le digo. Ella me estampa un beso en el cachete, con los labios húmedos. Siempre es así. Me quedo mirándola. Está vestida con un top, un jean y unas botas negras. En el cuello, el collar de perlas que le regaló su tía María Inés. A Florencia también se le fueron los padres.

—¿Si? ¿Decís? Me quedaron un poco quemadas las puntas, creo. Me lo hice recién… Hace un rato, en realidad… —Florencia es rara. Después de hablar revolea los ojos, retuerce las manos y busca su celular, sin atender a mi halago. Siempre es así. Pero no me importa, está linda y tiene rico olor.

—Sabés que a mí igual me gusta más cuando te ponés la cadena gruesa, la que vos decís que es de plata.

—Sí, porque es de plata —me responde, mordiéndose el labio.

—Sí, es de plata… Por eso me gusta tanto, porque lo miro y digo: qué linda que es la plata —la sigo. Pero ella frunce el ceño. Recién entonces me doy cuenta, cuando se vuelven más patentes y se diferencian del flequillo abundante, que tiene las pestañas completamente embadurnadas de rímel. Parece enojada—. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás enojada? —le pregunto.

—El drogadicto de mi hermano se fue al campo con María Inés y tenía las llaves de la casa. Entonces yo me quedé afuera —dijo Florencia, y una lágrima asomó, atravesando el mar de rímel y bajando por la mejilla hasta el mentón, formando un sinuoso sendero negro hasta su boca. Aproveché el momento de sensibilidad para darle un beso en la comisura de los labios.

—¿Y ahora…?

—Y ahora nada, no sé. Le escribí, lo llamé, pero no le llegan los mensajes. A mi tía tampoco. Encima no se fueron al campo de acá nomás, se fueron al de Federación, donde están terminando de construir una casa para Inés —detenidos en una cuadra poco luminosa, a una cuadra de un pool al que pensábamos entrar, Florencia dejó de hablar, sacó un cigarrillo y lo prendió. En ese momento me pareció la mujer más hermosa del mundo. No supe qué decir. Me arrebaté.

—¿Y si intentamos entrar?

—¿A mi casa? ¿Cómo?

Fuimos hasta la casa de mi abuelo. Advertí a Florencia sobre el sueño ligero de Otto, sobre lo peligroso que resultaría que se despertara y nos viera en esa situación. La pieza de mi abuelo queda a la entrada, al lado del living. Al fondo están la cocina, los baños y mi pieza. Fuimos hasta esa zona de la casa. La cocina tiene una puerta que da al patio de atrás, hacia el pulmón de la manzana. La abrí y le dije a Florencia que me espere afuera, que ya volvía. Saqué de la heladera y de la alacena algunas cosas que había comprado durante la tarde. Dos yogurts con cereales, un Ades de manzana, tres alfajores y unas Oreo. Fui hasta mi pieza, guardé todo en una mochila. También agregué dos calzoncillos, dos pares de medias, una remera y una caja de forros. Salí al patio. Florencia fumaba un cigarrillo, pegada al muro que limita con el patio de su casa.

—¿Por qué nunca me dijiste…? —ya estaba demasiado cerca de ella como para responderle. Nos dimos un beso caliente. Su perfume me llenó la cabeza de recuerdos recientes. La esquina, la oscuridad, la saliva.

—Vamos —la aparté con suavidad. Busqué la escalera, al lado de la parrilla—. ¿Te animás a saltar? Son menos de dos metros, no pasa nada —Florencia revoleó los ojos y se mordió los labios. Empezó a subir la escalera y saltó hacia el otro lado con facilidad. Hice lo mismo y, sentado al borde del muro, en la cima, tiré hacia un costado la escalera, apoyándola hasta donde pude contra la enredadera y su respaldo de hojas, para que cayera suavemente, sin hacer ruido, para que no despierte a mi abuelo, para que no se asuste.

Publicado en el semanario El Eslabón del 13/12/25

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Un comentario

  1. Geometry Dash

    26/12/2025 en 4:03

    Me impactó mucho la forma en que el cuidado del abuelo se vuelve casi un estado mental permanente, una vigilia constante. Todo está contado con una calma tensa, como si nunca hubiera verdadero descanso.

    Responder

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